3. AQUELLA ÚLTIMA NOCHE

1959 Palabras
Aquel fue el primero de muchos fines de semana en el pueblo de Eva, y el primero de muchos fines de semana al lado de Carlos, porque realmente en Madrid no llegamos a quedar nunca, pero yo le avisaba cuando hacía planes con Eva para ir a su pueblo y si él podía con sus turnos en el hospital pues también iba. Durante los seis o siete meses que estuve yendo con Eva a su pueblo, si coincidía con Carlos siempre pasaba lo mismo, Eva y yo pasábamos el día con nuestras cosas y por la noche, sin quedar pero sabiendo dónde podíamos encontrarnos coincidía con Carlos y comenzaba nuestra noche de devorarnos, amarnos, acariciarnos, charlar, contarnos preocupaciones, problemas y cosas buenas, comer chucherías y sobre todo disfrutar de estar juntos. Prácticamente me aprendí cada línea de su cuerpo. Él hacía deporte y aunque no era el típico musculito de gimnasio, tenía el cuerpo bien definido. Aprendí a leer su cuerpo en la oscuridad de las noches en el asiento trasero de su coche, o en la penumbra de la habitación que yo ocupaba en casa de mi amiga, iluminada por una pequeña lamparita de noche. Aprendí a interpretar cada uno de sus besos y de sus caricias. Aprendí a saber cuándo quería más, cuándo quería ir más despacio, cuándo quería descansar e incluso cuándo quería tumbarse a charlar y que yo apoyase la cabeza sobre su pecho, porque nunca me dijo que lo hiciese, pero sabía que le gustaba por cómo respondía él a aquel gesto. Por su parte pude intuir que él aprendió lo mismo de mí porque nunca hizo nada que yo no quisiese o que no me gustase. Mientras nos amábamos infinitamente él interpretaba siempre a la perfección las señales de mi cuerpo y se reía tiernamente cuando yo le enseñaba algunos trucos que me gustaban mientras le tenía dentro de mí. Éramos cómplices como amantes, pero también cómplices en muchas otras cosas y en muchos otros aspectos. El único inconveniente era que todo aquello sucedía en las noches que compartíamos en el pueblo, nada sucedía de día, nada sucedía en Madrid… Y poco a poco yo me iba enamorando de él, pero sin atreverme a decírselo. En todos esos meses, Eva volvió a ser la viva la vida que había sido siempre, y no solo por el beber y las borracheras que se pillaba sino porque mientras yo estaba con Carlos todos los fines de semana, ella se enrolló con varios de sus amigos. No supe bien si quería dejarme espacio para que yo estuviese con Carlos o si realmente la apetecía enrollarse con tantos chicos del mismo grupo de amigos, porque eso siempre había sido motivo para que te calificasen de , pero si a ella le daba igual, yo no iba a decir nada, ya éramos mayores. Un fin de semana de finales del verano de 2009 que estuvimos en el pueblo las dos solas de nuevo, se me olvidó avisar a Carlos de que íbamos a ir, aunque sabía que él sí que estaba en el pueblo porque estaba de vacaciones y las pasaba siempre allí. Le escribí un mensaje cuando ya estuvimos en casa de Eva y aún no habíamos terminado de recoger las maletas, cuando escuchamos un coche parar en la puerta y alguien tocó el timbre de la casa. Eva bajó corriendo cogió el bolso y las llaves y abrió la puerta cuando yo todavía estaba a mitad de la escalera. Carlos entró saludándola y ella se fue con la excusa de ir al supermercado. Carlos venía en bañador, camiseta y chanclas, super moreno por el sol, con el pelo recién cortado y sin afeitar. Llevaba las gafas de sol puestas de diadema y si no fuese porque yo llevaba pantalones cortos, estaba segura de que se me habrían caído las bragas al suelo nada más verle. Eva nunca nos había dejado solos así, nada más llegar al pueblo. Terminé de bajar las escaleras y Carlos me abrazó y me besó como si hiciese siglos que no nos veíamos y habían pasado apenas un par de semanas. Pero de verdad que él cada día estaba más guapo o quizás yo cada día estaba más enamorada. Se iba al cortijo de un amigo que iban a hacer una fiesta de chicos esa noche. Estaba saliendo de casa cuando recibió mi mensaje y por eso vino tan rápido a vernos. Aquel viernes no íbamos a poder estar juntos, pero me prometió que el sábado sí nos veríamos. Entre beso y beso nuestros cuerpos se encendieron más de lo que ambos habíamos planeado, pero él frenó porque no llevaba preservativos y yo tampoco tenía. Le hice pucheros y prometió que me lo compensaría al día siguiente. Eva no tardó mucho en volver y Carlos ya se estaba subiendo al coche para marcharse cuando ella llegó. El fin de semana pasó como todos los demás, entre risas, cañas, picoteo y comidas fuera de casa, copas y bailes. La noche del sábado, Carlos y su amigo Raúl llegaron al pub de siempre un poco después que nosotras. El último fin de semana que habíamos estado allí, Eva y Raúl se habían liado, y parecía que ese chico le gustaba de verdad a Eva, así por lo menos podíamos estar los cuatro sin que fuese incómodo para ninguno. Después de varias copas, bailes y algunos ratitos más picantes en un rincón oscuro del pub, decidimos irnos a casa. Eva y Raúl parecían borrachos, aunque por suerte aún estaban un poco cuerdos, yo solo había tomado un par de copas y Carlos apenas había tomado una cerveza y un par de refrescos ya que íbamos a ir en su coche. Cuando llegamos a casa, Eva y Raúl se empeñaron en ver una película en la salita de abajo, pero Carlos y yo queríamos protagonizar nuestra propia película. Queríamos hacer el amor hasta caer rendidos y sin fuerzas. Hablábamos entre nosotros de un millón de cosas excepto de sentimientos. A parte de que nos gustábamos y nos gustaba estar juntos y compartir momentos y conversaciones, ninguno había hablado nada más sobre lo que sentía o no sentía por el otro. Yo sabía lo que sentía por Carlos, llevaba tiempo queriendo decirle que le quería y que me estaba enamorando de él, pero a la vez tenía miedo porque según Eva, Carlos no era un chico de relaciones largas. Entonces ¿qué era aquello que llevábamos haciendo tantos meses? Obviamente no era sólo sexo, porque el sexo se puede tener sin mantener esas largas conversaciones que nosotros teníamos. Además, no se sentía como solo sexo, en el pasado había tenido alguna relación así y bueno, quedabas, hacías lo que tenías que hacer y después cada uno por su lado. Pero con Carlos eso no era así, todo era incluso romántico, las miradas, las caricias, los besos, el seguir la línea de mis labios o el borde de mis areolas con la yema de sus dedos… aquello me hacía estremecer de placer y de emoción. Aquella noche, al llegar a la habitación Carlos no dejó que me desnudase, ni tampoco me dejó desnudarle a él. Recuerdo que me colocó de frente a la ventana, la persiana estaba bajada y sólo había unas rendijas para que entrase un poco de airecito por la noche. Se colocó detrás de mí apartando mi pelo hacia un lado y después de besarme en el cuello me llamó “mi nena” susurrando en mi oído. Su voz, sexy como muy pocas, susurrándome al oído que era suya, llegó a lo más profundo de mi alma. Con algo de preocupación me confesó que se había olvidado de traer condones y prácticamente por impulso y sin pensarlo le dije que me daba igual, que no los necesitábamos, sólo que no terminase dentro de mí. Aquella fue la noche más maravillosa de todas las que habíamos pasado juntos. Carlos era todo lo que yo quería de un hombre, amigo de sus amigos, familiar, trabajador, deportista, atento conmigo, sabía hacerme reír, podía hablar conmigo durante horas, le gustaba presumirme, aunque al principio hubiese querido ocultar lo nuestro ante mi amiga, y sabía hacerme disfrutar como persona y como mujer. El placer físico que su boca, sus dedos y su pene sabían darme era infinito, pero el placer emocional que sentía al estar con él y pasar tiempo juntos también era maravilloso y nadie me había hecho sentir así jamás. Al principio tuve miedo de no ser suficiente para él, pero me buscaba igual que yo le buscaba a él, así que terminé por creer que todo lo que yo sentía era mutuo, si no, él seguramente no hubiese seguido conmigo todos esos meses. Aquella noche, después de horas interminables haciendo el amor, Carlos se quedó a dormir conmigo por primera vez. Dormimos desnudos, abrazados pese al calor, mi espalda pegada a su pecho y uno de sus brazos rodeándome, haciendo caricias en mis pechos y en mi tripa. Cuando desperté por la mañana apenas podía abrir los ojos, pero sentía suaves besos en mi pelo y mis hombros, así que giré mi cuerpo entre sus brazos y casi le obligué a quedar tumbado bocarriba. Él recolocó las almohadas para estar un poco más cómodo y yo apoyé mi cabeza en su pecho escuchando el latido de su corazón tal y como me gustaba hacer cada vez que estábamos juntos. Carlos aprovechó a besarme en la frente y me sentí inmensamente feliz por aquel despertar, aunque hubiese dormido poco. Le quería, estaba segura de aquello, pero me daba miedo pronunciar esas palabras en voz alta. Remoloneamos en la cama un rato y después nos levantamos y nos dimos una ducha. Eva y Raúl se habían quedado dormidos en el sofá de la salita de abajo, así que preparé algo de desayunar y después los despertamos. Carlos tenía que irse y seguramente Raúl quisiese que le acercase a su casa. Después de desayunar Eva y yo nos quedamos solas en casa, sin más planes para ese domingo que descansar y volver a Madrid. Eva sabía que me estaba pillando con Carlos, éramos amigas desde pequeñas y sabía que ella podía notármelo, pero aun así yo no se lo había dicho. Sin ser conscientes de ello, aquella noche maravillosa que pasamos juntos Carlos y yo, resultó ser la última vez que nos vimos. Unos días después, ya en Madrid, Eva me confesó varias adicciones que tenía aparte del alcohol, sustancias estupefacientes y diversas drogas, lo que la había llevado también a cometer algunos robos que ella misma calificó como “menores”. Aquello me dejó sin palabras, ¿qué significaba todo eso? Nuevamente me sentía decepcionada y enfadada con la que consideraba mi mejor amiga, si es que podía llamarla amiga después de haberme ocultado eso. Si nos habíamos enfadado en otras ocasiones y la había dejado de hablar por cosas menos graves que esa, aquello provocó un sentimiento de repulsión hacia ella y que de nuevo decidiese alejarme, pero esa vez no sólo de ella, decidí que me alejaría de todo lo que tenía que ver con ella, incluyendo a su familia, amigos comunes e incluso a Carlos. No la quería cerca de mí, ni a ella ni nada que tuviese que ver con ella. No miré atrás. No me despedí de nadie, salvo de la madre de Eva con la que quedé un día a tomar café y contarle a qué se dedicaba su hija. Lloré. Lloré muchísimo por el mal camino que Eva había elegido, por haber tenido que contarle todo aquello a su madre y, sobre todo, lloré por tomar la decisión de alejarme de Carlos, pese a estar enamorada de él.
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