Gabriela la miró con una calma que no sentía del todo. —Creo que estás equivocada, Valeria. No necesito tu fortuna ni tu apoyo. Tengo mi propia herencia, mis propias capacidades. Y no me voy a quedar aquí para seguir siendo tu blanco. Valeria se acercó, sus ojos destilaron veneno. —Eres una insolente. Desde el primer día te vi como una amenaza, y no me equivoqué. Pero ahora estás sola, Gabriela. Nadie te protegerá. Gabriela sonrió con una mezcla de desafío y triunfo. —La única amenaza aquí, Valeria, eres tú. Tu inseguridad y tu necesidad de control. Pero ya no tienes poder sobre mí. Y si crees que estaré sola, te equivocas. Hay más gente dispuesta a apoyarme de lo que piensas. Valeria dio un paso atrás, sorprendida por la firmeza de Gabriela. —¿Ah, ¿sí? ¿Y quién podría estar disp

