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1041 Palabras
Ella lo miró con ojos brillantes, sin saber qué hacer con la calidez que se formaba en su pecho. La niña sonrió feliz. —Le queda muy bien —comentó—. Parecen una pareja de cuento. Nyxara abrió la boca para preguntar qué significaba eso… pero Draegor se adelantó, sonriéndole a la niña. —Gracias por la corona, pequeña. Le entregó un par de monedas con una gentileza inesperada. Cuando la niña se alejó, Nyxara volvió a mirar a Draegor. —¿Por qué… me miras así? —preguntó con voz bajita, sincera. Draegor se acercó un poco más a ella, sin invadir, pero lo suficiente para que Nyxara sintiera el calor de su presencia. —Porque eres… diferente a todo lo que he visto —respondió—. Y porque esa corona te queda mejor que a cualquier reina. Nyxara bajó los ojos, sintiendo un rubor cálido en las mejillas. No entendía del todo por qué sus palabras la afectaban… pero lo hacían. El cielo comenzaba a teñirse de tonos rosados y dorados cuando Draegor y Nyxara se dieron cuenta de que la tarde se les había escapado entre risas, colores y descubrimientos. La plaza, que horas antes estaba llena de vida, ahora empezaba a calmarse. Las lamparillas se encendían una a una, creando un brillo cálido en las ventanas y calles. —Es hora de regresar —dijo Draegor con una suavidad que no usaba con cualquiera. Nyxara asintió. Había tanta belleza en el atardecer que casi sentía que el mundo respiraba. Subieron al carruaje, y el camino de regreso fue más silencioso que a la ida, pero no incómodo. Era un silencio tranquilo, de esos que solo existe cuando dos personas han compartido un buen día. La corona de flores seguía en la cabeza de Nyxara. Las margaritas se mecían suavemente con cada movimiento del carruaje, dándole un aire aún más etéreo. Draegor la miró de reojo varias veces, sin saber si estaba más encantado con la corona o con la forma en que ella observaba el paisaje como si fuera un milagro. —¿Te divertiste, Natasha? —preguntó en voz baja, casi temeroso de romper la calma. Nyxara tardó un momento en responder. Miraba el cielo apagarse lentamente. —Fue… increíble —susurró—. No recuerdo haber pasado una tarde así antes. Sus palabras eran simples, pero tenían un peso dulce que se quedó suspendido entre ellos. Draegor sonrió, una sonrisa más sincera que arrogante esta vez. —Me alegra —respondió. El carruaje atravesó las puertas del castillo justo cuando la primera estrella comenzaba a aparecer. Las antorchas encendidas iluminaban los muros de piedra, proyectando sombras largas y cálidas. Cuando bajaron, Nyxara respiró profundamente, aún sintiendo la emoción del día en el pecho. Era como si cada cosa que había visto, cada risa compartida, se hubiera quedado grabada en su memoria recién despertada. Elin, su doncella, la esperaba al pie de las escaleras. Sonrió al verla. —Bienvenida de vuelta, Natasha. Parece que tuviste un buen día. Nyxara devolvió la sonrisa, un gesto lento y suave. —Sí… —dijo—. Fue una tarde increíble. Mientras Draegor se despedía con un guiño encantado, Nyxara se dio cuenta de algo: no sabía exactamente qué era la felicidad humana… pero lo que había sentido ese día se acercaba mucho. Nyxara decidió cenar en su habitación aquella noche. Elin insistió apenas un poco, preocupada al verla tan cansada, pero Nyxara solo pudo asentir en silencio. Había un peso extraño en sus músculos, una sensación tibia y pesada que recorría sus brazos y piernas, como si el día entero se hubiera quedado atrapado bajo su piel. La doncella colocó una pequeña bandeja sobre la mesita junto a la cama: pan suave, un poco de sopa caliente y una jarrita de té. Nyxara se sentó en el borde del colchón e intentó comer, pero cada movimiento se sentía… lento. Cansado. Humano. Un suspiro escapó de sus labios. —No entiendo por qué me siento así… —murmuró más para sí misma que para Elin. La doncella, que le acomodaba la capa ligera que había llevado al pueblo, le dedicó una sonrisa comprensiva. —Fue un día largo, Natasha. A veces el cuerpo se agota un poco después de muchas emociones. Nyxara bajó la mirada hacia sus manos. Eran delgadas, pequeñas, suaves… demasiado frágiles comparadas con lo que ella recordaba vagamente de su ser antiguo. Desde que había llegado a ese mundo humano, había experimentado sensaciones nuevas: frío, hambre, sueño… y ahora, cansancio profundo. —Es extraño —admitió con voz baja—. No estoy acostumbrada a sentirme tan… delicada. Elin dejó una copa de agua a su alcance y se inclinó un poco. —Todos necesitamos descansar, incluso los más fuertes —dijo con suavidad—. Y tú has vivido un día muy emocionante. Nyxara pensó en el pueblo, en los colores, en las flores… en la risa de Draegor. Pensó en el carruaje, en el asombro que sintió por cada cosa. Pensó en lo rápido que latía su corazón sin razón aparente. Quizá… quizá sí era demasiado para un solo día. Comió un par de bocados más, pero el sueño la vencía. Sus párpados estaban pesados, cada respiración más profunda que la anterior. —Creo… que quiero dormir —susurró. Elin apagó algunas velas, dejando solo una luz tenue que llenaba la habitación de un brillo cálido. —Claro, mi lady. Yo me encargo de lo demás. Descanse bien. Nyxara se deslizó bajo las sábanas y sintió la suavidad del colchón envolverse alrededor de ella. Qué curioso era sentirse tan… cómoda. Tan débil. Tan humana. Su mente, antes tan despierta, se sumió lentamente en la oscuridad tranquila del sueño. Mientras se acomodaba, un pensamiento pequeño y confuso pasó por su mente: Mi cuerpo nunca había sido así antes… ¿Por qué soy tan frágil ahora? No tenía respuestas. Solo cansancio. Y la tenue memoria de un día que había sido, de verdad, increíble. Cuando por fin cerró los ojos, el castillo quedó en silencio a su alrededor. Y Nyxara se durmió envuelta en una mezcla de agotamiento, suavidad y algo que, aunque no entendía todavía, empezaba a parecerse mucho a la felicidad.
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