Miré la ropa del armario, decantándome por un osado vestido rojo con medias negras. Pensé que anteriormente hubiese elegido una falda de alguna tela gruesa y una blusa tupida abrochada hasta el cuello y un calzado cómodo. Pero ya no. Había dejado los zapatos planos por unos tacos de al menos diez centímetros.
Sí, mi cambio de vestimenta había sido totalmente drástico, pero... Me gustaba. Y me gustaba bastante.
La verdad es que lo había echo por Mariano, pero a cada día que pasaba, me daba cuenta de que me sentía mejor conmigo misma. Me sentía de cierta formas más mujer... Quizás mas sexy.
Arreglé mi cabello en un moño alto y salí de mi bloque de departamentos en busca del bus para ir al trabajo.
Vivía en un humilde bloque de departamentos. Cinco departamentos por edificio, con un pequeño balcón, el cual había decorado con algunas macetas con flores. Elegí el departamento número dos, ni tan arriba, ni tan abajo, en caso de temblor o cualquier cosa. Me gustaba el sector. Era bastante discreto, y la mayoría de las personas que vivían acá eran de la tercera edad o en situaciones similares a las mías.
Por dentro, tenían lo indispensable, cocina, un pequeño living en donde cabían dos sillones individuales y una mesita de centro, un baño y una pieza de medianas proporciones, en donde cabía lo necesario para mi. Nada tan grande, ni tan parafernalio. Lo que sí, me encantaban las paredes repletas de cuadros y fotografías, por lo que cada pared tenía al menos dos. En algunas salía de pequeña con mi padre, con mis tías y con mis primos. Pero tenía una que era mi favorita. Era el cuadro más grande de toda la casa y tenía el tamaño de una ventana. En él, se reproducía una antigua fotografía de mis padres cuando se casaron. Mi madre llevaba un vestido blanco bastante recatado, y mi padre un traje n***o de tres piezas. Pero sus miradas eran mi perdición. En la fotografía quedaba casi explícito el amor que se profesaban, y yo quería algo así. Quería que mi futuro esposo me mirara como si de un tesoro se tratase, pues le garantizaba que yo lo miraría igual...
En fin, llegué a la parada y alcancé justo a tomar el bus que me dejaba a la hora exacta, fuera del edificio en el que trabajaba. Una vez pagué, conecté los auriculares y puse música aleatoria.
Igual que todos los días, llegué, saludé a Don Gonzalo y me fui a mi lugar de trabajo. Una vez allí, encontré muchas notas, las cuales me indicaban todas las reuniones de mi jefe. Las ordené por hora, y cuando él llegó, le entregué su agenda, para que estuviera al tanto de sus actividades.
Hoy había sido distinto, me había saludado como antaño, omitiendo los besos, claro, pero con la misma sonrisa de cuando eramos novios.
A la hora de almuerzo, se acercó a mi escritorio.
-Alicia, ¿Tienes un minuto?
-Si, claro.- ¡SI, CLARO!
Me levanté y entré a su oficina, cerrando la puerta a mi espalda.
-Siéntate, por favor.- Lo hice.
-¿Qué ocurre?- Sí. Estaba intrigada. ¿Cuántas eran las posibilidades de que algo así de maravilloso me ocurriera tan pronto? Ninguna.
-Quiero hablar contigo de algo... De algo que debimos hablar hace mucho. Yo... Lo siento. Mi ruptura contigo fue muy abrupta y no pensé en ti.- Tomó una bocanada de aire.- En que se te haría complicado... En que te costaría más acostumbrarte y pues... Fui malo. Fui pesado, te traté mal y otra vez tu fuiste la que equilibró todo, la que se contuvo por los dos.
Rogaba que mis mejillas no mostraran lo avergonzada que estaba justo ahora. No pensé que me diría esto, por lo que todo se volvía un poco incómodo, aunque no por eso menos impresionante.
-Yo...
-Y te lo agradezco. Pero me gustaría saber... Me gustaría saber si podríamos dejar esto atrás y comenzar de nuevo.
-¿De nuevo... Cómo de nuevo?
Mi corazón se ilusionó. Era imposible que estuviera hablando de otra cosa. Él quería volver conmigo. Partir de cero.
Me volví a imaginar el cuento de hadas. Yo bajando de una lujosa limusina, un vestido blanco ancho y acinturado, un cintillo de perlas que combinaran con los aretes y el espectacular anillo.
Yo tenía razón. Era sólo una crisis. Un mal momento de parejas. Todas pasaban por eso y nosotros no eramos la excepción. Era la naturaleza. Era la ley de la vida, era...
-...Quiero que seamos amigos.
No. No. No. No. No. Y no.
-¿Ah?
-Que seamos amigos. Quiero decir... Que tenemos que partir como amigos. Y ver qué pasará después.
Una posibilidad. Una mínima posibilidad. Una de mil. Pero la iba a tomar y me iba a aferrar con todo a ella.
Además, mejor eso a nada. Supongo.
-Acepto. O sea.. Sí.- Me apresuré a corregir. 'Acepto' me sonaba a cuando pedían matrimonio.- Me gustaría que fuéramos amigos.
Me hubiese gustado decirle que no. Que la idea me desagradaba porque quería ser más que su amiga, pero no. No se lo dije, porque era el hombre el que debía tomar la iniciativa.
-¿Eso... Eso era todo?- Pregunté para poder ir a comprar un chocolate y pasar la desilusión.
-Sí. Ya puedes ir a tu hora de colación.- Me levanté torpemente de la silla.
-¿No... No quieres decirme algo más?- Tenía que corroborar. Y aunque no era insistente... Podía... Quería... Sólo iba a corroborar.
-No, eso es todo.- Su sonrisa me indicó que en verdad no tenía nada mas que agregar, así que salí de ahí con el corazón un poco más resquebrajado.
Anoté mentalmente no ilusionarme antes de tiempo, pero algo me decía que volvería a caer tantas veces como fuera posible.
Mientras almorzaba mi ensalada en el comedor del edificio, llegó Karen.
Mi mejor amiga, además de ser mi compañera en clases de baile árabe, era mi colega en el trabajo, pues también era secretaria en el mismo edificio, solo que su jefe era un viejo amargado al que secretamente apodábamos Menstruación. Cuando no llegaba era preocupante, cuando estaba era una molestia y cuando se iba era un alivio.
Además de que trabajaba alrededor de cinco pisos más arriba que el mío.
Se sentó a mi lado y le conté mi triste historia matutina.
-¡No le des bolas!- Me ruboricé e hice un gesto con la mano para que bajara la voz. Había más de alguien que conocía a Mariano y a mi, no quería que le fueran corriendo con el chisme.- ¿Quién lo mandó a ser un imbécil e insensible troglodita?- Pues claro que mi amiga no iba a atender mi petición de que bajara la voz.
-Ya, pero...
-¡Y encima tu te haces el cuento de hadas cuando te dicen 'Hola'!- Soltó su tenedor y apoyó su frente en la punta de sus dedos.- Te he dicho que no deberías. La única que acaba mal eres tú.
Ni mi padre me había regañado tanto, y menos en algo relacionado a esto. Pero la verdad es que nunca hablaba de esto con él, porque se me hacía incómodo, en cambio lo hablaba con mis tías, quienes siempre se mostraban emocionadas cuando un chico me invitaba a salir.
Me predispuse a escuchar lñ0pp tediosa pero valiosa charla de siempre, pero mi teléfono comenzó a sonar. Miré la pantalla: Número desconocido. Corté. Me habían enseñado a no contestar números que no conocía. Eso no era propio de una dama.
Karen pareció no darse cuenta, porque siguió sumida en su charla.
-... Tu eres joven...
La pantalla de mi celular volvió a iluminarse, y comencé a preocuparme, ¿Y si era importante? Con un poco de reticencia, corté.
-...¿Y a ti que más te da lo que pase con él?...
Por tercera vez se iluminó la pantalla. No lo resistí y contesté, dejando a mi amiga con la palabra en la boca.
-¿Hola?
-Buenas tardes. ¿Hablo con la señorita Varas? Soy la secretaria del Señor Acosta. A mi jefe le gustaría saber su hora de salida.
La joven mujer hablaba muy rápido, además fue directo al grano, como si no quisiera gastar más del tiempo estrictamente necesario. Esperaba yo no ser así.
-... ¿Me dejaste hablando sola? ¿En serio lo hiciste?...- Le rogué a mi amiga que cerrara su boca. Al parecer mi cara la convenció porque se quedó muda.
-18:00. Salgo a las seis.- Respondí a la joven. ¿Qué pasaba ahora?
-Él pasará por usted. Que tenga un buen día.- Cortó.
Cortó y ya. Que mala educación.
Dejé de lado los modales de la mujer y me centré en lo que pasaba.
-¿Quién era?
-Nadie.- No era una mentira, sólo no quería hablarlo ahora. O mejor dicho, no sabía cómo decirle a Karen.
Y si lo intentaba me quedaría algo así como...
¿Sabes? Esa noche que me emborraché, cuando tu me sacaste para pasar la ruptura, conocí a un hombre guapo que me besó después de yo haberle vomitado el traje mas caro de toda la vida, y en compensación a eso, ahora debo ser su acompañante en una gala de pura gente millonaria, en donde yo no sabré qué hacer, o deberé pagarle la suma total del trajecito ese. Ah, y a eso debo sumarle que quizás Mariano se enteraría y mis posibilidades quedarían nulas.
No podía soltarle eso.
-¿Todo bien? Te sonrojaste.
Iba a omitir que fue por haber recordado ese beso.
-Mariano me tiene confundida.- Eso sí fue una mentira.
Mariano no me tenía confundida, para nada. Tenía casi cristalino lo que quería de él y con él. O al menos lo que se suponía, quería.
Mi amiga pareció creerse el cuento, porque no preguntó más, y la dejé conversando sola, pues mi mente se encontraba muy ocupada pensando en lo que me deparaba en algunas horas más.
No obstante, no quería pensar en ese cosquilleo en el vientre que me invadía cada vez que pensaba en el hombre al que besé estando borracha. Quería, o más bien necesitaba, atribuir aquello a la vergüenza que sentía por el simple echo de haberme saltado mis modales y emborracharme, y no a que ese beso había revolucionado todo mi interior, pues eso supondría un grave problema, y al menos por ahora, los quería bien lejos de mi.