El Credo de la Sangre
Sinopsis
Para el mundo, ella es la mujer astuta y mundana que Luciano Morgan aceptó por contrato. En realidad, es Paula Miller, quien nunca ha salido de los muros de una abadía. Luciano es un hombre narcisista, cuya crueldad es solo superada por su poder en la mafia.
Cuando el engaño sale a la luz, el castigo de Luciano no es la muerte, sino la posesión absoluta. Él jura corromperla; ella jura que el matrimonio es sagrado, incluso en el infierno. En una mansión que se siente como una jaula de oro, Paula deberá descubrir si su bondad es una debilidad o la única arma capaz de doblegar al hombre que no le teme a nada.
Prefacio: "Padre, perdóname, porque voy a mentir ante tu altar". Esas fueron las últimas palabras que pronuncié en mi mente antes de que el velo cubriera mi rostro. No estaba allí por amor, ni siquiera por deseo. Estaba allí para pagar una deuda de sangre con mi propia libertad. Al otro lado del pasillo me esperaba él: Luciano Morgan. Un hombre que no conocía el perdón, solo la obediencia. Mi fe me decía que el matrimonio es eterno, pero mi instinto me gritaba que esta boda era mi sentencia de muerte.
El Altar de las Sombras
El aroma a incienso se mezclaba con el olor a pólvora que parecía emanar de los hombres sentados en las primeras filas. Paula caminaba por el pasillo central, su pulso una marcha fúnebre contra sus costillas. A través del velo, vio la silueta de Luciano. Era alto, imponente, con una elegancia que resultaba amenazadora.
Cuando él tomó su mano, el frío de su piel la hizo estremecer. Sus ojos, oscuros y desprovistos de cualquier rastro de piedad, se clavaron en los de ella con la intensidad de un depredador que sabe que su presa está fingiendo.
—Estás temblando —susurró él, con una voz que era como terciopelo sobre navajas—. ¿Acaso no es este el día más feliz de tu vida, querida?
Paula tragó saliva, aferrándose a la pequeña cruz que escondía entre las manos. —El matrimonio es un sacramento, señor Morgan. Y yo cumplo mis promesas.
Luciano esbozó una sonrisa ladeada, una expresión que no llegó a sus ojos. —Pronto descubriremos cuánto vale tu fe cuando te des cuenta de que aquí, el único dios al que debes rezar... soy yo.