23.

902 Palabras
Cuando llegó a Buenos Aires, vio que tenía más de cien llamadas de su hermano. Su mamá dormía la siesta y su padre no volvería sino hasta la cena. Como era domingo, y el Esperanza estaba cerrado, no le quedó más que llamar a la chica que decía ser su amiga. Quedaron para verse en un Mc Donalds, aunque la idea no le gustaba, aceptó ciegamente. Lo que Mery quería era que le brindara algo de luz dentro de la oscuridad en la que se encontraba. La chica llegó una hora más tarde. Su nombre era Sofía. —No pensé que me llamarías de nuevo… —le dijo, Sofía, al acomodarse en la silla. Pidieron dos jugos de naranja con tostadas. —Dime de qué querías que te hable. —Quiero que me cuentes todo sobre el Esperanza, y sobre… Víctor. Sofía sonrió. —¿En serio no lo recuerdas nada? A esa altura, Sofía ya se había dado cuenta de lo que le pasaba, y Mery no podía negarlo. —Recuerdo poco, pero a vos, al centro, y de ese tal Víctor nada. Sofía se tomó su tiempo para empezar a hablar. Mery estaba ansiosa por escucharla. —Nos inscribimos prácticamente juntas. Decías que te habían recomendado el centro, una amiga tuya… creo. La cosa es que de inmediato nos sentimos unidas. Era la primera vez que te anotabas, yo ya tenía más experiencia y te ayudaba en lo que no podías. No creo que alguna vez faltaras, y cuando Víctor llegó mucho menos. —Háblame de él. —Estabas vislumbrada por él, desde que le viste la primera vez. Parecías una colegiala enamorada de su maestro. Todo el mundo lo notaba, aunque ninguno lo decía de boca para afuera. Sofía sacó su celular y comenzó a buscar. —Aquí está. Mira. Le mostró la fotografía en el centro de yoga, ahí estaba ella, un hombre maduro, con cara sensual, demasiado atractivo estaba justo al lado de ella. Al ver la fotografía. Mery enmudeció. De inmediato, miles de recuerdos de él, junto a él volvieron a su mente. Le pidió que le pasara la fotografía y Sofía lo hizo al instante. —¿Sabes si salíamos? —Claro que sí, eran muy unido, eran como la pareja perfecta que salen en las novelas, pero lo que había entre ustedes no tenía futuro. —¿Por qué? —Es que Víctor… era, ¡vah!, es casado, y por lo que se sabía, amaba a su esposa. Lo decía sin tapujos, la amaba más que a nadie. Eso resonó fuertemente en la cabeza de Mery. ¿Estar con alguien casado? No. Nunca. Mery se descompuso, sentía que tenía que marcharse. No podía decirle nada, y solo se largó rápidamente, bajo la mirada expectante de Sofía. Camino un largo rato sin intenciones de volver a su casa. Vio que pasaba por una plaza de niños. Entró y se sentó en un columpio. Comenzó a balancearse. Tenía imágenes del tal Víctor, y una fuerte sensación de que lo amaba con locura. Y conociéndose, sabía que se lo ha debido contar a su hermano. Tenia que llamarle para preguntarle. Odió que fuera domingo y que nada estuviera abierto. Sacó su celular y marcó a César. Pero no contestaba. —Debe estar molesto conmigo… Guardó el celular y se incorporó. Sin más nada que pudiera hacer volvió a su casa caminando. Su madre se alegró al verla. —¿Cuándo llegaste? ¿Tu hermano estuvo volviéndome loca… dijo que te desapareciste… —No le dije que volvía… —¿Ha pasado algo? —No, nada… Esa noche cenó con sus padres. La pasó mal, era todo tan aburrido, tan deprimente. Al terminar la comida se encerró en su cuarto. Sacó el pendrive y lo conectó en su computadora. Volvió a revisar una vez más. Pero cuanto más las veía, más notaba ciertas coincidencias. Todas esas mujeres tenían algo en común. No pasaban, aparentemente de los treinta. Y todas eran mujeres hermosas. Cuando nadie más estaba en pie, se fue al chalet. Ahí no encontró nada. Se recostó en la cama de su hermano y se quedó dormida. Despertó sintiendo una mirada encima. Era César. —¿Qué haces aquí? —le preguntó, ella, aún somnolienta. —Te pregunto lo mismo. Creí que te habías extraviado, que habías salido a dar una vuelta y que no sabías volver… me volví loco. Me debes una grande, flaquita. Pero ella se sentía molesta con él. —¿Te preocupaste tanto que tuviste que venir aquí? —Estás siendo cruel, flaquita, eres mi hermana y me preocupo por vos. No me digas que estás ofendida porque me acosté con… —No es eso, solo quiero sacarme esta mierda de encima… y por más que me haga de todo para distraerme vuelve y no me deja en paz… Oye, ¿nunca te hablé de Víctor? —No me digas que sigues con eso... Fue hasta la cocina y volvió con un cigarro de m*******a. Se la dio. —Toma, lo necesitas, flaquita. Mery lo recibió de una. —¿Ves? Es lo único que necesitas, flaquita… —¿Por qué te acostaste con esa cosa tan fea? —Oye, flaquita, no me parece fea… pero bueno, si no te gusta… tendré que olvidarme de ella…
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