Dejé el bolso deportivo en el mismo sitio de siempre, tragándome el dolor de cabeza. Tenía bastante claro lo que había hecho anoche, y no me sentía para nada orgullosa.
Beber alcohol no era propio de mí. Si bebía, era en reuniones familiares, sólo una lata de cerveza compartida o degustaba media copa de vino tinto.
Y qué decir de las groserías. La noche anterior no había dicho más palabras mal sonantes que en gran parte de mi vida. Definitivamente no volvería a beber. Aunque tuve que ahogar la parte de mi mente que me recordaba los buenos momentos.
Sí, había echo cosas que no haría estando sobria y que consideraba malas, pero por un momento, un dulce momento, me había olvidado de todo y me había centrado en dar ese beso tan apasionado que le di a un hombre que desconocía. Al mismo que vomité.
Me hice una coleta altísima, intentando pensar en cualquier otra cosa que no fuera aquel acalorado beso, luego me dirigí al bolso para sacar el sujetador con cuentas, lo mismo con el cinturón del mismo estilo y me los puse. Luego saqué el velo y me senté, esperando que llegara alguien.
Practicaba Raks baladi, o danza del vientre... Baile árabe.
Era algo que nadie sabía a excepción de mi disqueamiga, Karen y mi mejor amigo, Crisitián. De echo, fue en clases como ésta, cuando tenía trece años, que la conocí a ella. A él, fue unos años mas tarde.
No me gustaba que los demás supieran de esto. Era algo personal, mío. Ni siquiera Mariano sabía. Quizás se enteró de mi secreto y por eso terminó conmigo... Por habérselo ocultado. Quién sabe... Quizás qué defecto vio en mi que decidió terminar. Sea lo que haya sido, estaba dispuesta a cambiarlo, a cambiar yo, con tal de volver a estar a su lado.
-Prepárate, hoy llegan nuevos integrantes al grupo. Hay audiciones y tienes que debutar.- Dijo Cristina, la profesora de baile, una mujer cincuentañera a la que le había cogido aprecio.
Claro, las audiciones. Las había olvidado por completo.
-Claro. Haré lo que pueda.
-Brillarás, mi niña. Brillarás.- Sonreí. Cristina creía que yo era mejor que buena en esto del baile. Yo creía que lo decía porque también me había cogido cariño después de veintiún años, tras mi primera clase.
Se suponía que yo ya podía dar clases de baile. No me molestaba enseñar, pero hacer eso hubiese significado tener al menos diez pares de ojos pendientes de mis movimientos. Por lo mismo, prefería seguir de alumna y ayudar muy de vez en cuando a demostrar alguno que otro paso complicado.
Los integrantes fueron llegando de uno en uno, y al final, casi de los últimos, llegó Cristián, uno de mis mejores amigos y un compañero de baile espectacular. Trasero respingón, mirada matadora, unos ojos claros impresionantes, un bronceado perfecto, y lo más importante: Era gay.
-Recuerda las audiciones.- Dijo con su tono varonil. Eso era lo extraño. Tenía todas las características a simple vista de ser heterosexual, pero no lo era. De echo, si no fuera porque lo había visto con mis propios ojos en una situación bastante comprometedora con un hombre, y porque lo conocía de hace años, jamás hubiese tragado la idea de que fuese gay.
-Mariano cortó conmigo.- Le dije antes de que se le ocurriera siquiera preguntar por él.
-Ya iba siendo hora de que dejaras a ese pedazo de basura, linda.
-No. No lo entiendes. Yo no quería que él terminara conmigo. Quería tener hijos y casarme con él. Quería un futuro juntos.- Se sentó al lado mío y me abrazó. Hundí mi rostro en su pecho.
-Ese cabrón no te merecía, Alicia. Tu final feliz de princesa, ese que tanto buscas, no estaba con él. Está ahí afuera, estaba esperando que terminaras con Mr. Ano para llevarte lejos y en un caballo blanco.
Entre mis lágrimas logré sonreír un poco. Mariano... Mr. Ano.... Era ingenioso, debía reconocerlo.
La diferencia entre Karen y Cristián, era que mi amiga se tomaba todo a la ligera. Para ella, todo pasaba con alcohol, un pensamiento que no compartía, pero que sí había puesto en práctica la noche anterior; en cambio, Cristián era un poco mas sosegado. No es que no tomara o saliera los viernes por la noche a un bar o cosas así, sólo que si necesitaba un consejo real, no impulsivo, lo podía encontrar en él, pues se tomaba los problemas con altura de mira. Y era eso lo que me ayudaba ahora, o más bien lo que necesitaba.
Me sequé las lágrimas y me puse en pie. Cristián tenía razón.
-Gracias.- Le dí una dulce sonrisa.- Ahora vamos a demostar cómo se baila.
-Ahí si que me gustaste. ¿Ves? Eres más guapa con una sonrisa.
Negué con la cabeza y fui donde estaba la profesora. Era un teatro bastante antiguo. Ella estaba en el escenario mientras que en las primeras filas había un grupo de jóvenes que miraban atentos. Al fondo de la estancia, en las butacas más oscuras estaban los que supuse, eran familiares de los que audicionaban.
La profesora me incitaba con la mirada, como diciendo 'Anda, cielo, a qué esperas.'
Trague saliva y tomando a Cristián de la mano, salí del escondite que me otorgaban los biombos.
-Ella es Alicia. La mejor alumna de la academia y él es Cristián, su compañero de baile. Ambos les demostrarán los pasos que deberán repetir para audicionar.
Con un gesto de manos por parte de la profesora, la música comenzó a sonar. Esperé atenta. Comencé con un movimiento delicado de cadera, circular, despacio... Uno, dos, tres... Movimiento recto. Sólo cuatro, para hacer sonar las monedas del traje. Luego pasé mi mano con toda la coquetería que no empleaba en el diario vivir, por el brazo de Cristián, quien me tomó de la cintura y me pegó a él con fuerza. Nuestros rostros quedaron a escasos centímetros y casi cuando chocaron, me aparté cual serpiente y me paré frente a él. Luego comencé el baile individual, que consistía principalmente en movimientos de cintura y cadera, al ritmo de la música, mientras él me aplaudía arrodillado a mis pies y me observaba con devoción. Unos segundos después, volvimos a bailar juntos, sólo que esta vez, nos movimos ambos en sincronía, disfrutando de la música, del baile, de lo que sentían nuestros cuerpos. Para finalizar, dimos una reverencia bastante delicada por mi parte y un poco más brusca por parte de mi compañero al público presente y de la mano, nos despedimos tanto de los alumnos como de la profesora.
La maestra siguió hablando pero ya no la escuchaba.
Después de practicar, fuimos a una heladería con mi amigo, quien en seguida preguntó por Karen. Le conté lo ocurrido la noche anterior, omitiendo lo que me había sucedido, y diciéndole sólo que nuestra amiga se había quedado con un ligue de 24 horas.
Me fui a casa. Tenía que pensar muchas cosas, como por ejemplo, qué hacer para reconquistar a Mariano.
Después de la ducha, busqué en internet algún modo de variar mi ropa de oficina, dejar atrás los vestidos largos hasta bajo la rodilla y la coleta alta, y pensar en algo de maquillaje, ropa más juvenil y un corte de cabello nuevo.
No quería ni siquiera pensar cuánto dinero saldría, con tal de cambiar y contentar a Mariano, podía gastar un dineral sin remordimiento.
Fue con ese pensamiento que me dirigí al centro comercial y pasé tienda tras tienda, comprando ropa que en mi vida habría usado.
Vestidos apretados pero formales. Faldas de tubo cortas. Blusas de tela transparente. Tacones que superaban los diez centímetros y que terminaban en una punta perfecta.
También fui a la peluquería. Quizás a Mariano ya no le gustaba mi cabello. No lo sabía. Tenia que cubrir todas las áreas posibles. Mi larga cabellera castaña la cambié por un escalonado hasta casi la cintura y más una chasquilla bastante coqueta.
Y no me detuve ahí. Fui a tiendas de maquillaje y compré todo lo que la señorita me dijo, era necesario para una imagen natural, pero sofisticada.
A esas alturas lo único que quería era sentarme un momento. Tenía los pies adoloridos, y eso que andaba con zapatos bajos y ropa cómoda. Además no era mucho de salir de compras. A lo mucho, una vez cada dos meses para ropa y una vez al mes para hacer la compra del supermercado para mi y a veces para mi padre.
Llegué a mi casa con los pies aún más adoloridos que antes. Todo el cuerpo me pesaba y sólo quería lanzarme a mi cama, la cual, probablemente, olía a mi ex.
Lamenté que por un tiempo todo me recordaría a él, y lo peor es que evocaría los mejores momentos, lo tendría al lado todos los días y no lo podría tocar.
Me saqué las zapatillas de deporte y las lancé a algún lugar de mi pieza. Cogí las bolsas y las llevé todas a la cama para husmear y verificar que todo estuviese en orden, y para hacerme la idea de que la antigua Alicia, iba a desaparecer, dejando a una mujer nueva, en teoría sexy y en teoría segura.
Lentamente me levanté y fui al tocador. Mis ojos castaños claros estaban rojos. Tenía tres posibles causas, la borrachera de anoche, que no fue menor; la falta de sueño, de nuevo, por culpa de la borrachera; y el llanto post ruptura. Quise asimilarlo a eso y no a mi mal comportamiento.
Me pregunté si lo que estaba haciendo estaba bien. ¿Debía cambiar tanto para estar con alguien?
Dos respuestas aparecieron en mi cabeza. La primera, era que sí. Tenia que cambiar o hacer lo que sea, para conseguir lo que quería, en este caso, a Mariano. En cambio, la otra parte de mi cerebro, una bien pequeña me decía que no. Que tenía que hacer lo que yo quisiera sin complacer a nadie mas que a mi misma, porque las personas siempre se iban y una era quien se quedaba, quien luchaba, y para qué andar con rodeos, Mariano tampoco se había merecido que me tomara tantas molestias.
Ahogué la última parte y por el reflejo del espejo vi las bolsas con maquillaje.
Esto estaba recién comenzando.