Pasaron toda la tarde en el jardín, rodeados de libros, cristales y el suave murmullo del agua. Lucian le mostró ejercicios básicos: canalizar energía, sentir el flujo del mana, concentrarse en un objeto, intentar un simple destello elemental. Nyxara lo intentó una y otra vez, pero nada sucedía. No una chispa, no un brillo, ni siquiera la vibración leve que solía sentir en su interior cuando usaba magia.
Después de horas de intentos fallidos, Nyxara dejó caer los brazos, agotada. Se veía pequeña—demasiado pequeña para alguien que alguna vez había sido un dragón milenario. Su mirada se nubló de frustración y un poco de tristeza.
—No entiendo… —murmuró con la voz baja—. Esto era parte de mí. Era… mi orgullo. ¿Cómo es posible que no pueda hacer nada?
Lucian la observó en silencio, y luego se acercó con una ternura que no había mostrado a nadie más. Sus ojos azules—mucho más suaves que los de Kael—reflejaban una empatía profunda.
—Natasha… —dijo con un tono cálido— quizá la magia elemental no sea tu fuerte por ahora. Y está bien. Todos tenemos algo en lo que destacamos. A veces, solo necesitamos tiempo para encontrarlo… y para recuperarlo.
Ella levantó la mirada, buscando consuelo.
Lucian sonrió—esa sonrisa amable que iluminaba su rostro.
—No te sientas mal. En serio. Hay muchas cosas en las que podrías ser excelente. Y yo… puedo ayudarte a descubrirlas, si quieres.
Aquellas palabras la envolvieron como un abrazo.
Nyxara sonrió por primera vez en toda la tarde, una sonrisa pequeña pero sincera.
Lucian suspiró aliviado, como si temiera haber dicho algo incorrecto. Luego la invitó a acompañarlo de vuelta al castillo. Mientras caminaban por los pasillos iluminados por la luz dorada del atardecer, las risas que compartieron resonaban suavemente entre las paredes de piedra.
Entraron juntos, hombro con hombro, hablando de tonterías, riendo como si fueran amigos de toda la vida. Se notaba una cercanía nueva, fresca, casi cómplice.
Y todos lo notaron.
Los sirvientes intercambiaron miradas curiosas. Un par de soldados levantaron las cejas. Lady Nymera sonrió con discreción al verlos entrar.
La cena ya estaba servida en el gran salón. Las velas iluminaban la mesa larga y elegante, los platos humeaban y la familia Solvard esperaba. Pero la verdadera escena no era la comida, sino la forma en que Nyxara y Lucian entraron juntos, riendo como si el mundo fuera de ellos dos.
Algo había cambiado.
Y más de uno lo percibió.
Durante la cena, la cercanía entre Lucian y Nyxara era imposible de pasar por alto. Él se sentó a su lado, atento a cada pequeño gesto que hacía, como si quisiera asegurarse de que se sintiera cómoda en todo momento. Cuando el plato principal llegó, Lucian se inclinó hacia ella con una sonrisa amable.
—Esta parte es la más suave —le dijo mientras cortaba con habilidad un trozo de carne y lo colocaba en su plato—. Tiene mejor sabor si la comes con un poco de la salsa roja.
Nyxara lo observó con esos ojos grandes y curiosos que parecían absorber todo como si fuera nuevo para ella. Se llevó el bocado a la boca y sonrió de inmediato… una sonrisa tan encantadora que hizo que a Lucian casi se le olvidara respirar.
Cada vez que probaba algo nuevo que él le ofrecía—pan, verduras, pequeñas porciones de carne, o una mezcla dulce hecha con frutos del bosque—sus colmillos ligeramente más largos se asomaban entre sus labios. Lejos de verse intimidante, aquello la hacía lucir extrañamente hermosa, casi hipnotizante, como una criatura que no pertenecía del todo a este mundo, pero que irradiaba inocencia y calidez.
Lucian le explicaba con paciencia:
—Este es estofado de raíz dulce… se prepara solo en invierno.
—Esto otro es pan de hierbas, mi favorito desde niño.
—Y este… este te va a gustar, es un postre frío.
Y Nyxara, confiando plenamente en él, probaba todo. Cada nuevo sabor la hacía sonreír, inclinar la cabeza o reírse suavemente cuando algo la sorprendía. La mesa entera los observaba de reojo: algunos con sorpresa, otros con interés… y uno en particular con una mezcla difícil de descifrar.
Porque desde el otro extremo de la mesa, Kael no apartaba la mirada.
Y no parecía muy cómodo con lo que veía