3. CORAZÓN QUEBRANTADO

2556 Palabras
Se sentía como si cada célula de mi cuerpo se fuese marchitando segundo a segundo; de una manera tosca y demoledora. Se sentía como si me hubiesen desprendido de mi alma. Las lágrimas se confundían con el agua que salía del grifo y los sollozos, apenas era capaz de detenerlos con las arcadas que mi cuerpo producía. Mi pecho se comprimía de una forma tan dolorosa que enviar aire a mis pulmones se volvía en una tarea bastante difícil. La primera vez que me golpeó; sucedió un mes después de la muerte de mi madre, el mismo día que dio a luz a mi hermano. Llore tanto su partida que pude haberme quedado sin lágrimas. La segunda y la tercera me aferraban a la sola idea de que él se sentía tan destrozado como yo y pensé que tal vez dentro de poco iba a parar, iba a dejar de hacerlo; no sucedió. La cuarta vez que mi cuerpo fue abusado agresivamente estaba preparando la cena. Me golpeo tan fuerte aquella noche en la cocina, que mi espalda impactó contra la sartén caliente. Dejando marcas permanentes de mi piel casi desprendida. Cada vez que me quitaba la ropa eran un vivo recordatorio de que pertenecía a esto para siempre. Eran el vivo recuerdo de nunca poder librarme de su maltrato irracional. Las siguiente solo terminé acostumbrándome y mordiendo el interior de mi mejilla con mucha fuerza hasta sentirla sangrar y solo me dedicaba a pensar en cuanto tenía que soportarlo por mi pedacito de cielo. Nunca permití que le tocara, siempre lo dejaba en la cuna improvisada que armé para él en vísperas de navidad. Hasta hoy; los días eran miserables, tristes y desolados. Las navidades entraban y salían como si no estuviesen; nunca más decoramos un árbol. Así se desprendía el otoño, se apagaba el verano y se desentendía la primavera. La noche que llegué del hospital tenía la pequeña esperanza de que no fuese a golpearme. Tal vez podría entender lo que sucedió; que por un momento se compadecería de mí. No sucedió, jamás sucede. Los insultos llegaron, las quejas, los reproches, las marcas en la piel. Como siempre; como ya me acostumbré. Los golpes bruscos en la puerta del baño me sacaron de mis cavilaciones con temor. Los nervios comenzaron a prolongarse y el miedo atenazaba en cada uno de mis músculos. Me envolví en una toalla dejando una hilera de agua a mí alrededor. No importaba demasiado ahora mismo. —No fui consciente del tiempo, yo... por favor, lo siento... Traté de disculparme a pesar de lo pastosa que sonaba mi voz; sin embargo, a él no pareció importarle en lo absoluto cuando enterró las uñas en mi antebrazo y me empujó hasta la sala, dejándome caer en el viejo y mal oliente sofá en el que se la pasaba día y noche. Traté de cubrirme el rostro cuando los golpes se aproximaron, pero era inútil, siempre lo es. El dolor se sintió en la boca de mi estómago dejándome aturdida y sin oxígeno por el que respirar. —Sabes que no me gusta que pases demasiado tiempo en el maldito baño. —Atestó severamente. Su mirada era un caldero hirviendo. —Lo sé... ¡Lo sé! ¡Lo siento! — ¿Lo sabes? —Gruñó cerca de mi oreja, el olor a alcohol y cigarrillo llegó hasta mi nariz—, ¡Eres una maldita desobediente! Voy a enseñarte a respetar mis órdenes. El dolor se volvía intenso y cegador cuando reanudó sus golpes en mi vientre y mi rostro. La sangre comenzó a brotar de mi nariz y traté de hundirme en el sofá para no tener que sentir las embestidas en cada rincón de mi cuerpo. Un grito sordo se escuchó salir de mi garganta cuando me tomó por el cabello y me arrastró hasta el piso, empujándome con los pies. — ¡Lárgate de mí vista! —Espetó con furia. Me arrastré débilmente aferrándome a la toalla que me cubría, pero mis pies se debilitaron y tropecé. Provocando que esta se desprendiera de mi cuerpo y cayera al suelo; dejándome expuesta ante su mirada. De pronto; todo en ella cambio. Sus ojos, su expresión, su forma de mirarme. La lujuria producía que el asco y la vergüenza golpearan mi interior y antes de que fuera capaz de terminar destrozándome por completo, recogí la toalla y me encerré en la habitación, colocándole el seguro y rodando los cajones hasta la puerta. Tras varios minutos; comencé a vestirme con lágrimas silenciosas y un dolor profundo dentro de mi pecho. Las náuseas y el miedo llegaron al darme cuenta de cuan escalofriante eran sus ojos al verme tan vulnerable frente a él. Esa noche tampoco pude dormir; a pesar de que tenía el seguro puesto. Los días y el otoño se fueron lentos a través de la ventana. Todo era silencio. Las risas por las noches de Oscar y sus amigos me mantuvieron en vela. Apenas probaba bocado cuando desaparecía por la puerta y volvía a encerrarme en la habitación. Como siempre; intenté que me dijera del paradero de mi hermano pero no hablaba, solo se encargaba de decirme que lo olvidara; que jamás volvería a verlo. Eso destrozaba cada parte de mi corazón en pequeñas piezas. Apenas podía mantenerme de pie sin sentirme cansada. Tal parecía que no podía sostenerme de mí mismo cuerpo, la última vez que fui capaz de verme en el espejo solo descubrí a un cadáver. Mis pómulos sobresalían más de lo regular, las grandes bolsas bajo mis ojos se hacían cada vez más profundas y mi estómago se hundía en un hueco. Sin dejar pasar cuan pálido estaba mi rostro y mis labios. Por un instante no pude reconocerme. El doctor tenía razón, no lucia como una chica de veinte años. Apenas y si parecía de diecisiete. Anocheció casi de inmediato, y con ello; Oscar se fue, cosa que agradecí. Cene un plátano y un vaso de avena en hojuelas. Era lo único que había, pero con eso me conformaba y supuse que tenía las vitaminas que necesitaba. Los minutos corrían con una velocidad sorprendente cuando me encontré dejando todo en su lugar. Él no debía tardar, no quería topármelo. Apenas y las magulladuras estaban comenzando a desaparecer como para sumar unas más al montón. Me sobresalté con los golpecitos sobre la puerta, estuve a punto de correr a mi habitación pero llegue a la conclusión de que no podía ser Oscar, el no tocaba de esa manera tan educada y tenía sus propias llaves. Los nervios fueron aplacándose finalmente. — ¿Quién es? —Pregunté. Mi voz se escuchaba ansiosa y como la de una niña asustada. Uno, dos, tal vez tres segundos pasaron y recibí silencio. —Por favor, dígame quien o no voy abrir. — ¿Abigail? —Se escuchó desde el otro lado. Tomo mi cuerpo se endureció porque sin pensarlo demasiado; pude reconocer quien permanecía desde el otro lado. Traté de pensar en que podía hacer. Abrir la puerta, exigirle que se fuera, salir corriendo y encerrarme en mi habitación. Pensé en una cantidad de posibilidades pero nada se llevó a cabo, permanecí inmóvil desde este lado de la puerta. Oh, Dios mío. No puede estar aquí, tiene que irse. —Abigail, sé que estás ahí ¿Sabes? No podrás esconderte de mí todo el tiempo. Abrí la boca, pero la cerré de golpe. No podía decir nada, no podía moverme, no podía hacer otra cosa más que suplicar que se marchara. Si Oscar regresaba iba a tener muchos problemas; estaba cansada de tenerlos. —No voy a irme, ¿Lo sabes verdad? —Estaba usando ese tono que siempre usó cuando hablaba en serio—, No voy a irme hasta que me des la cara y... — ¿Qué es lo que quieres? —Interrumpí cuando finalmente decidí abrir la puerta. Estaba cruzado de brazos y recostado sobre la pared de enfrente. Mi corazón palpitó muy fuerte que pensé que dolería. Lucia con una expresión divertida y despreocupada, hasta el instante en que me vio. Todo parecía haberse desmoronado en su expresión. Todo su cuerpo permaneció tenso en la distancia mientras me detallaba. La humillación llegó hasta mis pómulos. Trató de acercarse a mí pero se detuvo de impacto y retrocedió un paso. — ¿Qué te pasó? —Tal parecía que estuviese viendo a un fenómeno sumergido en su propia bruma. Entonces fui capaz de entenderlo. Fui capaz de comprender la expresión desencaja en su rostro. La vergüenza no me dejaba permanecer en paz dentro de mi propia piel. La deshonra apenas me permitía mantenerme en piezas unidas y las ganas de echarme a llorar se acumularon. Ni siquiera era capaz de tener un aspecto presentable de mí. Mo odiaba y odiaba a mi padrastro por hacerme esto. — ¡Jesús! ¿Pero qué te ha... — ¡Nada! —Me atreví a mentirle en su cara. —Pero ¿Cómo que nada? ¡Mírate! Es que acaso... — ¿A qué viniste? —Solo deseaba que se callara y pudiera irse antes de que Oscar regresara. Negó con la cabeza y se acercó hasta mí tomando mi mano; lo rechace casi de inmediato. Sintiendo esa conexión emocional que siempre tuve a su alrededor. Cuando me miraba, cuando suspiraba muy cerca de mi oído. —Quería que habláramos. —No hay nada de qué hablar. ¿Es que no lo entiendes? —Me escuché tan débil, tan niña, tan miedosa. —Tú y yo tuvimos una historia. —Una que terminó cuando decidiste macharte. —Escupí lastimada y triste al mismo tiempo. — ¿Crees que así lo quise? Abigail ¡Era ilegal! —Exasperó impotente—, yo jamás quise lastimarte. Nunca fue mi intención que aquello sucediera. No podíamos vernos a escondidas como dos criminales todo el tiempo. — ¡No! Tu no podías, yo hubiese... ¿Por qué estaba haciéndome esto? ¿No podía solo marcharse y olvidarse de mi existencia? No lo necesitaba en mi vida, no ahora, nunca más, no lo quería de vuelta. Ya mucho lastimo mi corazón. Sus iris grises estaban clavados en los míos esperando alguna reacción de mi parte y yo lo único que podía hacer era temblar. Cada parte de mi cuerpo temblaba dolorosamente mientras estábamos aquí de pie, uno frente al otro. En medio de una tormenta de emociones y recuerdos. En medio de un corazón completamente sin vida que me impedía correr hasta él y llorar en su pecho, pero no podía, ya no podía llorar su ausencia ni su presencia. El silencio que se había extendido se convirtió en risas descendientes de las escaleras. Toda mi anatomía se adormeció y comenzó a arder cuando el reconocimiento me golpeó. Sabía que se trataba de él. ¡Oscar! — ¡Tienes que irte! Por favor, vete. —Supliqué. Mi corazón no paraba de palpitar. —Estas pálida... — ¡Estoy bien! ¡Lárgate! Por favor, te lo suplico, tienes que irte. Fríos ojos negros me miraban por encima del hombro de Mauricio. El miedo se intensifico por todo mi cuerpo cuando lo vi avanzar en mi dirección con mucha cautela sin dejar de mirarme; sin dejar de hacerme sentir miserable. No fui capaz de respirar cuando su cuerpo se acercó al mío. Le dio una mirada a Mauricio y por encima de su nombro y me dedico una sonrisa delgada, fría y calculadora antes de entrar por la puerta. — ¿Vives con un hombre? — Sus ojos penetraron los míos. Lucia triste; e incluso podía ver la decepción en aquellas dos grandes lunas y quería tanto decirle que sea que estuviese pensando era un error pero en cambio solo dije—: Si. Se sentía mucho dolor dentro de mí cuando lo dije. Apenas podía ver como asentía con las lágrimas nublando mi vista. Apenas podía ver como empezaba alejarse sin reproches, sin una palabra, absolutamente nada. Ya no había espacio para tanto dolor. Inhalé una inspiración profunda y seque las lágrimas antes de entrar al departamento. La desolación cubrió mi cuerpo. Trate de pasar desapercibida frente a la sala porque sabía que se encontraba ahí. Solo quería llegar hasta mi habitación y ahogarme con mis propias lágrimas. Apenas tuve tiempo de tomar el pomo entre mis manos cuando escuche su voz. — ¿Quién era? —Estaba poniéndose de pie, lo pude ver de reojo. Me sentí tan pequeña en ese instante. Me sentí tan poca cosa; llena de miedo, mucho. Ágilmente giré el pomo y me adentré hasta la habitación pero no fui lo suficientemente rápida para cerrar cuando empujó la puerta con mucha fuerza; golpeando mi frente y enviándome directamente al piso. Todo daba vueltas a mí alrededor cuando intente ponerme de pie y echarme a correr. Tenía que hacerlo. ¡Iba a matarme! Esta vez si iba hacerlo. Tropecé contra los cajones en medio de la habitación y sentí un golpe sordo en la boca de mi estómago. Su bota había golpeado con mucha fuerza. — ¡No era nadie! —Grite—, ¡Eres un animal! Deja de hacerme tanto daño. Lloré incontrolablemente desde el suelo mientras lo veía a poca distancia de mí. Lucia siniestro y aterrador; entonces comenzó a reír con mucho fuerza. — ¡¿Crees que soy estúpido?! ¡Maldita mocosa! ¡Eres una zorra! —Insultó con libertad y golpeo mi estómago—. ¿Desde cuándo metes hombres a esta casa? Me tomo por el mentón y escupió en la cara. Todo olía a cigarro y alcohol. Me sentí sucia, desecha. Me sentí muerta. Me arrastró por el brazo hacia la sala y me empujó contra la pared. Provocando el crujir de mi espalda contra ella; Entonces, comenzó a abofetearme sin compasión. El dolor físico se sentía tan neutral, ya lo podía soportar. Pero el dolor inmenso que creció en mi alma era más fuerte que cada uno de sus golpes. Esta vez, ya no gritaba. Esta vez, ya no suplicaba porque se detuviera, porque de todos modos no sucede. Solo me dejé ir, uno tras otro, golpe tras golpe. Podía sentir la sangre salir de mi boca; de mi nariz. Podría sentir como mis parpados pesaban. Esta vez ya no quería luchar. Las fuerzas se habían exprimido. Lo estaba perdiendo. Ya no había lugar de mi cuerpo que quisiera luchar, estaba por desmayarme. Ya no había espacio en mi corazón para sufrir más. Estaba por irme cuando algo fuerte impacto contra la pared y ya no sentía nada, ya no me golpeaba. Mis parpados pesaban tanto y bailaban acorde mientras intentaba abrir los ojos; pude ver dos figuras borrosas en frente de mí. Se escuchaban golpes, pero esta vez no eran hacia mí. Se escuchaban suplicas, pero no eran las mías. Se escuchaba algo rompiéndose y esa... Esa si era yo. —Vas a pagar demasiado caro por esto. —Escuché a alguien gritar, autoritario y vehemente. No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez segundos, tal vez minutos. No estaba demasiado segura. Cuando unas manos se envolvieron por debajo de mis piernas no pude evitar quejarme, dolía mucho. Mi cuerpo se elevó lejos del suelo y me apegué a algo fuerte y cálido al mismo tiempo, a algo seguro. —Vas a estar bien, lo vas a estar, te lo prometo. —Sentí como mi corazón se hinchaba. Todo a mí alrededor parecía oscuro y sin sentido. Las imágenes eran borrosas y se sentía muy doloroso al respirar. Supe que estábamos avanzando porque todo se movía demasiado rápido y el ritmo de su cuerpo me indicaba que estábamos bajando las escaleras pero no pude ser capaz de abrir los ojos, no pude ser capaz de hacer otra cosa más que quedarme inmóvil y sin fuerzas, como si una parte de mí ya estuviese muerta. Solo hasta unos instantes, donde mi cuerpo es depositado en algo cómodo y suave. —Richard, contáctame a Patricio ahora mismo. —Exigió, con un tono duro y preocupado. El aroma a loción comenzó a pasearse por mis fosas nasales y por dos segundos se sintió bien. —Vas a estar muy bien mi dulce aby. Mi pequeña aby. Entonces pude ser capaz de recordar, pude ser capaz de entenderlo. Sabía que se trataba de él, de mi Mauricio. Sabía que estaba a salvo aquí, ahora; en sus brazos, siempre.
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