El imbécil de Alexander se sienta sorpresivamente a mi lado y yo tomo un sorbo de mi bebida intentando ignorarlo.
- Así que el idiota de Alexander no deja de ser un idiota. – Dice Alma de forma sarcástica.
- Está bien, amiga, da igual. – Digo bajito a su lado.
- No, no está bien, este tipo te acosó durante todo el colegio y ahora viene aquí riéndose. – Alma se para y Alexander la mira enojado, lo que hace que ella lo mire aún con más rabia.
- No te preocupes, Almita, no vine a molestar a Ronnie, ella ahora sólo es una barista, no merece mi atención. – Dice Alexander acercándose aún más a mí.
- Si, sólo soy eso, y como no merezco tu atención, entonces te puedes ir. – Digo sonriendo y él me mira molesto.
- ¿Sabes una cosa? Siempre te creí inteligente, pero ahora veo que la inteligencia te alcanzó sólo para venderte ¿Cuánto por una noche? – Dice el cerdo mirándome por completo.
¡Carajos! Sabía que el vestido estaba muy corto.
- Disculpa – Dice Esteban – Si no tienes más que decir, te pediría que te fueras.
- Tengo mucho que decir aún, y Verona me va a acompañar para conversar un ratito ¿No es así, primor? – El imbécil de Alexander no dejará de molestar y los tipos con los que está ya se encuentran al lado de Esteban y de Alma.
- No se preocupen, voy a hablar con él y vuelvo. – Sonrío para tranquilizarlos y le paso mi teléfono a Alma.
- No tienes que hacerlo, Verona, puedo llamar a los guardias. – Dice Esteban.
- No te preocupes, no quiero causarles problemas. – Sé que si no voy, esto se puede poner peor, me paro y los dos me miran preocupados.
- Vamos, mi amor, te aseguro que lo vamos a pasar muy bien. – Dice el cerdo mientras camina detrás de mí intentando tomar mi espalda.
Una vez que se detiene, su amiguito abre una puerta de algo que parece ser un privado, yo volteo para mirar a Alexander.
- Sólo vamos a hablar, Ronnie. Recuerdo que todos en el curso hablaban de la hermosa Ronnie y ahora eres sólo una… - No lo dejo terminar su frase y lo abofeteo.
- No tienes derecho ni permiso para referirte así de mí, que te quede claro que sólo vine contigo para evitar que mi amiga y su novio presenciaran tu estupidez. Di rápido lo que tengas que decir y déjame en paz. – Digo molesta y con los puños en los costados de mi cuerpo. Si no me defiendo, el idiota es capaz de trapear el piso conmigo, y yo no soy de las que se dejan.
- Es una fiera la pequeña Ronnie y es lo que más me gusta de ella. – El imbécil se abalanza sobre mí y me obliga a entrar a la sala que se encuentra detrás.
- Cierren la puerta y váyanse, no quiero alcahuetes. – Dice a los idiotas que lo acompañan mientras yo intento librarme de él, pero es tan pesado y mucho más grande que yo que no logro apartarme por más que forcejeo.
- ¡Suéltame desgraciado o ya verás cómo te va! – Le grito mientras él me pone la mano en la pierna y comienza a subirla por mi muslo.
- Uy, mi fierecilla, no puedes conmigo, no lo intentes o sólo te harás más daño. – Me arroja sobre un sillón y yo golpeo mi cabeza contra la muralla que está detrás.
- ¡Me golpeaste! – Digo molesra y él se arroja sobre mi cuerpo, pero antes de que se mueva yo golpeo su muslo con mi rodilla.
- ¡Hija de puta! – Grita y me abofetea, lo que consigue marearme dejándome un tanto aletargada.
- Así me gusta, quietecita. – Dice y pasa sus manos por mis pechos, cerdo asqueroso, me muevo hacia el lado, dejándome caer al suelo y golpeo su estómago con mi pierna, así logro alejarme un poco mientras corro como puedo hasta la puerta, cuando alcanzo a tocarla, él toma mi cabello y lo jala hacia atrás.
- ¡Ah! – Grito con dolor - ¡Suéltame! – Pero sé muy bien que eso no pasará, el problema es que Alexander es de la clase de personas que cree que puede hacer lo que quiere y sus padres facultan todo eso, por lo que podría haberme golpeado delante de todos en la pista y haberse salido con la suya, es por eso que accedí a irme con él.
Me volteo aprovechando lo largo de mi cabello y piso su pie con mi tacón, él grita, pero no me suelta, así que me muevo rápido y golpeo ahora su entrepierna con mi rodilla mientras tengo una ventana de dos segundos en la que se queja para mover mi pierna y golpear su costado, lapso en el que me suelta y consigo salir de la sala, afuera hay dos tipos, pero están de espaldas y el sonido de la música es alto, pienso rápidamente en que si corro hasta Alma el muy idiota es capaz de hacerle daño a ella y a su novio y estos dos me agarrarían antes incluso de llegar a la pista, así que me muevo por el pasillo grande y oscuro hasta una esquina en donde hay dos letreros, uno dice “Servicios higiénicos” y el otro dice “Zona VIP”, mi idea primero es ir a los baños, pero allí puedo ver a un hombre alto, de ojos negros y cabello azabache, espera... ¡¿Es Collin?! ¿Se trata de él? ¡No, no puede ser!
Quiero correr hasta él, quiero volver a verlo, pero escucho a Alexander llamarme por mi nombre y no puedo acercarme, cambio el rumbo y me alejo por temor a lo que el imbécil de Alexander le puede hacer al hermoso de Collin, si es que mis ojos no me engañan, por lo que corro hasta el último salón VIP, abro la puerta y entro cerrando con llave por dentro.
- Dios, espero haberlo perdido.
- No me interesa a quién perdiste, sólo vete. – Dice una voz tremendamente fría desde la sala que me asusta, volteo rápidamente y veo a un hombre sentado, pero está oscuro y no distingo sus rasgos.
- Yo… Lo siento… Yo…
- Ya te dije que no me interesa, sólo sal de aquí. – Su voz nuevamente consigue congelarme.
- ¿Puedes esperar un momento? Ya me voy. – Es aguantar su mal genio o soportar que el maldito de Alexander haga lo que quiere conmigo.
- Te quiero fuera, ahora. – Dice él.
- No. Espera un poco y me iré. – Continúo pegada a la puerta.
- Ah, eres a la que enviaron esta vez… Pues bien, diles que no me acuesto con cualquiera.
- ¡¿Qué dijiste?! Yo no soy de esas... – Digo molesta caminando hacia él, que se encuentra con un cigarrillo en su mano y sentado de una forma muy particular, sus piernas, una sobre otra, se notan muy largas y su cuerpo está bastante definido, pero aún no logro verlo por completo.
- Bien, entonces puedes irte, no me interesa lo que tengas que decir, sólo sal de aquí o te saco a patadas. – Su rostro se contorsiona un poco.
- ¡Hombres! ¿Qué pasa con todos ustedes? ¿No puede existir al menos un caballero? – Me quejo en voz alta y recién noto que me siento mareada y adolorida por los golpes, o quizá, algo más.
El hombre lanza una pequeña risa sarcástica que consigue congelar mi corazón y es que este hombre no es nada parecido a la gente que yo conozco, es como si el frío de la sala fuese emanado por su propio cuerpo.
- ¿Caballero? – Se mofa – De eso no tengo nada.
¿Dónde carajos me vine a meter?