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1132 Palabras
El campo de entrenamiento vibraba con energía. El aire estaba cargado de polvo levantado por los pasos rápidos, el sonido metálico de armas chocando y las órdenes cortantes de los instructores. Kael avanzó hacia el centro del campo como una tormenta con forma humana. Sus soldados reaccionaron de inmediato, adoptando posturas defensivas mientras el capitán Solvard tomaba su espada larga. Esa espada que parecía más pesada que cualquier otra… pero en sus manos se movía como si fuera una extensión natural de su brazo. —¡Formación de ataque! —ordenó Kael con voz firme. Tres guerreros se lanzaron contra él al mismo tiempo. Kael apenas se movió. Un giro rápido. Un bloqueo perfecto. Un desarme tan limpio que el soldado tardó un segundo en entender que ya no tenía el arma en la mano. Kael no sonrió. No lo necesitaba. El segundo guerrero intentó sorprenderlo moviéndose por detrás. Kael lo escuchó antes de verlo. Se agachó, giró sobre un pie y con la punta del mango de la espada golpeó justo en el punto exacto entre la armadura y el hombro. El soldado cayó de rodillas. El tercero atacó con un impulso desesperado. Kael se adelantó un paso. Un solo golpe. Un solo movimiento. Y la espada enemiga voló por el aire antes de clavarse en el suelo a varios metros. Los soldados se quedaron boquiabiertos. Kael apenas respiraba más rápido. Era un monstruo en combate. No… un prodigio. Lucian, observando desde el borde del campo, tragó saliva. Conocía a su hermano. Pero verlo así siempre era impactante. Kael se volvió hacia él. —Te toca —dijo con una voz cargada de desafío. Lucian levantó una ceja. —¿Quieres que participe? Pensé que estabas muy ocupado gritándome. Kael apretó los dientes. —Te necesito aquí. Demuéstrales lo que haces. Lo que eres capaz de hacer. Lucian respiró hondo. Estaba enojado. Adolorido emocionalmente. Pero también era un Solvard. —Está bien —dijo finalmente. Dio un paso al frente. Levantó las manos. El viento alrededor del campo cambió. Se volvió más frío. Más denso. Como si algo antiguo despertara. Los soldados se tensaron. Lucian cerró los ojos. Cuando los abrió… un resplandor azul brilló en ellos. De su palma emergió un círculo rúnico perfecto, flotando en el aire. Luego otro. Y otro. Tres anillos de luz giraban alrededor de su brazo, tan precisos como engranajes. —Preparados —dijo Lucian con voz firme. Kael asintió. —¡Ataquen! Los soldados se lanzaron, pero Lucian no retrocedió. Al contrario, avanzó un paso. Movió su mano como si trazara una línea en el aire. —Aeris Secare. (Corte de viento.) Una ráfaga de viento comprimido salió disparada, pasando entre dos soldados y derribándolos con fuerza controlada. No los hirió… pero los dejó sin aire. Kael observaba, ni orgulloso ni sorprendido. Simplemente sabía que su hermano era un prodigio. Uno de los arqueros disparó flechas de práctica. Lucian levantó la mano. Las flechas se detuvieron en el aire. Suspendidas. Inofensivas. —Gravis. (Peso.) El aire se volvió denso, pesado, como si una presión invisible cayera sobre el campo. Los soldados sintieron sus piernas volverse más pesadas, obligándolos a reforzar su postura. Kael sonrió por primera vez en el día. —¡Eso es, Lucian! Lucian bajó la mano, disipando el hechizo con un suave parpadeo de luz. Los soldados quedaron de pie… exhaustos, pero asombrados. Kael se acercó, cruzando los brazos. —Deja de jugar a las niñeras —dijo, esta vez sin veneno en la voz—. Eres un mago del nivel más alto que he visto. Y mis hombres necesitan entrenar contigo… no con tus emociones. Lucian lo miró. No con enojo. Con comprensión… y con un toque de desafío. —Tampoco tú deberías entrenar con tus emociones, Kael. Por un instante, fue como si los dos se miraran a través de un espejo. Fuerza contra mente. Acero contra magia. Orgullo contra vulnerabilidad. Dos hermanos distintos… pero igualmente formidables. Mientras Kael y Lucian recuperaban el aliento —uno limpiándose el sudor de la frente y el otro disipando el brillo residual de su magia— una voz conocida resonó detrás de ellos. —Vaya, vaya… mis pequeños hermanos jugando a los soldaditos como siempre. Draegor bajaba los escalones del patio con una sonrisa ladeada, impecable como si no hubiera pasado una tarde entera paseando con una chica que lo traía intrigado. Su cabello estaba perfectamente acomodado, su ropa sin una arruga, y su aire confiado lo envolvía como un perfume. Lucian rodó los ojos. Kael solo apretó más la mandíbula. Draegor llegó al centro del campo, levantó el mentón y los observó como si evaluara a dos reclutas recién llegados. —Oigan, nenitas —dijo, cruzándose de brazos de manera exageradamente elegante— solo quiero recordarles que en una semana tenemos la reunión con los líderes de Aldrennor. Y los quiero bien presentables… o lo más presentables posible considerando que ustedes dos tienen la gracia de un par de bisontes en celo. Kael frunció el ceño tan fuerte que los soldados cercanos dieron un paso atrás. —Cállate, Draegor —gruñó—. Algunos estamos ocupados entrenando para evitar que monstruos entren al pueblo. —Y yo estoy ocupado evitando que los monstruos políticos se coman nuestra reputación —respondió Draegor sin perder la sonrisa—. Cada quien lucha sus batallas, hermanito. Lucian no pudo evitar soltar una risa suave. Kael lo fulminó con la mirada. Draegor se veía encantado consigo mismo. —Además… —continuó con un tono más bajo, más astuto— ustedes dos no pueden presentarse a esa reunión como bestias salvajes. Aldrennor no es un lugar cualquiera: sus líderes son expertos en diplomacia… y en manipular a los incautos. Lucian arqueó una ceja. —Y por eso vas tú —dijo—. Para manipularlos antes de que ellos nos manipulen a nosotros. Draegor sonrió como quien recibe un halago. —Exactamente. Kael soltó un bufido. —Eres insoportable. Draegor le dio una palmada en el brazo… justo donde sabía que le dolería. —Y tú me amas. Pero en serio —añadió volviéndose más formal, aunque sin perder la picardía—. La casa Solvard debe verse impecable. No puedo llegar con uno que parece que salió de pelear con un oso —miró a Kael— y otro que parece que salió de leer poesía bajo un árbol —miró a Lucian. Lucian abrió la boca para protestar, pero Draegor lo interrumpió con un gesto elegante. —No es insulto, querido. Es descripción. Los soldados rieron en silencio. Kael apretó su espada como si quisiera partir algo. Lucian se cruzó de brazos con dignidad ofendida. Pero Draegor… Draegor simplemente brillaba. Encantador. Manipulador. Inteligente. Político por naturaleza. Un Solvard de pies a cabeza.
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