18.

890 Palabras
En ese año, Mery, había permanecido en un letargo, controlado por pastillas, bajo la supervisión de su madre, pero a pedido de ella, su hermano César, se tomaba un vuelo cada tanto para ir a verla. Cesar estaba con la notebook, acomodado en el sofá. Mery, entró como ninja y de repente se puso a lado de él, y se la quitó. Miró varias operaciones bancarias, la mayoría eran de bancos online, de los que estaban en auge, y él se vanagloriaba de ser uno de los primeros en verle el negocio redondo. El año pasado, César había invertido una suma ridículamente alta para hacerse de una de los servicios de compra y venta de bitcoins, y a los seis meses se vio el fruto de sus inversiones. —¿Qué son todas esas cifras, gordi? —le preguntó, ella mirando con asombro las cifras. —Es la cuenta de mi negocio. —¿Sigues en eso de las criptomonedas? —Claro que sí, la vida de lujo que viste que me doy, se las debo… Los ojos de Mery fueron a fijarse en una suma muy alta que había sido re tirado hace un año, exactamente por las fechas de su accidente. —¿Y toda esa plata en qué gastaste? César sonrió. —Deja de meter tus narices, flaquita… igual si ni te importa realmente… —Lo que quiero es que me lleves a comer algo, ¿viste cómo me tiene mamá? Me tiene a plan de comida chatarra, he subido de peso… César la miró e hizo un gesto exagerado. —¡Ahora que lo mencionas, sí que estás hecha una cerdita! —No exageres… —Ok, yo te veo igual de flaquita que hace un mes… —¿Me llevas a comer? —Ok, solo espera a que termine con esto. César se concentró en lo que hacía antes de que Mery lo interrumpiera, y ella, se puso a curiosear por su dormitorio. César se quedaba en el pequeño chalet que tenían fuera de la casa de sus padres, la habían construido para recibir invitados, pero el único que la usaba era él. A César siempre le había gustado quedarse ahí, y solo entraba a su casa cuando era la hora de la comida, pero en esos tiempos, desde que se había mudado a Los Ángeles, el chalet permanecía cerrado. Mery, sabiendo eso, fue a merodear por su cuarto, pero lo que en realidad buscaba eran pruebas de que su hermano haya metido a alguna novia, y esperaba encontrarse con condones usados por todos lados. Mery tenía cierto morbo sobre eso, desde que una vez lo encontró teniendo sexo con una chica. En ese momento, Cesar la hizo asustar. Mery casi se desmaya. —¿Estás bien, flaquita? ¿Qué haces acá? —Santo cielo… solo quería ver si trajiste a chicas… —Ya no tengo tiempo para eso… Mery le dio una última vista a todo. Vio un par de botas raras, esas que se usan para hacer largas caminatas, y tenían mucha tierra, pero no le dio importancia en ese momento. Su cabeza solo pensaba en encontrar algo que delate la presencia de alguna chica. —¿Sigues con eso, flaquita? —Vamos a comer… En el restaurante vegano, un par de chicas la miraban y sonreían. Parecía que la conocían, si no, no le veía sentido alguno a que se le quedan viendo. —¿Quiénes son? —preguntó, César. —No lo sé. César se quiso incorporar para que se apartaran y no la perturbaran más, pero Mery se le adelantó. —Deja gordi, esto lo arreglo yo —y fue hasta ellas. Mery las miró. —¿Me conocen de algo? —les dijo de una. —¿Mery, eres vos? —Sí. —¿Ya no te acuerdas de nosotras? Íbamos al Esperanza… —¿Qué es eso? La chica de pelo rosa le contestó. —El centro de yoga, ahí tomábamos clases de yoga… La chica de pelo recogido agregó: —Igual a pasado más de un año… pero de seguro te acuerdas de Víctor. Víctor. Ese nombre. Una aguda punzada en el pecho, hizo que Mery se estremeciera, pero no era una sensación mala, era todo lo contrario. —Víctor…— susurró, Mery. Pero las chicas seguían hablando, sin sospechar que ella no estaba bien, no del todo. —¿No recuerdas que siempre te llamaba la atención y siempre interrumpías las explicación porque no podías aguantarte la risa? Mientras tanto, desde la mesa, César no las quitaba de vista. —¿Me dan sus números? —les dijo. La del cabello recogido le pasó el suyo. Aquella conversación duró unos minutos, hasta que Mery vio que debía volver con su hermano. —¿Quiénes eran? —Dicen que mis compañeras en unas clases de yoga. —¿Yoga? ¿Tú, flaquita? No es cierto… —Que sí, es lo que dijeron ellas. —Pero vos no lo recuerdas a ellas, ¿o sí? —No las recuerdo de nada. Aunque no era del todo cierto, ese nombre que le habían mencionado debía significar mucho para ella y quería averiguar los motivos, pero en ese momento no dijo nada más sobre el asunto.
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