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1346 Palabras
—Este pasillo conduce a las zonas principales del castillo —explicó la doncella—. Es uno de los más antiguos. Los vitrales cuentan la historia de los fundadores de la familia Solvard. Nyxara se detuvo frente a uno particularmente llamativo: un caballero de armadura resplandeciente levantando una espada hacia el cielo. Tocó el vidrio con la punta de los dedos, fascinada por cómo vibraba la luz. —Es hermoso… —susurró. —Se dice que esa espada es la misma que está guardada en la armería —comentó Elin, bajando un poco la voz como si compartiera un secreto—. Quizá podamos verla luego. Siguieron avanzando hasta llegar a un arco amplio que daba entrada a una sala de proporciones majestuosas: el Salón Solar. Era un espacio circular, con columnas talladas y una cúpula de cristal que dejaba entrar la luz del día en cascadas brillantes. En el centro, un enorme tapete azul y plata adornaba el suelo, y muebles elegantes completaban el lugar. —Aquí la familia suele reunirse por las tardes —explicó Elin—. Es uno de los sitios más cálidos del castillo. Nyxara caminó lentamente, como temiendo romper algo solo con mirarlo. Sus ojos se movían de un objeto a otro con la emoción de una niña pequeña descubriendo un nuevo mundo. De pronto, un destello atrapó su mirada: un ventanal que daba al patio interior. Corrió a verlo. —¿Eso es… agua? —preguntó asombrada al observar la fuente central. —Sí, mi lady. Un manantial natural pasa debajo del castillo. La familia Solvard lo convirtió en una fuente para que la energía fluya por todo el lugar. Dicen que trae buena fortuna. Nyxara apoyó ambas manos en el cristal, sintiendo un cosquilleo en la piel, como si algo antiguo dentro de ella reconociera aquella energía. Después, Elin la condujo hacia otra sección del castillo. Bajaron unos peldaños y se encontraron frente a unas enormes puertas dobles de madera oscura. —Esta es la biblioteca —anunció con un orgullo evidente—. Uno de los lugares favoritos de Lady Nymera. Nyxara entró y su boca se abrió con asombro. Estanterías interminables, torres de libros, pergaminos y mapas cubrían las paredes. Un aroma a papel viejo y tinta flotaba en el aire. —¿Los humanos guardan… conocimiento en estos objetos? —preguntó encantada, tomando un libro entre sus manos. —Sí. Historias, saberes, magia, genealogías… todo está escrito aquí. Nyxara acarició la portada como si fuera un tesoro. —Debe ser difícil aprender tanto. —Con el tiempo se vuelve más fácil —respondió Elin con una sonrisa—. Y puedo enseñarte, si lo deseas. Nyxara asintió, emocionada. Salieron de la biblioteca y siguieron hacia una zona más viva y bulliciosa del castillo. Desde allí se escuchaban voces, el choque de metales y órdenes cortas. —Este es el patio de entrenamiento —dijo Elin justo cuando cruzaban una puerta hacia el exterior—. Aquí practican los soldados… y el heredero. Nyxara se detuvo en seco. Entre los guerreros que entrenaban con espadas brillantes al sol, uno destacó: postura firme, movimientos precisos y mirada concentrada. Era Kael. Y aunque no la había visto, el latido de Nyxara pareció saltarse un compás. Kael era simplemente imponente. Con la armadura puesta parecía aún más grande, casi gigantesco en comparación con los demás soldados. La placa de metal se ajustaba a su pecho y hombros como si hubiera sido forjada exclusivamente para él, resaltando su fuerza natural. En sus manos sostenía una espada que superaba en tamaño y peso a la de cualquiera en el patio; cada vez que la levantaba, el aire silbaba y los soldados cercanos daban un paso atrás con respeto. Su rostro, marcado por una concentración férrea, lo hacía ver como un verdadero dios guerrero. El cabello n***o, ligeramente despeinado por el esfuerzo, caía sobre su frente sin restarle severidad. Sus ojos azules, afilados como hielo recién partido, seguían cada movimiento de sus oponentes con una precisión letal. El ceño fruncido le daba una expresión de fiereza que imponía silencio a quienes se atrevían a mirarlo demasiado. Kael entrenaba con una disciplina brutal. Cada golpe, cada giro, cada bloqueo era poderoso, calculado y perfecto. Había una intensidad en él que hacía imposible apartar la mirada; fuerza, técnica y rabia contenida fluían en cada movimiento, como si el mismo suelo temblara bajo sus pasos. Siguieron avanzando por el borde del patio cuando, justo antes de cruzar la puerta, Nyxara sintió un cosquilleo inexplicable en la nuca y se giró. En ese mismo instante, Kael levantó la vista. Sus ojos se encontraron por un segundo que pareció suspender el aire. La dureza en la mirada del guerrero cedió apenas; una sonrisa minúscula, casi imperceptible, se dibujó en sus labios antes de desaparecer bajo su ceño fruncido habitual. Ese instante bastó para que el pecho de Nyxara diera un salto extraño. Elin, sin notar el intercambio silencioso, continuó guiándola hasta el jardín principal. Al cruzar un arco cubierto de enredaderas floridas, el ambiente se llenó del perfume de hierbas frescas y del sonido suave de la fuente central. Allí, rodeado de libros abiertos y cristales que flotaban con un leve zumbido, estaba Lucian, el hermano menor de Kael. A sus 19 años, tenía la figura atlética característica de los Solvard, aunque más esbelta. Su cabello castaño claro caía desordenado sobre su frente, y sus ojos —del mismo azul helado que los de Kael, pero más gentiles— estaban fijos en la energía azulada que trataba de controlar entre sus manos. —Vamos… un poco más… —murmuraba con concentración. La chispa se expandió más de lo previsto y salió disparada hacia un arbusto, explotando en un ¡puff! de luz. Lucian dio un paso atrás, sobresaltado, y al girarse se encontró con Nyxara y Elin observándolo. Un rubor leve apareció en sus mejillas, aunque intentó disimularlo enderezando la postura. —Ah… —se aclaró la garganta, recuperando algo de dignidad—. Solo estaba practicando magia elemental. Necesito perfeccionar el control antes de la evaluación de Draegor. Nyxara lo miraba con fascinación pura, como si acabara de ver algo completamente nuevo y maravilloso. Nyxara, aún maravillada por lo que había visto, dio unos pasos hacia Lucian. Sus ojos brillaban con emoción pura. —La magia elemental… —dijo con suavidad—. Esa era mi especialidad. Lucian levantó la mirada, sorprendido por la seguridad con la que lo decía. —¿En serio? —preguntó, dejando escapar una sonrisa curiosa. Nyxara asintió. Extendió una mano hacia uno de los cristales flotantes, dispuesta a mostrarle lo que podía hacer. Sus dedos se iluminaron apenas con un resplandor tenue… pero nada más ocurrió. El cristal no respondió. Ni una chispa, ni un destello, ni un temblor de energía. Ella parpadeó, desconcertada. Intentó de nuevo, esta vez con más fuerza. El resultado fue el mismo: nada. Un gesto de confusión profunda cruzó su rostro. Nyxara miró su propia mano como si no la reconociera. —No… entiendo —susurró, su voz quebrándose entre frustración y miedo—. Esto debería ser sencillo. Como dragón milenario… la magia es parte de mí. Pero… no siento nada. Lucian la observó en silencio unos segundos, percibiendo el temblor en su respiración, la inseguridad que intentaba ocultar. Luego, con una ternura inesperada para alguien de mirada tan firme, dio un paso hacia ella. —No pasa nada —dijo con voz suave—. Puede que tus poderes estén… dormidos. O bloqueados por algo que te ocurrió antes de llegar aquí. Nyxara levantó la mirada, vulnerable como nunca. Lucian le sonrió, cálido y sincero. —Si quieres… —agregó mientras tomaba uno de los cristales y lo hacía flotar con facilidad— puedo enseñarte. Podemos empezar desde lo básico. A tu ritmo. Nyxara sintió un extraño alivio en el pecho, una sensación cálida, casi protectora. —¿De verdad lo harías? —preguntó con un hilo de esperanza. —Claro —respondió Lucian—. Me gustaría ayudarte.
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