19.

834 Palabras
Un par de horas más tarde, César la dejó en su casa y él se fue para el chalet. A pesar de la hora, Mery decidió llamar a la chica que le había dado su número. —Hola, disculpa la hora… —¿Mery? —Sí… —Oye, ¿qué te pasó? Estás rara… te extrañamos mucho. Mery, aunque quería explicarle que había sufrido un accidente, no podía, decirlo en voz alta lo volvía real, y eso le aterraba. —Ha pasado mucho tiempo, y estoy algo agotada… solo es eso, discúlpenme… —No hace falta pedir perdón, lo sabes, somos tus amigas. Si necesitas algo, aquí estoy… Mery sintió que sus palabras le hacían bien, que la reconfortaban, y más en ese momento. —Tengo algo que preguntarte… —Te escucho. —Sé que te va a sonar raro, pero por favor, necesito que me digas quién es Víctor. En ese momento parecía que su amiga se había quedado muda, era imposible que Mery lo haya olvidado, no después de verse tan locamente prendida de él, en toda esa temporada. —¿Y si mejor te vas al Esperanza? Estoy segura que lo verás ahí. Mery se vio en el mismo punto de partida, no sabía adónde rayos quedaba el Esperanza. Su amiga tuvo que suponerlo porque agregó: —Busca dónde anotar… Mery buscó como loca, hasta que dio con un birome y hoja. —Sí ya lo tengo… Y su amiga le dio la dirección. Al colgar se puso a buscar la dirección del Esperanza en Google maps y vio que quedaba demasiado lejos de su casa. Tendría que esperar a que amaneciera para ir. Si cerraba los ojos, lo único que llegaba a ver era la cara de Yoli, con el terror marcada en cada uno de sus poros. Y cuando eso pasaba, su cuerpo reaccionaba y comenzaba a sudar. El silencio y la quietud de su casa la intranquilizaban, si antes eso la mantenía bien, ahora era todo lo contrario. Decidió irse hacia el chalet. Encontró a cesar con unos auriculares, masturbándose, tenía una videollamada con una morocha de tetas grandes. Quiso regresarse a su casa, pero al salir se chocó con algo que fue a caer al suelo, causando mucho ruido. Cesar cerró de una la notebook y se subió el pantalón velozmente exaltado por el ruido. —Ay, mierda… pensé que era un puto ladrón que se había entrado pensando que no había nadie. ¿Qué haces acá, flaquita…? ¿Te sientes mal? —En realidad, no me gusta quedarme en la casa… y pensé quedarme acá, tranquilo, no voy a estorbarte, solo me quedaré leyendo algo... —Bueno, sabes que siempre puedes venir… Solo toca la puerta antes... —¿Qué haces, gordi, aparte de masturbarte? —Espero un email importante, estoy nervioso. Mery, que no podía guardarle nada a él, se lo soltó de una. —Llamé a la chica que me dio esta noche su número, me dio la dirección del Esperanza, ese centro de yoga al que dicen que iba, también me contó algo sobre un tal Víctor. Cesar dejó su notebook y fue hasta donde estaba ella. Hizo que se apoyara en él. —Vamos, flaquita, deja ya de remover el pasado… no te trae nada bueno… estaba pensando en que me gustaría llevarte conmigo a Los Ángeles, ahora sí que no aceptaré que nuestra madre me lo impida. —¿Por qué dices eso? —La vez pasada se opuso a que te llevara conmigo, que necesitabas vivir en calma para reponerte, ¿y sabes ahora lo que pienso? Al diablo con su paz, lo que necesitas es moverte, hacer cosas, divertirte, y qué mejor que llevarte conmigo para que te saques esa porquería de encima… —Yo pasé todo este tiempo creyendo que eras vos el que no quería llevarme… Pero gordi, necesito saber… —Nada de eso, no quiero que sigas hablando de eso… Sácalo de la cabeza, es una orden de tu hermano mayor. Sé niña buena. A pesar de las quejas de sus padres, a la semana, Mery se fue con él, a los Ángeles. César era una de las personas en quién siempre podía confiar ella, y le quería demasiado, muchas veces, sus amistades pensaban que era su novio, y se sorprendían por lo bien que se llevaban. Muchas veces, sus amigas le habían confesado: —Es que Cesar es genial, es atractivo e inteligente… Es perfecto, si no fuera tu hermano… A veces la confundían, con ese tipo de comentarios. —Si no fuera mi hermano… Y entonces se apartaba sin motivo de él. César, por su parte, no tenía forma de adivinar lo que le pasaba. —Ahora de qué te ofendiste, niña chiquita… —le decía él, al darse cuenta que le esquivaba y se reusaba a dirigirle la palabra.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR