Rose nunca había sido elogiada así. Sus palabras la dejaron sin aliento. Lo miró fijamente, sintiendo cómo algo se le removía por dentro. Extendió la mano, como para apartarlo, pero Dorian soltó una suave risa mientras se frotaba el puente de la nariz. Luego se levantó y sacó algunos dulces de la mesita de noche. —La sopa de pollo no sabe muy bien… —dijo con una sonrisa cómplice—. Comer un dulce te aliviará. Le ofreció uno grande, de sabor a leche. —Bueno… —susurró ella, tomando el caramelo. El dulce olor se extendió hasta lo más profundo de su corazón, como si en el centro mismo de su pecho algo empezara a burbujear, cálido, tierno, vibrante. Le hizo sentir cosquillas en la piel. Una especie de hormigueo dulce que la recorrió entera. Esa noche, después de la cena, se acostaron te

