—Mucho gusto, Alix Traeger Strand —le contesté seria. Tomé su mano y fingí no conocerlo. Era obvio que él estaba haciendo lo mismo, porque su postura y mirada cínica lo delataban.
Solté su mano y caminé devuelta a donde estaba mi familia. Mi padre nos invitó a sentarnos y desafortunadamente, Orión quedó justo en frente de mí. Yo siempre he sabido lo hermosa que soy, porque cada día me miro al espejo. Pero había una sola cosa que detestaba en las personas: que se aprovecharan de eso y me miraran como si yo fuese una presa a la cual cazar en la sabana africana. Justamente eso estaba haciendo Orión, mirarme de una forma repugnante. Por más que intenté evitar su mirada penetrante, seguía sintiéndola sobre mi rostro, mientras mi padre y Jorgen conversaban sobre acuerdos y cosas por el estilo.
Por fortuna, a la media hora entraron los abogados de mis padres. Traían consigo la documentación que debíamos firmar todos. Mi padre y mi madre eran los socios mayoritarios, luego veníamos Dag y yo, y al final la familia Krause, quienes quedaron como los socios minoritarios, porque así era el trato que habían hecho mis padres junto a esa familia.
Según me había contado mi papá hace unas semanas atrás, los Krause venían de Polonia. Eran descendientes de unos judío-alemanes que habían arrancado de la Alemania Nazi de Hitler, porque no apoyaban sus idealismos de r**a aria. Esos fugitivos tuvieron hijos y de ese núcleo familiar nació Jorgen quien, en su adolescencia, conoció a Siriana y el resto es historia. Mi papá no era una persona chismosa ni se entrometía en la vida de los demás, pero tenía un raro don: las personas confiaban demasiado en él y siempre le contaban sus secretos e historias de vida. Bard Traeger era un excelente oyente y siempre le daba el tiempo y el espacio a las personas para que hablaran lo que quisiesen.
Cuando todos firmamos los documentos que los abogados solicitaron, un entrometido Kaiser Roth entró a la sala de reuniones con aires de grandeza, presentándose como la cabeza del área de finanzas de Strand Minerals. No entendía cómo mi padre soportaba a ese tipo, si era un vil petulante de lo peor.
Cuando estrechó la mano de Orión, pude notar una leve gota de cinismo en el rostro del chico nuevo. ¿Acaso no le había agradado Kaiser? Bueno, no lo culpaba. Kaiser era el ser humano más detestable del planeta tierra. Estaba segura de que él estaba en la lista de los personajes más detestables del mundo empresarial. Cuando sus dos pequeños hijos aparecían por la empresa, sentía pena por ellos, porque Kaiser no les paraba ni bola. Les daba dinero y los enviaba a la cafetería del primer piso para que pasaran el rato ahí. Más de alguna vez me senté con ellos a conversar y a jugar. Lamentaba que tuviesen un mal padre.
—Bueno, los he venido a buscar para invitarlos a un exquisito almuerzo en el restaurante favorito de mi querido jefe —dijo Kaiser con una sonrisa horrible, mientras halagaba a mi padre. Rodeé los ojos, porque no podía creer lo patético que podía llegar a ser. Dag se dio cuenta de mi gesto y solo rio un poco, tratando de disimular con una tos.
Comenzamos a caminar hacia la salida, mientras mamá invitaba a los abogados al famoso almuerzo. Por un par de segundos, pude ver la cara de Kaiser ante la invitación de Ebba Strand. Sabía que no le agradaban los abogados, porque él siempre había tratado de ser la mano derecha de mi padre y jamás lo había logrado. Pero lo que el idiota no sabía, era que, para mi padre, su única mano derecha siempre había sido mi madre. Luego venía Dag, yo y los abogados. Ese era el orden. Nadie estaba por sobre mi madre.
—Veo que no te agrada ese tipo —me dijo Orión cerca de mi oído, mientras caminábamos hacia el ascensor. Lo miré extrañada, porque no éramos amigos, como para que él me hablara con esa cercanía.
—No te incumbe —le respondí hablando bajo.
—Somos socios. Me incumbe saber si es que algún trabajador no es confiable —me respondió seguro de sí mismo. Decidí no responder, porque el hecho de que fuéramos socios no significaba nada más que eso, ser socios en la empresa y los negocios.
Apenas subimos al ascensor, nos dimos cuenta de que no alcanzábamos todos, pero el señor Krause insistió en que nos subiéramos todos y para mi mala suerte, quedé arrinconada por un Orión sonriente. Si, los malditos ascensores eran enanos, porque así era el diseño del edificio, mientras que nosotros éramos diez personas amontonadas, con tal de bajar todos juntos.
Yo no era tonta, sabía que el tipo era guapo y que de seguro las mujeres se derretían por él, pero a mí no me gustaba esa clase de personas. Los pocos novios que tuve en mis veintiocho años de vida… Ok, ok, “los DOS novios que tuve en mis veintiocho años de vida”, habían sido personas normales. Ni gordos ni flacos, ni altos ni bajos. Eran personas normales, de los cuales me había encantado su inteligencia. Sí, yo era una sapiosexual, es decir, me enamoraba del cerebro y del intelecto de las personas. Eso me excitaba más que ver porno o algo por el estilo. Pero el tal Orión, claramente no era mi tipo. De seguro era un hijito de papi, acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo. Incluso, pensaba que estaba en esta empresa como socio por capricho. Ya veríamos con el tiempo qué se traía entre manos.
—Lo lamento —me dijo él, cuando el ascensor llegó al primer piso y alguien lo empujó contra mí.
—No te preocupes —le resté importancia. Íbamos tan apretados que era obvio, que más de alguien nos empujaría.
El restaurante que le gustaba a mi padre quedaba a dos cuadras del edificio de Strand Minerals. Kaiser insistió en que fuéramos en los autos de la empresa he incluso, mandó a llamar a los choferes. Mi padre era bastante autoritario, cuando se lo proponía y con voz mandona, le dijo que no era necesario, que él prefería caminar y enseñarles un poco de la ciudad a sus nuevos socios. La cara del perro fue épica. Lo disfruté, lo admito.
—Sí, definitivamente, no te agrada Kaiser Roth —me interrumpió Orión.
—Insisto, no te incumbe, pero como veo que estás taaaan interesado, pues no. No me agrada. Lo encuentro patético y nefasto —le dije, mientras caminaba detrás del resto.
—Opino igual que tú —me contestó. Lo miré asombrada, porque él recién conocía a Kaiser hace una hora, en cambio, yo lo conocía hace diez años y podía opinar con fundamentos.
—¿Qué sabes tú? Recién llevas una hora en la empresa —le dije en tono de burla.
—Sé mucho más de lo que crees.
—Lo dudo.
—Pruébame —me desafió.
—No tiene gracia, porque estoy segura de que mi padre les contó cosas.
—Aunque no lo creas, te puedo decir que no lo hizo. Lo que yo sé es, porque los investigué.
—¿Y ni siquiera te arrugas para decirme eso? ¡Qué increíble! —me asombré por su descaro.
—Es lo más obvio. Cuando mi padre me dijo que quería hacer negocios con tu familia, lo primero que hice fue investigarlos. Tampoco iba a dejar que mi padre metiera parte de nuestra fortuna en una empresa que nos pudiese llevar a la quiebra.
—Muy buen, don sabelotodo. Habla —le dije teatralmente.
—Sé que son nacidos y criados en este país europeo. Sé que Strand Minerals es la empresa que heredó tu madre, pero que su aversión a los negocios la llevó a cederle el lugar a tu padre. Sé que te graduaste como la mejor de tu promoción y que estudiaste ingeniería comercial. Mmm… sé que eres la próxima heredera de este imperio y que nuestra unión estaba destinada.
—Detente ahí —le dije, mientras yo detenía mi paso —. ¿Qué es eso de “nuestra unión”? —hice comillas con mis dedos.
—Esta sociedad —me contestó —¿Acaso tú…? ¿Qué estabas pensando, mente sucia? —me dijo de forma juguetona. Yo no estaba loca y sabía perfecto que, al decir que nuestra unión estaba destinada, no se estaba refiriendo a la sociedad de nuestras familias.
—Eres muy raro ¡y ya no me hables más! —le contesté enojada. Caminé hacia Dag y no me separé de su lado hasta que llegamos al restaurante.
Nuevamente, Orión quedó justo en frente de mí, cuando nos sentamos en la mesa que Kaiser había reservado. Evité su mirada lo máximo que pude y me concentré en la conversación que Dag trataba de tener conmigo.
Luego del brindis por la exitosa unión empresarial de ambas familias, nos llevaron la comida que Kaiser había solicitado. Siempre le gustaba sorprender a mi padre con sus peculiaridades y su forma de actuar. Ese tipo estaba deseoso de que mi padre lo validara y respaldara. Solo esperaba que mi papá no fuera tan tonto para caer en sus redes.
—Alix, cuéntanos a qué te dedicas específicamente en Strand Minerals —escuché que Jorgen me preguntó. Odiabaaaaa tener que hablar con extraños, sobre todo, si me preguntaban sobre lo que yo hacía en mi vida diaria.
—Por el momento, no estoy a cargo de ningún departamento —miré a mi padre por un segundo y esperaba que, con ese gesto, él interviniera y me salvara. No me gustaba decir la verdad, aquella en la cual, confesaba no querer unirme a la empresa ni trabajar por el momento. Solo asistía a las juntas directivas por obligación. No quería entrometerme en los asuntos de mis padres y consideraba que aún no era el momento de formar parte de la empresa. Mi mente estaba concentrada en escribir mi autobiografía desde hace un año y con eso me sentía bien.
—Alix asiste a la empresa, cuando yo lo requiero por el momento —dijo mi padre, salvándome del momento incómodo. Yo no era precisamente una mantenida, porque ganaba mi propio dinero con las inversiones que hacía en otras empresas, pero no me involucraba demasiado en la empresa familiar, salvo, cuando mi padre me necesitaba.
—Entiendo… ¿Y tienes novio, Alix? —volvió a atacar Jorgen. No entendía su interés en mí.
—No, no tengo —le contesté fingiendo una leve sonrisa. En estos momentos de mi vida, lo que menos quería, era tener un novio que me diera problemas. Estaba concentrada en otras cosas, como en escribir.
—¡Oh, pero eso es estupendo! ¡Mi hijo Orión también está soltero! —dijo de forma efusiva. Sentí cómo el ambiente comenzó a cambiar en la mesa y temí, en ese momento, que Jorgen dijera alguna cosa que no calzara con mi estilo de vida, aquella que estaba viviendo a mis veintiocho años. De fondo se escucharon unos pequeños carraspeos de los presentes. Miré a mi padre por un segundo y él estaba tan quieto como una roca. Miré a mi madre, quien posó sus ojos en mí con extrañeza. Sabía que algo muy malo venía. Dag tomó mi mano por debajo de la mesa, aquella que yo tenía en mis piernas esperando el momento adecuado para ayudarme a levantar de la silla y salir corriendo —Bard, Ebba, creo que sería muy conveniente que nuestros hijos… ¡Se casaran! —dijo Jorgen, como si sus palabras fueran la cosa más normal del mundo.
Miré a mi hermano, mientras escuchaba cómo Kaiser se atragantaba con el vino que justo estaba sorbiendo en aquel momento. De seguro sus planes de desposarme se habían arruinado, porque yo no era tonta, siempre había sabido que esa era su meta de vida, formar parte de la familia Traeger Strand a como diera lugar.
Pero ahora que miraba a Orión, quien estaba serio, mientras levantaba una ceja y me miraba desafiante, me podía dar cuenta de sus reales intenciones. La familia Krause no venía en son de paz a hacer negocios con mi familia, venían por riqueza, porque querían aumentar su patrimonio, porque querían pertenecer al grupo selecto de familias acaudaladas de toda Europa, del que aún no formaban parte, porque nosotros… nosotros teníamos un imperio formado con la extracción de minerales. Nosotros éramos los reyes de las mineras europeas.
Orión Krause había venido a buscar esposa y no a cualquier esposa precisamente. Los Krause querían formar parte de la familia Traeger Strand, porque eran codiciosos. Ahora lo entendía todo.