Su celular aún tenía el cincuenta por ciento de batería.
Eran las cinco de la mañana, como era demasiado temprano el conductor les permitía quedarse a descansar hasta que el sol saliera.
Hacía un frío agobiante. Mery no iba abrigada.
Al descender del bus el asunto fue adquiriendo mayor claridad para ella.
Sin lugar a duda, ese viaje que había empezado hace un año fue el más nefasto de toda su vida, o por lo menos, hasta ese momento, porque nadie sabe lo que le depara el destino a cada uno.
Las imágenes comenzaban a volverse una serie de flashbacks, y ya tenía una idea de lo que había vivido en el bus, no este, el de aquella vez.
Recuerda incluso que se bajó a medio camino…
Todos esos recuerdos la hacían sentir ansiedad. A ratos dudaba si todo eso no se lo había imaginado, quería creer que sí, pero la verdad era que estaban enraizadas en su cabeza, no podrían ser más que la realidad, una verdad que su mente quiso mantener oculta… pero ¿por qué? En ese momento, a pesar de esa tremenda revelación no sentía que se quebraba… si tan solo fuera eso…
Cuando descendió del bus, el frío la golpeó con todo. Sentía que se enfermaría, pero ahí estaba, no había paso atrás.
Esa estación le resultaba nueva, estaba claro que nunca había llegado hasta ahí.
Al menos la estación de buses contaba con un servicio de remises, y taxis.
Solicitó un taxi.
A los diez minutos el taxi se detuvo delante de ella.
Mery arribó.
—Buenos días, ¿a dónde quiere que la lleve? —preguntó el taxista. Tenía un mostacho oscuro y grueso, que a Mery llamó la atención. Ella le alcanzó la tarjeta arrugada del Esperanza y el conductor la recibió. Se la devolvió a los segundos.
—Es un largo tramo, señorita. Le costará setecientos pesos, más o menos…
—Está bien, mientras me lleve a mi destino.
En ese momento recordó que al menos llevaba varios billetes encima, además de las tarjetas de débito a las que el gordi siempre transfería dinero para sus caprichos.
El clima mejoraba ahí, y el paisaje se tornaba verde. Le hacía sentir relativa calma.
El taxista puso la radio, como hablaban de política cambió de emisora, y la dejó en una en la que sonaba cumbia. Le subió el volumen al máximo. Ahora, Mery ya no podía meditar. Llegó al punto que le pidió que bajara el volumen, el taxista apago la radio, parecía ofendido, pero Mery no tenía ganas para nada, ni para explicarle que le volvía la migraña y que se le habían caído las aspirinas, seguramente al bajar del bus, o no, pero no importaba, ya no estaban más y las necesitaba con urgencia.
De repente sonó su celular. Era el gordi, y se alegró.
—¿Dónde andas flaquita?
Había pasado prácticamente un día sin que sepa de ella, era evidente que iba a llamarle.
—¡Ay, gordi! ¡Estoy en Chaco! ¡Es hermoso acá!
—Te pierdo de vista unas horas y mira a dónde te fuiste. Llámame si necesitas algo, ¿quieres?
—Lo haré gordi, solo lamento que no hayas venido...
—No podría ahora mismo, estoy en Miami, a minutos de una reunión de negocios.
—Cuando termine ¿me llamarás para contarme cómo te fue?
—No creo… si sale todo bien, pienso festejarlo a lo grande…
Mery sabía que eso significaba fiestas, droga y mujeres. En ese momento se sintió irritable, y se mantuvo en silencio.
—Tenías que estar acá, flaquita… preferiste viajar sola…
Mery notaba que detrás de su tono había sadismo, uno casi imperceptible, mas no para ella, que lo conocía a la perfección. Ella torció los labios, a sabiendas que su hermano no la veía.
—Nos hablamos, gordi —y colgó. Se arrepentía por haber contestado su llamada, la poca tranquilidad que tenía en ese momento se había esfumado de su cuerpo.
El viaje, como se lo advirtió el taxista sí que era largo, dos horas y todavía no llegaba al Esperanza.
—¿Alguna vez vino por estos lados? —el taxista que tenía un mostacho grueso, le preguntó para hacer conversación.
—Es la primera vez, en realidad… y me siento emocionada por lo que veo…
—¿Se quedará una temporada?
—No creo, solo vengo de visita…
—Lo menciono porque este lugar es conocido mayormente por esa gente que se cree hippie, ya sabe, señorita, de esos que quieren vivir en la naturaleza y todo, pero andan metiéndose porquerías al cuerpo… para mí, todos esos son unos vagos… o no, ¿señorita?
Mery sonrió. Ella, de alguna forma había pertenecido a ese grupo de hippies.
—¿Y conoce a alguien que viva allí, en el Esperanza? —le preguntó ella.
—¿Se cambiaron de nombre? ¡Qué curioso! Yo lo conocía como el Sendero de luz… pero la gente siempre es la misma…
Mery vio que tenía una oportunidad de saber algo sobre el Esperanza, y precisamente el taxista le brindaba algo de información al respecto.
—Veo que conoce bien a la gente…
—No a todos, pero sí a los de por acá… —le dijo él, al momento de estacionar el coche— ¿Va a necesitar que la espere?
—No sé cuánto tiempo voy a tardar, así que prefiero llamarle para que venga y me lleve de regreso a la estación de buses.
—Como prefiera, señorita —le alcanzó una tarjeta—. Dígale a la operadora que le envíe al número quince, ese soy yo, así me deja una recomendación…
—Lo haré —contestó, Mery, al momento de bajarse del taxi. Estaba a veinte metros de la puerta de madera del Esperanza. Respiró hondo y se dirigió hacia allá.