Capítulo 7

1626 Palabras
El viernes llegó y con eso, mi tiempo límite para responder. Sonaba un poco tiránico el echo de que me haya dado cierto plazo, pero la verdad, era todo lo contrario. Es más, debía reconocer que Mario estaba siendo demasiado permisivo e indulgente con todo este asunto. Primero, no me había echo grandes problemas por vomitarle encima. Segundo, me estaba dando opciones para resarcir el daño causado, y no solo eso, me daba plazo para pensar mi respuesta. Y tercero, ¡Le había vomitado encima! ¿Quien perdonaría algo como eso? ¡Por Dios! Le había vomitado. ¡Vómito! Seguramente si a mi me hubiese ocurrido algo semejante, habría olvidado ser una princesa y hubiese llorado a mares. En fin... No sabía como pasaría todo. ¿Se suponía que él me vendría a buscar, que yo lo debía contactar, o que él me abarcaría fuera de la oficina? Me reí internamente ante la imagen mental que se formó por la última idea. Francamente no imaginaba a Mario 'abarcando' a alguien fuera de su trabajo. Me lo imaginaba más del tipo de hombre que mandaba a alguien para que hiciera esas cosas. -Quiero un café. Y date prisa, por favor.- Asentí obedientemente a mi ex novio y en menos de cinco minutos ya le llevaba el café como le gustaba. Lo había pedido por favor, eso era un gran logro. -Aquí tienes.- Dejé la bandeja en su escritorio a la vez que veía como suspiraba, frustrado. Me lo pensé seriamente antes de hablar.- ¿Ocurre algo? Me perforó con su mirada clara. -No lo entenderías. Pude ver un mínimo rastro del Mariano que yo conocía, ese Mariano dulce, caballero. -Puedes intentar explicarme.- Me encogí de hombros. Quería que confiara en mi, igual como hacía antes. Además... Si eran cosas del trabajo, también me afectaban. -Es que... Estamos pasando por una etapa mala. Los inversionistas ya no son tantos. -Pensé que era al revés.- ¿Mario no era un nuevo accionista? -Te dije que no lo entenderías.- Soltó un bufido y prestó toda su atención a la pantalla del ordenador. Me ruboricé. Quise decirle que si entendía, que sólo había echo una pregunta, pero Mariano era el tipo de hombre que piensa que la mujer no sabe de números. Un tanto machista, pero no lo culpaba. Las estadísticas lo apoyaban. -Lo siento.- Me disculpé.- No quería importunarte. -No hay problema.- Contestó sin más. Volvió a mirarme, apartándose de la caja inteligente. Pareció pensar antes de hablar, igual que yo hace un rato.- ¿Tu y Mario tienen algo? Aún no olvido lo del bar. Yo tampoco. Aún no olvidaba el beso con el nuevo accionista. -No. ¿Por qué?- Sólo quería ver algún tipo de reacción por su parte. -Se ven algo... Cercanos.- ¿Acaso él estaba celoso? -No, no.- Intenté desmentir para que no se formara ideas equívocas.- Sólo... No es nada.- No le iba a dar detalles de nuestra seudorelación. -¿Ya me olvidaste?- Me ruboricé aún más si aquello era posible. Aún así, lo miré a los ojos cuando le respondí. Si quería conseguir algo, tenía que envalentonarme. Ya iba siendo hora. -Creo que nunca podré olvidarte, Mariano. Pareció estar sorprendido con mis palabra, porque me observó y asintió casi imperceptiblemente. Esa fue mi señal de salida. Tomé algunas carpetas y salí de su oficina, llegando a mi escritorio. Suspiré, agotada. Había cambiado por mi ex y parecía que recién ahora se percataba de ello. Pasada casi una semana. Y sabía que eso estaba mal, pues no debía ilusionarme, pero me alegró saber que pensaba en mi. Porque si me preguntó si Mario y yo eramos algo, significaba que en verdad había pensado en mi. Quizás no tanto como yo en él, pero algo era algo. Busqué el número de Mario en la carpeta que contenía toda la información de los relacionados con la empresa en la que trabajaba, replanteándome si llamarlo o no. Al final, llegué a la conclusión de que de todas formas debía dar una respuesta. Quería terminar este asunto y que no me persiguiera por más tiempo. Marqué el número y me puse el auricular en la oreja. Conté los pitidos hasta llegar al número tres. -¿Diga? Ignoré el echo de estar ruborizada. -¿Señor Acosta? Soy Alicia.- Un breve silencio. -Señorita Varas. Estaba esperando su llamado. Que prepotencia, por Dios. -Amm... Supongo que ya sabe el por qué de mi llamado. -Me alegra oír que no se ha olvidado del asunto, ni lo ha evitado. Asumo que sabe que si lo llega a olvidar, no seré tan accesible como hasta ahora. - Ni que lo diga. Pero era verdad. Ya había reconocido que era bastante accesible como para estropearlo.- ¿Cuál es su horario de salida?- Alto ahí. ¿Qué tenía que ver una cosa con la otra? -¿Cómo dice? -Su horario de salida, Señorita Varas.- Respondió en un tono que no conseguí identificar. Una mezcla extraña entre la burla y la exasperación.- Supongo que no querrá atender este asunto vía telefónica.- Casi pude imaginarlo con una media sonrisa. Casi. Pues la verdad, sí. -No, claro que no.- Conexión cerebro boca completamente aniquilada. ¿Acaso no podía decir lo que pensaba?- Dentro de dos horas salgo a colación.- Respondí mirando el reloj de pared justo frente a mi. -La estaré esperando.- Mi corazón se aceleró. Lo atribuí a que recién ahora comprendía la magnitud de todo esto. De la absurda situación que me rodeaba y en la cual me encontraba por seguir los consejos de mi amiga, quien seguramente en este momento estaba feliz de la vida mientras yo pagaba sus travesuras y ocurrencias. -Claro... Sí... Yo... Estaremos en contacto.- Y luego de eso, corté con el pulso acelerado. Me recargué en la silla, suspirando audiblemente. Los minutos pasaron demasiado lentos, tanto que parecían horas. Eternas. Interminables. Agitadas. Mariano no cruzó más palabras conmigo a lo largo de la mañana, a menos que fuera trabajo, y se lo agradecí. No era mucho de decir lo que pensaba, en consecuencia, lo que dije en la mañana fue casi un acto de rebeldía para mi. Tomé mi bolso de mano y me acerqué a la puerta de mi jefe. -Me voy a colación.- Le dije asomando la cabeza por la puerta.- ¿Necesitas que te traiga algo? -No, muchas gracias.- Me observó con una linda sonrisa, dejándome confundida. A eso de tres días parecía que no me quería ni ver, y ahora me sonreía así. Quizás todos los hombres eran raros y ya. Debía estar al corriente. -Está bien. Nos vemos al rato. Salí del lugar para subirme al ascensor y escuchar esa horrible música que todos tienen, luego pasé el vestíbulo, despidiéndome de Don Gonzalo, y salí al exterior. Si no lo veía, me iba. Si no lo veía, me iba. Me repetía mentalmente. No iba a quedar esperando ahí como si me hubiesen plantado. No señor, también tenía algo de dignidad. Salí y no lo vi. Seguí caminando sin un rumbo fijo, pero a los segundos me detuvo un hombre en traje n***o y con gafas. -¿Alicia Varas?- Me preguntó. Su rostro no mostraba ningún tipo de emoción. Ni siquiera seriedad. Era neutro. Su rostro era neutro. Me vi tentada a responderle con un no, pues no lo conocía, y las damas no hablan con extraños, pero mis modales me ganaron. -Sí. ¿Quién es usted? -Acompáñeme, por favor. Mi jefe la está esperando en su auto. Me tomó del antebrazo y me instó a caminar. Como me mostré reticente, se detuvo. -¿Y quien se supone que es su jefe?- 'Mi jefe'. De la manera que lo dijo parecía ser alguien de mucha influencia. Y que yo recordara no había echo tratos con la mafia. -Mario Acosta.- Contestó el cuarentón sin alterar las facciones de su rostro. ¿Acaso no podía su jefe bajarse de su seguramente lujoso carro y venir en mi busca? -Vamos. Esta vez lo seguí de buena manera, ya que sabía que no me iban a secuestrar ni nada de eso. Paramos frente a un auto bien lujoso, tal como había imaginado. El hombre me abrió la puerta y ahí lo vi. Tan serio como la última vez. La misma corriente agridulce atravesó mis sentidos. Subí sin decir palabra, sintiéndome en cierto modo intimidada ante tanta parafernalia. -Buenas tardes, Señorita Varas.- Dijo con su profunda voz. -Buenas tardes.- Tragué saliva y lo miré de reojo. Serio. Como siempre. -¿Qué tal su mañana en el trabajo? -No quiero ser grosera,- Me ruboricé. En verdad que no quería.- Pero prefiero que conversemos de lo que nos interesa a ambos. -Muy bien. Al grano.- Sonrió de medio lado, y fue ahí, justo ahí, que me hubiese gustado ver una sonrisa real de sus labios. Una sonrisa auténtica. ¿Cómo sería verlo sonreír sin tapujos?- ¿Acepta o rechaza mi propuesta? Contuve la respiración para asegurarme de que todo esto no era un sueño. Digo, si no respiro me muero, y si estoy durmiendo no puedo morir. Lógica pura. Pasaron diez segundos en los que no me atreví ni a mover el rostro, porque no estaba convencida del todo. Tenía que elegir velando por mi bolsillo y por una posibilidad mínima de sacarle celos a mi ex novio y hacer que reaccionara. Sí, esa idea me gustaba. Claramente Mariano se enteraría de todo esto y cabía la posibilidad de que reaccionara e intentara recuperarme. Sacarle celos sonaba a un buen plan, de echo, sonaba a uno de los mejores y mas realistas para mi. Si eso salía bien, recuperaría mi vida, mis planes y mi futuro. Sobre todo mi futuro, ese que el destino osó en alterar con sus jugarretas. Pero tampoco me iba a mentir. Quería volver a ver al hombre de la fiesta. No al empresario/accionista, sino que a Mario, el joven de treinta años, guapo y alegre. Quería conocer esa faceta suya. Obviamente no enterarme con lujo de detalle de su existencia, pero era bueno saber que las personas aún conservaban un lado alegre. En cierta forma me daba esperanza de que no todo era tan sombrío como las personas creían que era. Decidí mirarlo a los ojos después de lo que me pareció una eternidad. Solté el aire contenido en mis pulmones con una brusca exhalación, y contesté. - Acepto.
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