Mery buscaba en sus limitados recuerdos algo que le hable de la tal hacienda de Víctor. Nada, no recordaba nada de ella. De Víctor… cada vez que pensaba en él, su corazón se emocionaba… parecía una nena enamorada… Sofía había acertado a señalarle aquello. Sacó su celular y buscó la foto que le había pasado.
Ahí salía Sandel…
Miró con detenimiento la fisionomía de Víctor…
Decidió dirigirse al salón de baile para hablar con Sandel, aunque le había dicho que justo en ese momento estaba apurada.
El salón se encontraba en el centro de la ciudad, y en ese momento, Sandel daba una clase a niños.
Se acomodó en las sillas dispuesta para los padres y miró la clase, hasta que la sesión culminó y paró la música, media hora más tarde.
Sandel la vio y se le acercó con una toalla alrededor del cuello. Sudaba por el constante movimiento.
—¿Puedes darme diez minutos? —le dijo, Mery.
—La siguiente clase empieza en quince, podemos hablar, claro… ah, vienes por la dirección… sígueme.
Fueron a una oficina estrecha en la que se puso a rebuscar en uno de los cajones de un pequeño y viejo escritorio que se veía a leguas, no lo usaba nunca.
Y mientras eso ocurría, Mery comenzaba a sentirse molesta, sin motivo aparente, sentía que la detestaba. Sandel debió darse cuenta porque la miró de reojo.
—¿Todavía no lo olvidas? Eso de perdonar y olvidar ¿no es lo que decías a cada rato? Tranquila, yo tengo otras cosas en mi cabeza, y trato de superar lo que me hiciste.
Mery no esperaba ni en mil años escuchar aquello que le decía.
¿Te hice algo malo?
Su rostro decía aquello, a lo que Sandel no sabía cómo reaccionar.
—¿Desde cuándo te callas? Bueno, en fin, yo trato de seguir adelante. Toma —sacó una de esas tarjetas personales, esta algo vieja, pero se lo alcanzó—. Sabía que lo tenía en alguna parte…
Por un instante, Sandel titubeo.
—Y para que te sientas bien, te aseguro que nunca puse un solo pie en esa hacienda… y a Víctor no lo volví a ver desde que… bueno —resopló—desde aquello…
Mery, a esas alturas, sentía que, aunque quisiera, no podía hablar ni emitir un solo sonido. Recibió la tarjeta y se largó lo más rápido posible, tanto que no llegó a darle las gracias.
Afuera, se recompuso, no sabía si era ese lugar o la misma Sandel la que le hacía sentir todo aquello, pero estaba más que claro que entre ellas hubo un problema y que Víctor estaba de por medio.
Con la tarjeta, estrujada en la mano, que ni siquiera comprobó que fuera de la tal hacienda, se dirigió a un y pidió un café tinto.
—Ya parezco mi madre… —se dijo a sí misma al darse cuenta.
Se acomodó y cuando ya estaba relajada y le trajeron el café se puso a observar la tarjeta.
La tarjeta tenía de fondo, una fotografía que se suponía era real. Ahí no se veía a Víctor, solo una mujer hermosísima sujetando una manzana roja en el árbol.
No le dio mayor importancia a ese hecho, y se detuvo al ver la dirección.
La hacienda quedaba en Chaco. Empalideció.
Quedaba bastante cerca de dónde había sufrido el accidente…
Comenzó hiperventilar…
—No ahora… no ahora…
Varias imágenes volvían a su mente, de aquel lugar, y un fuerte sentimiento de desamparo la gobernó varios minutos hasta que el teléfono satelital sonó.
Contestó.
—Gordi… te necesito…
—Estoy arribando, llego en media hora aproximadamente… ¿Qué pasa?
—Estoy en un café…
—Quédate ahí, te iré a buscarte…
—Eres el mejor…
—Lo sé, flaquita.