Lucian cerró el libro con suavidad, intentando recuperar la calma después de la explosión de su hermano. Sus ojos aún cargaban sorpresa y una sombra de molestia.
Se puso de pie despacio y se inclinó un poco hacia Nyxara, con una expresión cálida y apenada.
—Natasha… lo siento —dijo en voz baja—. Kael… no debió hablarte así. Él es… complicado. A veces se deja llevar por su temperamento.
Nyxara lo miró desde las almohadas, todavía con el corazón latiendo más rápido de lo normal.
El miedo no era nuevo para ella, pero no entendía por qué Kael le provocaba esa mezcla tan extraña: temor, confusión… y algo más, algo que no podía nombrar.
Lucian le sonrió con una dulzura que calmaba como un bálsamo.
—Vendré más tarde para ver cómo estás, ¿sí? —añadió—. Descansa un poco. Y si te aburres… puedes empezar con las primeras letras del cuaderno. Las que vimos hoy.
Nyxara asintió, aunque sin levantar mucho la mirada.
Lucian dudó un instante… como si quisiera decir algo más.
Pero al final, decidió no presionar.
Le dejó los libros acomodados en la mesa lateral, junto al té tibio, y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se giró.
—No estás sola, Natasha. Yo volveré.
Nyxara levantó la vista justo a tiempo para ver su sonrisa suave antes de que cerrara la puerta tras él.
Cuando se encontró nuevamente en silencio, el cuarto pareció encogerse un poco.
El portazo de Kael seguía resonando en su pecho, como si aún vibrara en las paredes.
Nyxara llevó una mano a su vientre, sintiendo el calor de la compresa y el dolor latente que la acompañaba desde la mañana. Pero ahora había otro dolor, uno completamente distinto.
Un nudo en el pecho.
Una presión incómoda.
Como si algo invisible la apretara desde dentro.
¿Por qué Kael se enojó tanto?
¿Hice algo malo?
¿Lo insulté sin darme cuenta?
¿Lo ofendí?
No entendía nada.
Ese hombre era puro hielo… hasta que repentinamente se convertía en fuego.
Y la forma en que la había mirado antes de irse…
No era simple enojo.
Era algo más oscuro, más profundo. Algo que ella no podía descifrar.
Un escalofrío recorrió sus brazos.
Para distraerse, tomó uno de los cuadernos que Lucian había dejado y lo abrió con cuidado. Las letras trazadas por él parecían más ordenadas que cualquier cosa que hubiera visto. Había algo reconfortante en la tinta negra sobre el papel blanco.
Nyxara se obligó a respirar.
Se obligó a concentrarse.
Se obligó a ignorar el torbellino interno que un solo hombre había provocado.
Y mientras intentaba repetir mentalmente las primeras letras, una duda persistente la atravesó:
¿Por qué me importó tanto su enojo… si apenas lo conozco?
No tenía respuestas.
Solo un corazón inquieto.
Y un cuaderno lleno de letras esperando ser descubierto.
El sol golpeaba con fuerza el patio de entrenamiento.
El sonido metálico de espadas chocando, gritos de comando y el olor a sudor llenaban el aire. Entre todos los guerreros, Kael destacaba como siempre:
movimientos precisos, rápidos, implacables.
Una fuerza que parecía inagotable.
Pero esta vez…
cada golpe tenía algo de rabia.
Cada orden, un filo más cortante de lo normal.
Lucian llegó apresurado, aún con restos de tinta en sus dedos y la respiración un poco agitada. Se acercó a Kael justo cuando este desarmaba a un soldado con un giro brutal.
—Kael —lo llamó, serio—. No debiste ser tan duro con Natasha.
Kael se giró como si lo hubieran interrumpido en mitad de una batalla real. Su mirada azul, afilada por la ira que no había logrado expulsar, se clavó en su hermano.
Lucian continuó, sin retroceder.
—Ella no se siente bien —dijo con firmeza—. Ya iba a bajar para entrenar contigo. Pudiste haber esperado unos minutos.
Kael soltó un bufido incrédulo, cargado de impaciencia.
—¿Vienes a regañarme por eso? —escupió la pregunta, tomando la espada del suelo de un tirón.
Lucian abrió la boca para responder, pero Kael no le dio tiempo.
—Ya deja de estupideces, Lucian —soltó con frialdad—. Y ponte a entrenar.
Últimamente ha habido ataques de monstruos cerca del pueblo. No podemos dejar que se acerquen más.
Lucian apretó los puños.
Kael siguió, cada palabra más dura que la anterior:
—Te necesitamos como el mago que eres —su voz era cortante como acero—. No como una niñera.
El golpe fue directo.
No a su magia.
No a su capacidad.
Sino a su corazón.
Lucian dio un paso adelante.
—No estaba siendo una niñera —respondió, con la voz controlada, pero herida—. Solo estaba cuidando a alguien que lo necesitaba.
Kael tensó la mandíbula.
—Pues que se acostumbre a cuidarse sola —gruñó mientras daba media vuelta—. En este mundo nadie va a consentirla ni protegerla. Que aprenda a sobrevivir sin ti encima.
Las palabras salieron más violentas de lo que Kael pretendía… pero no volvió atrás para corregirlas.
Porque admitir eso sería admitir la razón verdadera de su malestar.
Lucian lo observó, con los ojos llenos de una mezcla de decepción… y comprensión.
—No es ella la que te molesta —dijo en voz baja, pero suficiente para que Kael lo escuchara—. Es lo que tú sientes.
Kael se detuvo.
La tensión en su espalda se hizo visible.
Los soldados alrededor fingieron no escuchar.
El viento pareció detenerse.
Pero Kael no se giró.
No podía.
—Cállate y entrena —terminó diciendo.
Su voz era baja, rasposa.
Casi quebrada.