Introducción
+EVELYN+
—Buenas noches, papás. Que descansen —dije afinando la voz con esa dulzura ensayada que tanto les fascinaba, dándole un beso suave en la mejilla a mi madre y un abrazo modoso a mi padre en el salón principal de nuestra mansión en Belgravia-Londres.
—Descansa, mi vida. Mañana repasamos tus lecturas de la universidad —respondió mi padre, dedicándome una mirada llena de orgullo.
Los amo con todo mi corazón, no obstante no puedo ser lo que ellos esperan que sea.
¡Quiero ser libre como mi hermana!
Subí las escaleras con paso firme y recatado. Al entrar a mi habitación en el segundo piso, giré el pestillo de la puerta con seguro y me deshice al instante de la máscara de niña buena. Tiré al suelo el vestido holgado color pastel, solté mi abultado moño para dejar libre mi melena pelirroja y cobriza, y me transformé. Me delineé los ojos con sombras oscuras para resaltar el verde esmeralda de mi mirada, me pinté los labios de un rojo provocativo y me enfundé en mi uniforme de guerra: un top diminuto con un escote de infarto, una minifalda de cuero y botas altas hasta los muslos.
A mis veinte años, mis padres estaban convencidos de que dedicar mis días a estudiar Historia del Arte y Literatura en la University College London (UCL) me convertía en una dama culta y pura. La realidad era que esa carrera solo me daba la excusa perfecta para moverme a mi antojo por todo Londres.
Me asomé al balcón. Como una delincuente profesional, salté la barandilla, me descolgué por la enredadera del muro trasero y caí sobre el césped sin hacer un solo ruido. La adrenalina me encendió la sangre de inmediato.
A tres calles de la propiedad, escondido en un callejón oscuro, nos esperaba el auto con la música retumbando a todo volumen. Al volante estaba Oliver "Ollie" Smith (21 años, mi compañero de clases en la UCL; alto, delgado, de cabello rubio despeinado, piel pálida con pecas y sus infaltables gafas de pasta negra). En el asiento del copiloto venía Chloe Bennett (20 años, también compañera de nuestra carrera; bajita, de tez cálida y morena, cuerpo curvilíneo, cabello n***o azabache rizado en un corte pixie y labios oscuros).
—¡Llegó la verdadera diabla! —chilló Chloe en cuanto me deslicé al asiento trasero.
—Por todos los santos, Evelyn, casi me da un infarto pensando que tu padre te había atrapado —dijo Ollie acelerando a fondo por las avenidas de la ciudad.
—Papá no se entera de nada. Para él estoy en mi cama leyendo a los clásicos —me reí mientras me acomodaba el labial en el espejo retrovisor.
+
No fuimos a los clubes de niños ricos de Mayfair. A mí me gustaba la vibra salvaje donde nadie juzga. Nos fuimos directo a un antro subterráneo y sucio en el Soho, un club de bajo mundo donde la música electrónica retumbaba en las paredes, las bebidas corrían libres, el humo flotaba en el aire y la droga se paseaba sin disimulo. No era mi primera vez allí; adoraba el peligro y esa sensación de impunidad absoluta.
Al entrar, el ambiente nos devoró. Nos fuimos directo a la pista de baile. Bebimos shots directo de la botella, bailamos pegados y nos dejamos llevar por el exceso. En medio de la música, Chloe me tomó del cuello y me plantó un beso ardiente en la boca; le correspondí entre risas mordiéndole el labio, y Ollie no tardó en sumarse, besando a Chloe y luego a mí. Éramos un torbellino de juventud y descaro.
—Voy al baño, ya vuelvo —les grité al oído por encima del ruido.
Avancé entre la multitud bamboleándome un poco cuando, por accidente, tropecé de lleno contra la espalda de un hombre monumental. El trago terminó derramado por completo sobre su camisa de diseñador.
—Lo siento... si quieres te lo pago —dije alzando la mirada.
Al verlo bien, me quedé sin aliento. Era un monumento de hombre: rozando los uno noventa de estatura, hombros anchos, mandíbula marcada con sombra de barba de tres días y unos ojos café oscuro intensos que prometían todos los pecados del mundo. Transpiraba poder y peligro.
—¿Me ves cara de limosna para que te pida que me lo pagues? —soltó con una voz grave, profunda y un marcado acento italiano que me recorrió la espina dorsal.
Sonreí de lado y me mordí el labio inferior mientras lo recorría de arriba abajo sin ningún pudor.
—No... la verdad es que te veo con otros ojos.
Una chispa ardiente de curiosidad se encendió en su mirada. Mi reacción lo tomó por sorpresa.
—Bueno, si no quieres que te pague el trago, ya me voy —añadí guiñándole un ojo.
Corrí al baño, me metí a uno de los cubículos a orinar, salí, me lavé las manos y me retoqué la cara frente al espejo mientras sonreía al recordar la cara del italiano. Salí de nuevo al relajo de la fiesta.
Estábamos bebiendo cuando un mesero se abrió paso hasta nuestra mesa con una bandeja repleta de tragos caros.
—Tragos gratis para todos —anunció el mesero sirviendo las copas.
—¿Y esto? ¿Quién regala todo esto? —preguntó Ollie confundido.
El mesero solo señaló con la cabeza hacia una zona elevada del club. Giré la vista y lo vi: era el mismo hombre alto, observándome desde arriba con una copa en la mano y una sonrisa de medio lado.
—¿Lo conoces? —me preguntó Chloe abriendo los ojos de par en par.
—No, pero me lo topé hace un rato —admití contemplando su figura desde abajo—. El hombre está rico... Quisiera que me demostrara en la cama su verdadera virilidad. Solo he estado con Andrés, mi primer novio, pero el infeliz resultó que no le gustan las chicas y creo que no cuenta, aunque sí me quitó la virginidad... Así que, técnicamente, necesito una buena experiencia.
Me puse de pie dispuesta a ir hacia él.
—Ya regreso.
Chloe me agarró fuertemente del brazo, preocupada.
—No vayas, Eve. Ese hombre parece peligroso...
Le sonreí con malicia, me incliné y le di un beso rápido en los labios.
—Me gusta el peligro, nena. No seas celosa.
Me zafé de su agarre y caminé a paso lento y cadencioso hacia la zona VIP. Cuando apenas me estaba acercando a su mesa, dos gorilas gigantes vestidos de n***o se me interpusieron en el camino.
—¿Qué desea, señorita? —dijo uno de ellos cortándome el paso.
—A él —respondí señalando al sujeto detrás de ellos.
El hombre hizo un leve movimiento de cabeza desde su asiento.
—Déjenla.
Los guardaespaldas se hicieron a un lado. Me acerqué a él, cruzándome de brazos con aire divertido.
—No era necesario el trago; la verdad es que tengo cómo pagarlo.
—Ellos ya lo aceptaron —respondió él inclinándose un poco hacia mí, mirando hacia la mesa de mis amigos.
Volteé a ver y, efectivamente, Chloe y Ollie ya se estaban tomando los tragos de un solo trago. Me mordí los labios con diversión y volví a mirarlo.
—Gracias, entonces.
Di media vuelta para marcharme, pero su voz me detuvo:
—¿Eres de las que te gusta hacer orgías? Te vi allá abajo... besas a todos.
Me detuve y lo miré sobre mi hombro con una sonrisa burlona.
—Solo a mis amigos.
—Ah, tus amigos... ¿Entonces no besas a los que no son tus amigos?
—No... a los que no son mis amigos... —me acerqué a él, reduciendo la distancia hasta que mi aliento rozó su cuello— ...a ellos me los como.
El hombre dejó escapar una carcajada baja y rasposa, mirándome con puro descaro.
—Eres una chica traviesa... pero te puedes quemar con ese tipo de juego.
—Me gusta quemarme —contesté sin dudar.
—¿Así le dices a todos los que te encuentras?
—¿Celoso? —esboce una sonrisa—. Sabes que es un gusto conocerte; debo irme.
Di un paso atrás, pero en un segundo me agarró del brazo con firmeza y me jaló hacia él, pegando mi cuerpo al suyo. El calor de su torso y su aroma a loción costosa me nublaron los sentidos. Se inclinó a mi oído y murmuró:
—Puedo hacerte volar... Te puedo demostrar que no soy cualquier hombre que has conocido.
—Me gustaría... —susurré rozando su barbilla—. Total, mañana no me acordaría de ti y menos te hablaría.
—¿Por qué? —preguntó alzando una ceja, intrigado.
—Porque no me gusta repetir. No soy de las que se enamoran y se enganchan. Así que si buscas mujer de casa o buscas mujer para casarte y amor eterno, soy la equivocada.
El hombre soltó una sonrisa fascinada, sosteniéndome con fuerza por la cintura mientras me clavaba la mirada.
—Siento que somos muy compatibles…