Condujimos hasta Odense. El Maestro se alojó en un hotel en el centro de la gran ciudad; se llamaba Hotel Ansgar. Supuse que no sabía adónde ir ni qué hacer. No me extrañaba que no tuviera un hogar al que huir ni lugares que frecuentar. Noté que no pagaba con tarjeta de crédito, sino en efectivo. La inusual moneda con agujeros aún me resultaba novedosa, pues parecía tan pagana. Un claro recordatorio de la ascendencia de este pueblo bárbaro, incluso en la era moderna. Era evidente que se cuidaba de no dejar rastro para su familia. Los dos éramos, en cierto modo, fugitivos de nuestras familias y de las expectativas que tenían sobre nosotros, distanciados, en parte por las circunstancias y en parte por voluntad propia. La mayoría jamás comprendería ni comprendería nuestras vidas. Me hizo el

