Cuando César llegó, Mery se arrojó a sus brazos.
—¿Qué estuviste haciendo? —le preguntó él, que venía con unas ojeras que indicaban que se la había pasado en fiestas. Mery lo notó enseguida.
—Ya lo sabes… —contestó ella.
—Será mejor que te vengas conmigo…—le propuso él.
—No, nada de eso Gordi. Necesito aclararlo todo… siento que estoy muerta por dentro. Algo no encaja y yo… no sé qué… —se detuvo de hablar. Tenía que contar hasta diez de lo contrario iba a estallar. Quería preguntarle de una qué hacía con todas esas fotografías de chicas, pero no podía, sería admitir que había fisgoneado en sus cosas, y eso lo pondría de malas.
—Extraño a Nay… —agregó ella. Eso era cierto, extrañaba a su abuela desde el día que se la llevaron sin siquiera consultarle a ella, no es que necesitaran su permiso, pero al menos quería que Nay no se creyera excluida, como seguramente se habría sentido.
En ese momento le llegó un mensaje de Sandel:
Mery lo leyó de pasada:
Si quieres saber de Víctor, sería bueno que veas el f*******: de “tu querida amiga” la que te inició en las ventas.
Mery escribió tan rápidamente como pudo:
¿De quién me hablas?
Sandel contestó al instante:
¿Es broma? La idiota de Susan, obvio.
César, que estaba sentado y se había ordenado a que le trajeran un vaso de agua, notó que, mientras veía al celular, algo le pasaba.
—¿Qué es eso? —le dijo tratando de fisgonear, pero Mery apagó la pantalla de una. Y guardó el celular en el bolsillo de su chaqueta.
—No es nada… —le dijo, sonando apagada.
—No me mientas, vamos, flaquita… sabes que estoy de tu lado… —César le pellizcaba la mejilla como lo hacía antes, cuando solían salir de fiestas, en la época de cuando seguían en la escuela. Ese gesto la doblegaba siempre, quizás porque aquello estaba vinculado a muchos momentos bonitos junto a él.
—Tengo hambre —comentó ella, ahora algo más animada.
—Pide lo que quieras —le dijo él, que sabía que la tranquilizaba.
Afuera el clima empeoraba, había una brisa invernal, un aire deprimente rodeaba a las personas que pasaban cerca.
Mery miraba hacia la calle, y César la miraba a ella, cada tanto.
Más tarde se fueron a un boliche en el que ella tenía recuerdos bonitos, y para terminar el día, regresaron al chalet. Mery fue a saludar a sus padres, pero solo vio que estaba su mamá.
—¿Por qué andas últimamente con tu hermano?
—Nos llevamos bien… solo es eso…
—Deberías venir a verme más a menudo… siempre estoy sola…
Mery notaba que se sentía abandonada y se quedó con ella hasta que su mamá decidió que era hora de acostarse.
—Vuelve al menos para descansar… —le dijo antes de retirarse al baño.
Mery afirmó con la cabeza.
Se dio cuenta que su madre ya no era la misma de antes, que el tiempo y la edad la afectaban, de repente ya no ponía mil excusas para sacársela de encima. Ahora exigía de ella cariño. Mery se sentía extraña, pero le hacía tanto bien, aunque sabía que la quería, era grato una pizca de demostración. Seguramente su hermano estaría celoso…
En ese momento de silencio se puso a meditar.
De todas esas imágenes que tenía en la cabeza, siempre regresaban con más ahínco, la cara de Yoli… luego, la de un accidente, y de un jadeo… que parecía s****l, sin lugar a duda era la de un hombre… quizás era la del tal Víctor…
Como acto reflejo sacó el celular y se puso a mirar la foto que Sofía le había pasado, hace poco.
—Su corazón se agitaba, como cuando era niña y sabía que sus padres le traían obsequios… Tenía la dirección de. Esperanza, la hacienda en la que según Sandel iba a encontrarle a él.
—Tengo que ir…
Con eso en la cabeza, se dirigió al chalet.
Su hermano fumaba m*******a. Cuando la vio entrando se la ofreció, y Mery aceptó sin dudarlo. Cuando entraba a sus pulmones sentía que andaba en las nubes, de repente todo era menos doloroso, todo estaba bien, y se sentía en paz. Miraba a su hermano que seguramente sentía lo mismo.
Y sin pensarlo se lo dijo.
—Voy a ir a buscarlo…
—¿A quién, flaquita?
—A Víctor.
En ese momento, parecía que el efecto se le esfumaba del organismo. Mery no pudo darse cuenta de nada.
Cuando estaba tan adormecida, apenas y le importó la aguja que entraba en su brazo. Incluso le miró a la cara.
—¿Qué haces? —le preguntó, pero incluso si su hermano le decía que era veneno o alguna droga sintética, le daba igual.
De esa forma fue cayendo en un sueño pesado inducido por su hermano.
César se incorporó. Se quedó admirándola por varios minutos, y luego se dirigió al baño y se lavó la cara con agua fría.
Fijándose que Mery estaba inconsciente, la acomodó de la mejor forma y luego tomó el celular de ella y comenzó a revisarlo. Al terminar, tomó el suyo y llamó a alguien.
—Tenemos que hablar ya mismo.