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1024 Palabras
Nyxara despertó antes de que el sol terminara de asomarse por las cortinas. Pero esta vez, no fue el cansancio lo que la inquietó, sino un dolor punzante en su vientre. Se llevó una mano al estómago, frunciendo el ceño con una mezcla de confusión y malestar. Un segundo después, sintió algo más. Algo húmedo. Se incorporó lentamente y, al apartar la sábana, su corazón dio un vuelco. —¿Qué… es esto? —susurró con la voz temblorosa. Había sangre. Sangre. Nyxara palideció de inmediato. Su respiración se volvió entrecortada y su pulso se aceleró. En su forma antigua, su cuerpo jamás había reaccionado así. El dolor… la fragilidad… el líquido rojo saliendo sin explicación… Nada de eso tenía sentido en lo que ella recordaba de sí misma. Elin entró en ese momento, cargando una bandeja con agua fresca. Pero al ver el rostro descompuesto de Nyxara, dejó la bandeja de inmediato y corrió hacia ella. —Natasha… ¿qué ocurre? Nyxara levantó la mirada, con los ojos muy abiertos y cristalinos. —Elin… algo está mal con mi cuerpo. Está… —tragó saliva, angustiada—. Está saliendo sangre. Y duele… mucho. La doncella se sentó a su lado y le tomó las manos con una calma increíble, una calma que Nyxara absorbió sin darse cuenta. —Mi lady… está bien —dijo Elin en voz baja, como si calmara a un niño asustado—. No hay nada malo contigo. Esto es algo que les ocurre a todas las mujeres… una vez al mes. Nyxara parpadeó, sin comprender. —¿Es… normal? Elin asintió, acariciándole el dorso de la mano. —Sí, completamente normal. Es parte del cuerpo humano, de ser mujer. Puede doler, puede ser incómodo… pero no es peligroso. Yo te ayudaré, no te preocupes. Las palabras tranquilizadoras hicieron que los hombros de Nyxara bajaran un poco, pero aún se veía perdida. Demasiado humana para comprenderlo, demasiado antigua para asimilarlo con facilidad. Elin se levantó y comenzó a preparar un baño caliente, mezclando hierbas aromáticas para aliviar el dolor. En la tina el agua echaba vapor suave, tibio, que llenó la habitación de un aroma reconfortante. —Ven, mi lady —dijo con dulzura—. Esto ayudará. Nyxara se dejó guiar. El agua caliente rodeó su cuerpo y un suspiro involuntario escapó de sus labios, aflojando un poco la tensión del dolor. Elin le lavó el cabello con suavidad, sin prisa, como si atendiera a un ser frágil que necesitaba cariño más que instrucciones. Cuando salió del baño, Elin ya había preparado ropa limpia y adecuada para su situación. La ayudó a vestirse con cuidado, sin que Nyxara tuviera que hacer esfuerzo alguno. Luego la acomodó entre las sábanas, puso una compresa caliente sobre su vientre y le sirvió un desayuno ligero: pan suave, té tibio con hierbas calmantes y un poco de fruta. —Hoy lo mejor es que permanezcas en cama —dijo con una sonrisa maternal—. Descansa, mi lady. Esto pasará pronto. Nyxara cerró los ojos unos segundos, respirando profundo. Aún dolía. Aún era extraño. Aún se sentía vulnerable. Pero Elin estaba ahí. Y por primera vez desde que tenía ese cuerpo, Nyxara no se sintió sola ante algo que no entendía. La familia Solvard ya estaba reunida en el comedor cuando Lady Nymera notó la ausencia de Nyxara. Su silla estaba vacía, perfectamente alineada, pero sin la presencia luminosa que normalmente llenaba la habitación. Frunció el ceño con delicada preocupación. —¿Dónde está Natasha? —preguntó, mirando a los sirvientes—. Ella siempre baja temprano… Elin, que acababa de entrar con una jarra de agua tibia, se acercó de inmediato. Se inclinó con respeto y, cubriendo la boca con una mano, susurró al oído de Lady Nymera lo que había sucedido esa mañana. Los ojos de la matriarca se suavizaron al instante. —Oh, pobre niña… —murmuró con una ternura que solo una madre podía mostrar—. Debió ser muy duro para ella, sin conocer nada de eso. Elin asintió, apretando los labios con compasión. Lucian, que estaba sentado cerca y había captado fragmentos de la conversación, se inclinó un poco hacia adelante. —Madre… ¿qué ocurre? ¿Por qué Natasha no está con nosotros? —preguntó con el ceño inquieto. Lady Nymera sonrió con esa paciencia sabia que usaba cuando sus hijos no debían saber más. —Nada grave, hijo —dijo con voz suave—. Son… cosas de mujeres. Natasha estará en cama todo el día para descansar. Lucian abrió la boca para preguntar más, pero su madre levantó la mano con un gesto tranquilo. —No te preocupes, estará bien. Draegor levantó una ceja, aunque no insistió. Lord Solvard siguió comiendo, aunque con una mirada curiosa hacia Elin, que se retiraba con pasos cuidadosos. Pero Lucian… Lucian bajó la vista a su plato. Sus dedos se tensaron alrededor del cubierto. A su mente acudió la imagen de Nyxara sonriendo en la biblioteca, intentando leer con los labios entreabiertos en concentración; la forma en que había fruncido el ceño por no entender una letra… y ahora, imaginarla sola, dolorida, confundida, en una habitación silenciosa… Un nudo cálido se formó en su pecho. No sabía por qué, pero la idea de que ella estuviera pasando por algo que no comprendía… le dolía más de lo que se atrevería a admitir. Respiró profundamente. —Quizá… —empezó a decir, con una timidez que no solía mostrar—. Quizá podría llevarle algunos libros. Y cuadernos. Para que no se aburra. Lady Nymera lo miró con una sonrisa maternal, casi divertida por la dulzura evidente de su hijo. —Me parece una idea encantadora, Lucian —respondió con voz cálida—. Estoy segura de que le hará bien tener algo que hacer mientras descansa. Lucian asintió, pero su rostro mostraba algo más que simple amabilidad: mostraba preocupación genuina, y un deseo silencioso de hacerla sentir acompañada, aunque fuera en lo más mínimo. Mientras la comida continuaba, su mente ya estaba pensando qué libros elegir. Algo suave. Algo bonito. Algo que ella pudiera disfrutar sin esfuerzo.
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