Abrieron los portones un par de chicas de al menos quince años. Ambas tenían el pelo rubio tirando a blanco, pero lo que más llamó la atención de Mery era la alegría que de ellas emanaban, las sonrisas, la forma de moverse, todo hablaban de que, en ese lugar, al menos en ese momento en el que llegaba ella eran felices.
—Hola, pasa…—le dijo la que se veía mayor de las dos.
Mery cruzó por ese portón añejo de madera pesada. Definitivamente no había estado ahí nunca.
Las dos adolescentes, llenas de energía, que ella deseaba tener, se pusieron una a cada lado de ella.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó la más joven.
—Mery —contestó., contagiándose de su alegría. Hasta ese momento, el Esperanza era un agradable lugar, estaba ansiosa—. Busco a Víctor —les dijo de una.
—¡Ah! Víctor… —dijo la mayor, y la menor soltó una risilla—. Ya nos parecía raro…
—¿Qué te parecía raro? —preguntó, esta vez, Mery, sin la menor idea del porqué.
—En invierno casi nadie viene…
La otra adolescente le alcanzó una manilla hecha con flores silvestres.
—Qué lindo —le dijo Mery.
—Me lo hizo mi mamá.
—Ven, sígueme —le indicaba la mayor que se adelantó un poco y cambió de ruta.
Mery se dio cuenta que se dirigían hacia una pequeña casa hecha de adobe. Le parecía curioso, pero lo hizo. Había un par de perros que le ladraban, y las chicas les hablaban para que dejaran de hacerlo. Más allá había un pequeño corral con tres gallinas y un gallo elegante.
—¿Viven acá? —les preguntó, Mery, mientras entraban.
—Sí —dijeron ambas.
De un cuartucho que tenía a cambio de puerta, una cortina floreada y grasienta salió una mujer que a simple vista se notaba que era la madre de ambas. Debía tener unos cuarenta y tantos. Se veía cansada, pero de buen humor. Al verla le trajo una silla, en la que Mery se sentó.
—Que seas bienvenida hermana… ¿Qué te trae por estos lados? Acaso escapas de un marido celoso, ¿alcohólico?
Mery comprendió enseguida que la confundía con otra persona.
—Creo que me confunden…
La mujer miró a sus hijas. La mayor habló.
—Dijo que busca a Víctor, mamá.
—Vayan a jugar afuera… —les dijo y ambas hicieron eso. En la pequeña casa quedaron solas.
—¿Por qué motivo lo buscas? —preguntó a la mujer que, ahora que no estaban sus hijas su semblante se endureció frente a ella.
Mery, por su parte estaba ansiosa por escucharle, todo ese hermetismo no le gustaba por nada.
—Quería hablar con él —fue lo único que quería decirle, no iba a ponerse a explicarle todo lo que tenía en su cabeza y menos mencionarle que, todo indicaba que era su amante.
La mujer aceptó esa explicación a regañadientes, aunque parecía que quería decir algo al respecto, pero al final, no dijo nada que pudiera cuestionar sus palabras.
—Víctor aparece cuando se le da la gana —señaló la mujer.
—Tenía entendido que acá era el Esperanza, la hacienda de Víctor.
—Lo era, pero no ha pagado sus deudas. Me debe un montón de plata… si eres algo suyo, me harías un gran bien saldando su deuda.
Mery no esperaba escuchar todo aquello.
—En realidad no lo conozco tanto… yo solo quería hacerle algunas preguntas…
La mujer se incorporó, no quería tenerla más dentro de su casa, y la condujo hacia el portón.
—Lo siento deberás… —le dijo Mery, pero la mujer parecía sorda.
—A veces dicen que lo ven cerca de la laguna Blanca, si vas y lo ves, dile que pase a pagarme, ¿me harías ese favor? ¿Viste a mis hijas? Tengo que alimentarlas… y yo soy sola… mi marido ha muerto el año pasado… —sus ojos se oscurecieron al decir aquello. Mery se compadecía de ella. Sacó todos los billetes que tenía encima y se los puso en la mano.
—Quisiera que fuera más, pero es lo que tengo…
La mujer trató de rechazarlos, pero Mery no se lo permitía.
Cuando cruzó el portón, escuchó que la mujer recibía una llamada. No le dio la menor importancia de no ser que aún tenía la pulsera de una de las adolescentes en las manos y quería devolvérselas.
Entró sin problemas y cuando estuvo en la puerta pudo escuchar a la mujer:
—Se lo dije… sí, sí, como me lo pediste… hasta me ha dejado plata, la muy ingenua… Me dijiste treinta, ahora me pagas eso para que mi boca quede sellada… sí, sí… negocios son negocios.
Escuchar eso a Mery le chocó. Parecía que hablaban de ella, ¿o no? Dejó la pulsera en la silla de afuera y volvió a salir.
Sacó la tarjeta del taxista lamentándose por no haberle dicho que se quedara. La operadora dijo que el taxi número quince todavía no se reportaba y no podían mandarlo por ella.
—¿Quiere que le enviemos a otro?
No era lo que quería, le había dicho al taxista que solicitaría su número, pero en ese momento tenía que dirigirse a la laguna Blanca, como le dijo la mujer.
—Mande al que pueda, por favor.