27.

1010 Palabras
Despertó y tuvo la pesada sensación de no haber dormido nada y a la vez, que estuvo apagada por demasiado tiempo. De todas formas, miró alrededor. No estaba su hermano, pero se había encargado de dejarla en la cama, con las cobijas bien acomodadas para que no pasara frío. —Oh… mierda… Le dolía la cabeza como si hubiera estado bebiendo toda la noche. Se fue al baño y miró su reflejo. —Estoy hecha un desastre. Se duchó y mientras el agua le caía al cuerpo recordó que quería ir al Esperanza. Por suerte no estaba el gordi para impedírselo. Cuando estaba frente a la puerta del bus en el que se dirigiría a Chaco. Mery comenzó a sudar. Sudaba como si estuvieran en pleno verano. Era el pánico que no dejaba que pudiera subir. El conductor la miraba preguntándose qué le pasaba. Mery se esforzó y se obligó a sí misma y subió. Las puertas del bus se cerraron detrás de ella. Se sentía atrapada, su corazón latía como una amenaza. Miró a todos los pasajeros, indiscutiblemente la tomarían por una demente, si tan solo la miraran, pero por suerte cada quién estaba metido en sus propios mundos. Se sentó del lado de la ventanilla. No había nadie a lado. Cuando el bus comenzó a avanzar, un fuerte deja vu comenzó a torturarla, sin saber por qué, estaba nerviosa, más que nerviosa, miraba cada tanto al pasajero que ocupaba el asiento de atrás. No sabía por qué lo hacía. No pasaba nada, nada malo, pero ella no podía controlarse. Sacó la botella de agua que se había comprado justo antes de arribar y bebió hasta casi acabarla. El viaje sería relativamente largo. Se acomodaba como para echarse una siesta, tenía sueño, tanto sueño. Recordó la cara de su hermano, mirándola, y sentía tranquilidad. Como no podía quedarse dormida sacó su celular. Se dio cuenta que ya no tenía la foto de Víctor. ¿Qué había pasado con ella? Quizás en esos toques accidentales lo había llegado a borrar. Se puso a buscarlo en el chat que tuvo con Sofía, pero no estaba. —Qué raro… Respiró profundamente y volvió a buscarlo por segunda vez, pero nada, se dio cuenta que, incluso, de su celular habían desaparecido fotografías que ella misma se había tomado. Eso la disgustó bastante, ¿cómo pudo ser descuidada? Quería llamar al gordi para contarle, pero recordó que ignoraba que estaba en medio de la carretera. Guardó el celular y miró al firmamento. Vio dos aves volar a lo lejos, no las identificaba, puesto que tenía mala vista. Vio unas ovejas, algunas vacas, y luego, el paisaje se tornaba invernal, y deprimente. Corrió la cortina de la ventanilla y cerró sus ojos. En una parada subieron nuevos pasajeros. Una mujer anciana se sentó a lado. —Disculpa nena —le dijo, con una sonrisa que enseñaba la dentadura amarillenta. La mujer sacó sus palillos y comenzó a tejer. Mery la observaba en silencio, sus movimientos eran ágiles, la mujer era una maestra en el arte, no necesitaba ver, lo hacía a la perfección. Ella no estaba segura de poder hacer lo mismo. El color de la madeja de lana era de un púrpura oscuro muy elegante. La mujer se dio cuenta que a Mery le gustaba. —Es para mi hija… le estoy tejiendo un chaleco, tengo que terminarlo en dos días, con este clima le van a doler los pulmones… recién salió del hospital… Mery la escuchaba y de alguna forma la conversación de la mujer aquietaba sus ánimos, y eso era bueno en ese momento. —¿De dónde sos, querida? —le preguntó la mujer, al verla tan callada. Mery sentía la garganta seca de tantas horas de permanecer sin abrir la boca. —De Buenos Aires… —le contestó sin ganas de hablar. —Allá todos está más costoso, me lo dijo mi otro hijo… con este gobierno el país se está yendo a la mierda… no sé que vamos a hacer, hija… Mery se daba cuenta que no era necesario que dijera más, la mujer se soltaba a la charla sin mucho esfuerzo. En eso era mejor que su padre, con él, tenía que elegir muy bien el tema de conversación si pretendía empezar una charla con él, de lo contrario se limitaba a contestar con un sí o con un no. Vio pasar a un hombre regordeta que se dirigía al baño. Se dio cuenta que ella también necesitaba ir, había bebido tanta agua que ahora sentía que si no iba ya mismo se haría encima. Miraba a cada rato hacia el baño, el hombre regordete no salía. —¿Tienes que ir a hacer del dos o del uno? —le preguntó la mujer. —Del uno —le contestó Mery. —Tócale la puerta. Estos hombres se creen que son dueños del baño y si no les haces recuerdo que es compartido se pueden quedar todo el día, yo no sé por qué hacen eso… Aunque era buena idea y hasta cierto, Mery no quería acercarse hasta que el hombre saliera por su voluntad, pero la mujer le miraba esperando a que lo hiciera. —¿Qué pasa? ¿Eres tímida? No te preocupes mi hija es igualita… —se levantó ágilmente y fue a tocar la puerta ella misma. El hombre salió a los dos minutos y Mery se lo agradeció. Cuando cerró la estrecha puerta del baño, comenzó a exudar… Rápidamente hizo del uno. —Oh, por dios… oh, por dios… Imágenes vagas rondaban en su cabeza… Tenía que salir de ahí, pero en el nerviosismo giraba erróneamente la perilla y no conseguía salir. Comenzó a desesperarse, y a golpear con todas sus fuerzas la puerta hasta que alguien, desde afuera la abrió. Cuando se vio en el pasillo del bus, todos la miraban, ahora sí como una demente, todos, menos la mujer que se sentaba a lado suyo.
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