Un sonido suave interrumpió el silencio de la habitación.
Toc, toc.
No fue un golpe fuerte, sino un llamado tímido, casi respetuoso.
—¿Puedo entrar…? —la voz de Lucian se escuchó del otro lado, baja, cuidadosa—. Soy yo… Lucian. Te traje algo.
Nyxara sintió que algo se movía dentro de su pecho.
No sabía qué era.
No era dolor.
No era miedo.
Era… algo cálido. Algo que aceleró su respiración sin razón aparente.
—S… sí, puedes entrar —respondió, intentando sonar normal.
La puerta se abrió despacio, como si Lucian temiera molestarla. En cuanto él cruzó el umbral, Nyxara sintió un rubor subirle a las mejillas.
De repente, se volvió consciente de todo: de su debilidad, de su cabello suelto, de la compresa caliente en su vientre…
¿Se daría cuenta…? ¿Sabría que estaba sangrando?
El pensamiento la hizo esconderse un poco más bajo la manta, instintivamente.
Pero Lucian no pareció notar nada de eso.
Porque en ese instante, él también se quedó ligeramente estático al verla.
Había preocupación en sus ojos, pero también algo más… una dulzura protectora que hacía que su presencia se sintiera como un abrazo sin contacto.
En sus brazos cargaba varios libros, dos cuadernos y un frasquito de tinta.
Nyxara lo observó y sintió una chispa de emoción en medio del dolor.
¿Para mí?
Lucian avanzó unos pasos hasta sentarse en el borde de la silla junto a su cama.
—Te traje esto… —dijo bajito, casi nervioso—. Por si… no sé… si te aburres. O… bueno, pensé que… si querías seguir aprendiendo…
Se detuvo, avergonzado de su torpeza.
Nyxara sintió que su corazón hacía ese extraño movimiento otra vez.
Algo cálido, suave, inesperado.
—¿Puedo…? ¿Puedo quedarme contigo un rato? —preguntó Lucian, con voz aún más suave—. Quisiera seguir enseñándote a leer y escribir… si me lo permites. Y solo si no estás muy cansada, claro.
La pregunta cayó como pluma sobre el pecho de Nyxara.
Ella no entendía completamente qué era esa sensación que la atravesaba, pero sí sabía una cosa: no quería estar sola. No ese día. No con ese dolor. No con ese cuerpo tan frágil que no comprendía.
Además… la mirada de Lucian hacía que el cuarto se sintiera menos frío.
—Acepto —susurró Nyxara, bajando la vista—. Sí… quiero que te quedes.
Lucian soltó un suspiro que no sabía que estaba conteniendo, y una sonrisa suave, hermosa, apareció en sus labios.
Se sentó más cerca, aunque no demasiado, respetando su espacio.
—Entonces… empezaremos despacio —dijo mientras abría uno de los cuadernos—. No quiero que te esfuerces mucho hoy.
Nyxara asintió.
Sí sentía dolor…
pero había algo más también.
Un hueco extraño en el pecho que se llenaba cuando Lucian entraba a la habitación.
¿Era eso… aburrimiento?
¿O era algo más?
No lo sabía.
Aún no.
Pero mientras él le mostraba la primera letra del cuaderno, su voz baja y paciente llenó la habitación de una ternura que hizo que el dolor se sintiera un poco más distante.
Más tarde, cuando el sol ya estaba alto, las puertas del castillo se abrieron con un golpe firme. Kael entró cubierto de sudor; su ropa estaba marcada por el entrenamiento duro de la mañana y su respiración aún era profunda. Se limpió la frente con el antebrazo mientras se dirigía al salón principal con paso decidido.
—¿Dónde está Lucian? —preguntó con brusquedad, sin saludar—. Lo necesito en el campo. Prometió practicar magia con mis guerreros hoy.
Lady Nymera levantó la mirada desde su sillón. Sus ojos se entrecerraron ligeramente.
—Kael, hijo, no grites así —lo reprendió con calma maternal—. Lucian está con Natasha… en su habitación.
Kael se detuvo en seco.
Su cuerpo entero se tensó.
Por un momento no dijo nada, pero sus ojos se oscurecieron, y un músculo en su mandíbula tembló de forma casi imperceptible.
—¿Lucian… solo? —preguntó, su voz más baja, más peligrosa—. ¿Con Natasha? ¿En su habitación?
Lady Nymera lo observó con una ceja elegante levantada, como quien ve algo que ya se esperaba.
Kael exhaló bruscamente, frustración y algo más —algo que no quería reconocer— retorciéndose en su pecho.
—¿Qué mierda hace ahí arriba? —gruñó—. ¡Lo necesito ahora mismo! Dile que deje de jugar a las muñecas y venga al campo de entrenamiento, madre.
Lady Nymera suspiró, aunque había una chispa divertida en sus ojos.
—Kael Solvard… —dijo en tono firme—. No está “jugando a las muñecas”. Natasha está pasando un mal momento femenino, y tu hermano está siendo considerado y acompañándola. No lo interrumpas por una tontería como entrenar unos minutos antes o después.
Kael abrió la boca para responder, pero nada salió.
Había demasiadas sensaciones chocando dentro de él, y ninguna estaba relacionada con el entrenamiento.
¿Por qué estaba Lucian ahí?
¿Por qué con ella?
¿Por qué tan cerca?
Un calor incómodo subió por su cuello, disfrazado de ira.
—Necesito a mi hermano —dijo finalmente, pero su voz ya no sonaba tan segura—. Esto no es un juego.
Lady Nymera inclinó la cabeza.
—No, hijo. No lo es.
Kael apretó los puños, dio media vuelta y salió del salón sin esperar permiso. Su paso era firme, casi violento, como si intentara pisotear el sentimiento que crecía en su pecho.
Pero por más que lo intentara…
No pudo ignorar la punzada que sintió al imaginar a Lucian sentado al lado de Nyxara, tan cerca de ella…
En su habitación.
A solas.
¿Por qué demonios le importaba tanto?
Kael subió las escaleras del castillo con pasos largos y pesados, el sudor aún pegado a su piel y la respiración agitada por el entrenamiento. Pero nada de eso explicaba el fuego incómodo que ardía en su pecho desde que escuchó que Lucian estaba “con Natasha… en su habitación”.
¿Qué hacía ahí? ¿Qué tanto tenía que “acompañarla”?
Cuando llegó frente a la puerta, no se detuvo a tocar. La abrió de golpe.
El sonido retumbó en la habitación.
Nyxara, recostada entre almohadas, levantó la vista con sobresalto.
Lucian, sentado muy cerca de ella, con un libro abierto entre ambos, alzó la mirada de inmediato.
Era esa cercanía lo que lo golpeó.
Lucian inclinado hacia Nyxara.
La suavidad con la que le hablaba.
La tranquilidad en el ambiente.
La manera en que Nyxara lo miraba con esos ojos grandes, como si confiara en él más que en nadie.
Algo en Kael se detuvo.
Y luego… se rompió.
Una presión violenta en el pecho.
Un calor brutal en la garganta.
Y después, pura ira.
—¿Qué mierda estás haciendo aquí? —soltó Kael con una voz tan baja y cargada que hizo temblar el aire.
Lucian parpadeó, sorprendido.
—Kael, yo solo—
—Estás perdiendo el tiempo —lo interrumpió Kael, dando un paso dentro del cuarto—. ¡Te necesito en el campo de entrenamiento ahora! ¿Qué haces aquí sentado con… con esta niña?
Nyxara bajó la mirada, herida, sin entender por qué Kael le hablaba así.
Lucian frunció el ceño.
—¡No le hables de esa forma, Kael! Natasha está enferma, solo—
—¡No me importa! —rugió Kael, sin siquiera mirarla—. Al campo. En cinco minutos. O si no…
Dejó la amenaza suspendida, incompleta, pero el silencio que quedó después fue más ruidoso que cualquier grito.
Lucian apretó los labios, ofendido y sorprendido.
Nyxara se encogió un poco bajo las mantas, confundida y con un pequeño nudo en el pecho.
Kael se giró hacia la puerta sin mirar atrás.
Su mandíbula temblaba.
Sus manos estaban cerradas en puños tan tensos que los nudillos palidecían.
Y al salir, dio un portazo tan fuerte que la madera vibró.
El sonido resonó en los pasillos del castillo, marcando la huida de alguien que no entendía la furia que lo devoraba.
Porque Kael no sabía por qué lo enojaba tanto ver a Lucian ahí.
Por qué le ardía la sangre.
Por qué verlos juntos lo hacía sentirse… traicionado.
Ridículo.
Fuera de control.
No quiso pensarlo más.
—Estúpido… —murmuró para sí mismo mientras bajaba las escaleras, tratando de ahogar el torbellino dentro de su pecho.
Pero, aunque no lo admitiera ni bajo tortura…
Ese enojo no tenía nada que ver con el entrenamiento.