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LONDRES NO OLVIDA

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Descripción

En 1863, Eliza Harrington está cansada de ser la señorita perfecta que no elige su destino. Cuando su primer amor, Thomas Blackwood, reaparece en Londres, también lo hace una herencia enterrada y un secreto que puede destruir a su familia. En una sociedad donde las apariencias lo son todo, Eliza deberá decidir si sigue obedeciendo o si se atreve a descubrir la verdad, aunque le cueste todo.

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PRÓLOGO : Bajo la lluvia de mayo
Londres, Mayo de 1863 La lluvia en Londres no cae. Se queda suspendida en el aire, como si la ciudad misma dudara en dejarla tocar el suelo. Esa tarde de mayo, el cielo estaba bajo y gris sobre Mayfair, y los carruajes chapoteaban por Grosvenor Square dejando huellas de barro en la piedra. Yo estaba de pie junto a la ventana del salón de baile de los Cavendish, con una copa de limonada tibia en la mano y la espalda recta como mi madre me enseñó. No bailaba. Las señoritas de buena familia no bailan cuando no las sacan a bailar. Y a mí, al parecer, nadie se atrevía. —Te ves aburrida, Eliza —dijo mi prima Margaret, apareciendo a mi lado con los rizos despeinados y el vestido manchado de ponche—. Es la tercera fiesta en la que no te mueves de esta ventana. Si sigues así, dirán que prefieres los libros a los pretendientes. —Prefiero los libros —respondí, bebiendo un sorbo—. Al menos los libros no mienten cuando dicen que te aman. Margaret se rió y me dio un codazo. —Qué amargura para tener veintiún años. Si tu madre te oyera... Mi madre no oía nada que no quisiera oír. Llevaba tres temporadas presentándome en sociedad, buscando un esposo con título, tierras y sin deudas. Yo había sonreído, había inclinado la cabeza, había dicho “sí, madre” a cada hombre que me presentaba. Ninguno me miraba a los ojos. La música cambió. Un vals. Las parejas se movieron como figuras de porcelana, girando bajo los candelabros de cristal. Y entonces lo vi. Él no estaba en la pista. Estaba en la puerta del salón, con el abrigo aún mojado por la lluvia y el sombrero en la mano. Alto, delgado, con el cabello n***o pegado a la frente. No llevaba guantes blancos ni chaleco bordado como los demás. Llevaba un traje sencillo, de lana oscura, y en el rostro una expresión que no encajaba aquí. Cansancio. Y algo más. Algo que parecía rabia contenida. Lo reconocí antes de que él me viera. No podía no reconocerlo. Thomas Blackwood. El hijo del abogado de mi padre. El muchacho con el que jugaba en los jardines de Kent cuando teníamos diez años. El que me enseñó a trepar árboles y me prometió que cuando fuera grande, escribiría novelas que harían llorar a toda Inglaterra. Se fue a Londres hace ocho años. Dijeron que había peleado con su padre. Dijeron que había perdido todo. Yo nunca volví a saber de él. Hasta ahora. Nuestros ojos se encontraron a través del salón. Por un segundo, el ruido de la orquesta, el murmullo de las damas, el tintineo de las copas, desaparecieron. Él dio un paso hacia mí. Y entonces mi madre apareció entre nosotros, sonriendo como si acabara de ganar una partida de ajedrez. —Señor Blackwood —dijo, con esa voz dulce que usaba cuando quería algo—. Qué sorpresa verlo aquí. No sabía que había vuelto a Londres. Thomas se detuvo. Se inclinó ligeramente, la cortesía justa para no ser descortés. —Señora Harrington. He venido por un asunto de negocios con su esposo. —Claro, claro —dijo mi madre, sin mirarlo de verdad—. Y supongo que querrá saludar a mi hija. Eliza, saluda al señor Blackwood. Yo bajé la copa. —Buenas noches, señor Blackwood. Él me miró. Solo un segundo. Lo suficiente para que el nudo en mi garganta volviera. —Señorita Harrington —dijo—. Está… bien. No era una mentira. Pero tampoco era verdad. Mi madre no notó nada. —Qué lástima que no baile, señor Blackwood. Eliza es una bailarina excelente. ¿No es así, querida? —No lo sé, madre —dije—. Hace años que no lo intento. Thomas apretó el sombrero en la mano. —Yo tampoco bailo ya. La música terminó. La orquesta hizo una pausa. Mi madre sonrió, satisfecha de haber cumplido con su deber social, y se fue a hablar con la duquesa de al lado. Nos quedamos solos. No del todo. Nunca se está solo en una fiesta de Mayfair. —Has cambiado —dijo Thomas. —Tú también —respondí. Él sonrió. Era la misma sonrisa torcida de cuando teníamos diez años y nos descubrían robando manzanas del huerto de los vecinos. —No para bien, me temo. —No lo sé —dije—. A mí me gustaba el Thomas que se subía a los árboles. El silencio entre nosotros se hizo incómodo. No como el silencio con los otros hombres. Este tenía peso. Historia. —Me voy —dijo él de repente—. Tengo que ver a tu padre antes de que se vaya. Asentí. Thomas dio media vuelta y se perdió entre la multitud. Yo me quedé mirando la puerta por la que se fue. La lluvia seguía cayendo afuera. Y por primera vez en tres temporadas, sentí que algo en mi vida podía cambiar. No sabía si para bien o para mal. Pero sabía que no podía quedarme mirando por la ventana para siempre.

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