P.O.V Melissa La casa estaba en silencio. De ese silencio que ya no calma, que aprieta el pecho, que se instala en las paredes y lo llena todo de un eco de pérdida. Había pasado un día desde el funeral y aún sentía la tierra húmeda en las palmas. Aún escuchaba ese sonido seco de los primeros puñados cayendo sobre su ataúd. Aún olía a flores marchitas. Y en mi pecho, en ese lugar donde alguna vez estuvo la esperanza, ahora solo había una herida que no dejaba de sangrar. Tomás estaba sentado en el sillón, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas. Llevaba la misma ropa de ayer. No había dormido. Yo tampoco. Nos mirábamos de vez en cuando, pero ninguno tenía las palabras. Ninguno sabía cómo se seguía después de enterrar a alguien que era parte de nuestra historia, de nuestro

