20.

980 Palabras
Los Ángeles. Desde que arribaron, no había un solo momento en el que se mantuvieran en el departamento que César se había hecho con su propio dinero. Cada día paraban de fiesta en fiesta, o discoteca, lo que haya abierto, cada día, bebían hasta quedarse dormidos. César siempre conseguía mantener sus trabajos al día, ya que no era de esos convencionales a los que tenías que ponerle horas de tu día para ganar una miseria, como la gente normal. Mery sabía que César siempre fue así, siempre buscaba la forma de romper el sistema. —Mira flaquita —le dijo una mañana en la que hacía bastante frío y se quedaron a pasar el día, dentro. Mery se puso a su lado y miró sin entender nada. —¿Qué hay que ver, gordi? —Esa cifra final, recuérdala… dentro de doce horas se triplicará. —Pero… ¿Cómo lo haces? —He creado un sistema perfecto de venta y compra de bitcoins, en la que no es necesario aplicaciones de intermediarios. —Me quedé en bitcoins… —lo que quería decir es que no le entendía nada. —No importa… lo que sí es importante es que, mientras nos lo pasamos bien, nuestro dinero sube y sube, como la espuma de una cerveza. Lo que quiere decir es que me gano el sueldo de un mes de nuestro querido padre, en unas cuántas horas. Ahora multiplícalo por treinta días. Mery no podía imaginarlo. Solo sabía que era un montón de ceros. —¿Papá lo sabe? —Claro que sí, pero no lo acepta, piensa que es ilegal, pero lo que es ilegal es su pensamiento adoctrinado a la antigua. Ya estoy acostumbrado a que siempre me cuestione todos mis logros, da igual si le parece o no… A este paso me jubilaré a los cuarenta. Por algún momento, en ese momento, Mery recordaba todas las palizas que su padre le había proporcionado a su hermano, pero a ella, aunque fuera la culpable de romper algo, nunca la tocaba y lo peor, siempre la justificaba. Por eso, sentía que le debía algo a su hermano. Más tarde, Cesar se encerró con dos tipos que vinieron a verle, Mery se sentía sola, si no fuera que llovía a cántaros, se habría ido a dar un largo paseo. Pero César seguía encerrado con esos dos tipos y no tenía forma de hacer que se fueran. Fue hasta la notebook de César, le había dicho que no se lo toque, pero estaba ahí, sin darse cuenta de lo que quería hacer, fue abriendo carpetas. Encontró una serie de fotografías de chicas... no eran unas cuantas, eran docenas… pero no eran de esas que te las guardas para masturbarse, o fantasear, mientras lo haces, no. Estas fotografías eran de chicas comunes… y parecían tomadas al azar. En una miniatura creyó reconocerse. Abrió esa carpeta y se quedó con la boca abierta por lo que había descubierto. Fue hasta la mesa en la que tenía pendrives, tomó una y comenzó a hacer copias de todas esas carpetas con fotos. Por los nervios, ya no sabía cual era en la que se encontraba, copió todo lo que pudo. Luego, dejó al notebook en donde la había encontrado. Pero no se dio cuenta que había dejado caer el pendrive debajo del sofá. ¿Qué era todo eso que había visto? Cuando eran adolescentes, César solía espiarla, eso lo había descubierto una noche cuando dormía, y que siempre encontraba la puerta entreabierta. Se quedaba mirándola por un largo rato., pero una noche en que no podía dormir, reconoció sus pasos. No le dio mayor importancia, quizás había escuchado ruidos y por eso fue a ver que todo estuviera en orden, y nunca se lo mencionaba a sus padres, hasta que tiempo después, creyó verle mirando mientras se daba un baño. Esa vez tampoco abrió la boca ni para preguntarle nada. Fue que una noche, igual que ahora que entró en su notebook, que encontró fotografías de ella misma, desnuda, lo que la alarmó. Se lo contó todo a sus padres y se armó un lío de aquellos. Le habían prohibido acercarse una vez más a ella, pero con los años, Mery se arrepentía habérselo contado a sus padres, César no parecía ofendido, jamás con ella, pero tampoco le había dado jamás una explicación. Con todo en su cabeza, comenzó faltarle el aliento. Necesitaba salir de ahí. Buscó en sus bolsillos el pendrive, pero no lo tenía. Volvió sus pasos, y nada. En ese momento, salieron de su cuarto, Cesar, seguido de sus amigos. Uno de ellos la miró con detenimiento. Hablaban en ingles y ella apenas entendía algo. Cesar le dijo a uno: —Es mi pequeña hermana, es intocable —y le rodeó con los brazos. Ambos tipos se marcharon luego de eso, y Mery se quedó a solas con su hermano. —Espero que no te hayas aburrido mucho. Para compensarte, te invito a comer fuera. —Lo que necesito ahora mismo es algo de m*******a… Cesar se puso a armar un cigarro y se lo dio. —Es la mejor que pude conseguir, pruébala… Mery aspiró y exhaló. Era suave, y le hacía sentirse bastante bien. Ya no tenía miedo, ya no tenía malos pensamientos. Se apoyó en su hermano, que prendió uno para él. —Si te gusta, dime y mañana compro para que nunca te falte… —Hazlo, quiero vivir de esto… —Estás loca. —Quiero enloquecer… sí, sería algo bueno al final… —le abrazó hasta que sintió que sus pechos se aplanaban al apoyarse en él. César le correspondió al abrazo, pero se sentía extraño. —¿Qué te ocurre, flaquita? —No me pasa nada… solo quiero sacarme la mierda de la cabeza…
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