24.

607 Palabras
Pero Cesar, no paraba de insistir con que se volviera con él, a los Ángeles, que no le hacía bien quedarse, pero ella tenía que hacerlo. —No pienso irme… por favor apóyame en esto… Cesar no estaba conforme con su decisión. Pero, aun así, Mery se quedaría. —No es buena idea —le dijo César le alcanzó un teléfono. —¿Qué es esto, gordito? Pero si ya tengo uno. —No es un teléfono cualquiera, es de los que usan los militares. Es satelital, si necesitas de mí, o pasa algo malo, solo llámame. —Y aparecerás como Superman para salvarme? —Quizás —luego torció los labios y agregó con seriedad en el rostro—. No lo dejes olvidado, llévalo encima siempre. César tuvo que volverse a Los Ángeles, para asistir a una convención a la que no podía fallar. Al día siguiente, muy temprano, Mery se dirigió al centro de yoga Esperanza. Fue una de las primeras en llegar. Cuando cruzó la puerta, sentía que conocía ese lugar. Adentro, el ambiente tenía aun aire hippie, y todo estaba impregnado con inciensos, eso le daba un aire acogedor, y era de su agrado. Al subir al primer piso, por las escaleras, tuvo algunas remembranzas, sobre todo de sonrisas y carcajadas, momentos con sus amigas, las chicas con las que se había encontrado hace unos días. Cuando llegó a la planta de arriba el salón estaba vacío. Vio el horario colocado en la pared. Ese día no había clases. Dio un recorrido a todo el lugar. No vio a ninguno del personal. Nadie absolutamente nadie estaba ahí. Llena de frustración como estaba sacó su celular y comenzó a tomar fotografías a todo el lugar. Al salir a la calle se cruzó con una chica afro. Sabía que la conocía y decidió acercarse. —Hola —le dijo, esperando que la reconociera y no tuviera que hacer un papelón. —Mery, cuántas lunas, tenerte por acá… Mery no sabía qué decirle y solo acertó a sonreírle. —¿Buscabas a Víctor? Supongo que no lo sabes, pero él no ha vuelto desde esa temporada… —¿Sabes dónde puedo encontrarle? —¿Bromeas? Si tú misma me pasaste la dirección de la hacienda… —¿Me la facilitas? Lo que pasa es que he extraviado la dirección… —Pero si te la sabías de memoria… —¿Podrías facilitármela? —insistió, Mery, ahora sin mucha paciencia, a lo que la chica, le parecía extraño. —Ahora no recuerdo, pero si es importante, búscame en esta dirección. Ahora voy algo apurada. Le dio una tarjeta que decía Maestra de salsa a domicilio. Su nombre era Sandel. —Muchas gracias, pasaré a visitarte. Sandel siguió su camino, pero Mery sabía que no le había agradado ahora. Necesitaba hablar con alguien, necesitaba de su hermano. Sacó el teléfono satelital y le llamó. César contestó al momento. De fondo se escuchaba la voz de la morocha que no le agradaba ni un poquito. —¿Aló? ¿flaquita? Pero Mery estaba ofendida. Le había dicho que iba a dejarla y ahora estaba ahí con ella. Colgó Mery. —Tonto. Pasó menos de medio minuto y, como ella esperaba, César le devolvía la llamada. —¿Todo bien, flaquita? Contéstame… escucho tu respiración… ¿Necesitas que vaya? —Sí —dijo al final, ella. No sabía por qué le había dicho que sí, solo necesitaba algo de apoyo en ese momento. —Ok, estaré lo antes posible, niña caprichosa… Mery se sentía mejor al saber que vendría a verla.
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