Capítulo 1
En una de las salas de estar, Gabriela se encontraba sentada en un rincón, con los ojos fijos en el suelo y el corazón latiendo con ansiedad.
—¡Eres una vergüenza para esta familia! —gritó la señora Valeria, su voz resonó en la habitación como un trueno—. No eres más que una carga que arrastramos por el bien de las apariencias. Si no fuera por la generosidad de mi hijo, te habríamos dejado en la calle hace mucho tiempo. Nos has avergonzado delante de los invitados, ¿es que no te dije que no salieras de tu habitación, niña tonta?
Christopher, el hijo mayor de los Valdivia y esposo de Gabriela, permanecía en silencio en un rincón, con la mirada perdida en la distancia. Su indiferencia era como un puñal en el corazón de Gabriela, una traición silenciosa que cortaba más profundo que cualquier palabra afilada. Pero ya se había acostumbrado a esa indiferencia; en un año de matrimonio, él nunca la había defendido. Sin embargo, esa vez, por primera vez habló en su favor.
Su resistencia se desmoronó cuando, con un movimiento rápido y lleno de furia, Doña Valeria abofeteó a Gabriela con fuerza, el sonido de la bofetada resonando en la habitación como un estallido de violencia.
El impacto fue como un choque eléctrico para Gabriela, su mejilla ardió con el dolor físico y emocional de la humillación. Se quedó allí, aturdida y sin aliento, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos y caían por sus mejillas en un torrente silencioso.
—Madre, por favor —intervino Christopher, con voz cansada—. Ya es suficiente. Gabriela cometió un error, déjala en paz.
La señora Valeria se giró hacia su hijo con una mirada fulminante.
—¿Cómo te atreves a contradecirme, Christopher? Esa mujer no es más que un parásito que ha venido a chupar la sangre de nuestra familia. Si no puedes verlo, entonces eres tan débil como ella.
Cuando finalmente la tormenta de palabras cesó y Gabriela se quedó sola en la habitación, envuelta en un silencio sepulcral, sintió una sensación de desolación que la consumía por completo.
El dolor ardía en su mejilla donde la mano de Doña Valeria había dejado su marca, pero era el dolor en su corazón lo que más la atormentaba. Cada insulto, cada desprecio, se había convertido en una pesada carga que ya no podía soportar.
Se sentó en el borde de la cama, envuelta en la oscuridad de la habitación, y contempló su reflejo en el espejo. La imagen que le devolvía era la de una mujer cansada y quebrantada, pero en sus ojos había una chispa de rebeldía que había estado dormida durante demasiado tiempo.
Entre recuerdos desagradables y una sonrisa amarga, Gabriella recordó el día de su boda. Había soñado con ese día desde que era una niña, imaginando el amor y la felicidad que encontraría al lado de su esposo. Sin embargo, ese sueño se desvaneció rápidamente cuando una mujer joven, con el vestido de novia aún más resplandeciente que el suyo, se le acercó con una sonrisa maliciosa en los labios... ¿Quién osaba llevar otro vestido de novia en su boda?
En ese momento, Gabriella no tuvo tiempo de pensar. Sin previo aviso, la mujer arrojó una copa de vino tinto sobre el vestido de Gabriela, tiñendo la tela blanca de un rojo oscuro. Un murmullo de sorpresa y consternación recorrió la multitud mientras Gabriela se quedaba paralizada por el shock, con el líquido goteando por su vestido como lágrimas de vergüenza.
Gabriela miró hacia la mujer con incredulidad, sin comprender por qué alguien querría arruinar un momento tan importante para ella. Antes de que pudiera decir una palabra, su suegra, Doña Valeria, se acercó con una expresión de desaprobación en el rostro.
—Gabriela, ¿qué has hecho para provocar esto? —espetó Valeria, ignorando por completo la malicia evidente en la mirada de la otra mujer—. No puedes permitir que un pequeño incidente arruine tu boda. Ahora, limpia ese desastre y vuelve a tu lugar. No hay tiempo para dramas innecesarios.
Con el corazón lleno de vergüenza, Gabriela había obedecido las órdenes de su suegra, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Durante el resto del evento, se vio obligada a soportar las miradas de condescendencia y los susurros de los invitados, mientras su vestido manchado de vino se convertía en un recordatorio constante de su desgracia.
No fue hasta más tarde, cuando la festividad llegó a su fin y Gabriela se retiró a su habitación, que se enteró de la verdad detrás del cruel acto. La mujer que le había arrojado el vino era nada menos que Willow Adam la novia de Christopher, una revelación que hizo que el dolor y la traición se entrelazaran en su corazón.
Había pasado un año y aquel matrimonio se había convertido en un calvario. De repente, una venda cayó de sus ojos y pudo ver con claridad cuán bajo había caído por complacer a Christopher Valdivia.
La expresión en su rostro cambió, cuando su teléfono sonó. Afanada se apresuró a contestar la llamada del abogado de Jeremy, su padre.
"Señorita De Rios, hace dos días, su padre falleció en paz en su hogar" dijo una voz tras el teléfono. "Me complace informarle que usted es la única beneficiaria de su testamento. Ha heredado una cantidad considerable de su patrimonio, así como propiedades y activos financieros. Su padre dejó saldadas sus deudas y llevó a flote la compañía naviera, de la que usted es ahora una de las accionistas mayoritarias.
Las palabras del abogado resonaron en los oídos de Gabriela como un eco distante. La noticia de la muerte de su padre la golpeó como un puñetazo en el pecho, dejándola sin aliento y con un nudo en la garganta. Su mente se llenó de recuerdos de su padre, de los momentos felices que habían compartido juntos, y de la profunda tristeza que sentía al saber que nunca volvería a verlo.
Un torrente de lágrimas brotó de los ojos de Gabriela mientras dejaba caer el teléfono al suelo, su cuerpo tembló con la intensidad de su dolor. Se lamentaba amargamente de no haber estado allí para su padre en sus últimos días, de haber estado encerrada en la mansión de los Valdivia, cumpliendo con las órdenes de una familia que nunca la había valorado verdaderamente.
Se reprochaba a sí misma por no haber desafiado las restricciones impuestas por su suegra, por no haber luchado por su libertad y su felicidad cuando aún tenía la oportunidad. Ahora, era demasiado tarde, y el peso del arrepentimiento se cernía sobre ella como una losa, aplastando su espíritu y oscureciendo su esperanza.
Con el corazón roto y el alma en duelo, Gabriela se prometió a sí misma que honraría la memoria de su padre, que viviría su vida con valentía y absoluta, sin importar las dificultades que enfrentara. Y mientras las lágrimas seguían fluyendo, marcó nuevamente el número del abogado. Cuando el hombre contestó, Gabriella contuvo la respiración, pero al final, expresó su demanda:
—Prepare mi divorcio —sentenció—. Quiero divorciarme de Christopher Valdivia.