4. TENUE CONFIANZA

2730 Palabras
— ¿Qué vas hacer con ella cuando despierte? —El susurro lejano, llegó hasta mis oídos. No había más que silencio a todo mi alrededor, probablemente ya era de mañana. La última vez que estuve despierta era de madrugada. No soportaba el dolor en mi estómago y Patricio; doctor y amigo de Mauricio me dio un calmante que me envió a dormir otra vez a pesar de que luchaba por mantenerme despierta. —No lo sé. —A pesar de lo atontada que me encontraba, pude distinguir su voz—, verla en ese estado es deplorable. —Te puedo dar seguridad que no es la primera vez que sucede. — ¿A qué te refieres? Mis ojos se abrían con mucha cautela y la luz natural que entraba por la ventana me invitaba cerrarlos nuevamente; apenas podía ser capaz de mantenerme despierta. Me sentía débil y desorientada. A pesar de que llevaba demasiado tiempo durmiendo, no tenía la fuerza suficiente para levantarme. —Mauricio. Mi experiencia como médico no ha pasado en vano. Esa chica ha sufrido maltrato físico, psicológico y emocional durante mucho tiempo. —Afirmó y no podía dejar de sentirme miserable por su acierto. La vergüenza invadió mi cuerpo de una forma violenta y despreciable. Mi pecho se hundió con mucho pesar y algo dentro de mí pareció romperse. Podía sentir mis ojos llenos de lágrimas y mi garganta secarse de imprevisto. Lo odiaba. Odiaba a mi padrastro como nunca pensé que llegaría odiar a alguien. Se llevó lo único que una persona podría tener para sí misma... Esperanza. — ¿Crees que va a recuperarse pronto? —De la anemia sí. Va a necesitar una dieta dada en vitaminas, hierro y nutrientes que le hacen falta a su organismo. Tiene que ser regular con exámenes médicos para ver cómo avanza el estado de su hemoglobina y con el pasar de los meses ella va a recuperar y va a necesitar de mucho apoyo y un ambiente tranquilo para conseguirlo. Pero de esa herida emocional, amigo, ella va a tener que frecuentar un psicólogo. —Me encargaré de que así sea. —Lo escuché decir al mismo tiempo que mi corazón comenzó a dispararse. —Mauricio. Eso es una gran responsabilidad. Tú eres un hombre hecho y derecho, con obligaciones, compromisos y un negocio multimillonario del que hacerte cargo. Sé que es tu decisión ayudar a esta muchacha, pero no tienes que sentirte obligado y en deuda con ella por lo que paso hace años. Eras joven y ella una niña. Él sabía... Sabía acerca de Mauricio y de mí. ¿Sabía de nuestra historia juntos? ¿Cuánto? Nuestros encuentros clandestinos, nuestras miradas a través de la tela metálica del colegio, nuestros días de otoño. Su promesa, la mía. La playa, la montaña, las incontables veces que fuimos descubiertos y mal vistos por la gente. Entonces, gemí de dolor. Removiéndome en la cama. Siendo incapaz de mantenerme en silencio por más tiempo. Los rostros de Mauricio y Patricio se elevaron en mi dirección. Lucían ansiosos y nerviosos desde aquel lado. —Aby... —Mauricio camino silenciosamente hasta mí y se quedó de pie al lado de la cama con una media sonrisa. Esos hoyuelos... Tan particulares, tan suyos. —Hola. —Musité más para mí que para él. Que difícil se sentía hablar sin que doliera hacerlo. — ¿Cómo estás? ¿Te sientes bien? Podía ver por la mirada en sus ojos que no había tenido una buena noche y me sentí culpable por ser la causante de ello. Había unas leves marcas bajos sus ojos y estos lucían cansados y apagados. —Me duele mucho el estómago. —Era cierto. Se sentía como si algo estuviese exprimiendo dentro de mí. Mauricio giró por encima de su hombro hasta Patricio, este; le dio una mirada inexpresiva por un instante antes de acercarse a mí. —Abigail, no es tu estómago. —Pude ver vergüenza en sus ojos. Señaló las sábanas blancas con la barbilla—, es tu vientre. Luché contra el punzante dolor y logré sentarme en la cama; cuando sentí algo húmedo y caliente entre mis piernas. Fui capaz de bajar la mirada y ver la mancha entre las sabanas. Mi periodo. Por un instante quise correr hasta la puerta del baño. Por otro; hundirme bajo las sabanas, quería... ¡Era tan humillante! —Te dejaremos sola un momento. —Su voz suave y varonil llegó hasta mí. Entonces; ambos comenzaron a alejarse y no era lo suficientemente valiente para moverme hasta que ya no los vi. No sé cuánto tiempo me tome en observar la cálida habitación y pensar en que iba a suceder cuando estuviese lista para marcharme. ¿A dónde iba a ir? Ya no era demasiado valiente para volver hasta él. Ya no era capaz de soportarlo más, iba a terminar matándome. El cuarto de baño era enorme. El aroma a frutas cítricas invadió mis fosas nasales y el suelo era frio cuando lo pisé. Era elegante y tenía un bonito color vino tinto en las cerámicas que le favorecía. Avance hasta el interior con cuidado y me encontré con un enorme espejo que mostraba a una chica débil y frágil con magulladuras en la cara. Mis hombros comenzaron a tensarse al igual que mis labios. No podía dejar de sostenerlos en una línea recta y no echarme a llorar. No llores. Por favor, no llores... Fue en vano. Las lágrimas comenzaron a nublar mi vista y ya no era capaz de ver con suficiencia a la pequeña insípida en el reflejo. Por un instante se sentía bien, pero al otro; cuando las lágrimas cayeron, todo se volvió tosco a mí alrededor. — ¡Te odio! —Grité—. ¡Te odio! ¡No eres nadie! Ella. La chica en el reflejo me sostenía la mirada con mucho dolor y me enfurecía tener que ver esa debilidad en su rostro. ¡No llores! Me reprimí incontables veces desde adentro pero no sucedía. Las lágrimas volvían y el dolor se intensificaba. Entonces; nos abalanzamos la una hacia la otra. Hasta que los segmentos de cristal se esparcieron por el lugar y me dejara caer al piso. Gimiendo y sollozando de vergüenza, de mi misma. Dolor y humillación. Las arcadas en mi cuerpo eran incontrolables y no podía evitarlo. Comencé a tirar todo lo que veía a mí alrededor, hasta que unos brazos se envolvieron desde mi espalda con mucha fuerza que me impedía la movilidad de mi cuerpo, por más que me sacudiera para soltarme; era imposible. Me sostuvo como si su vida dependiera de ello. — ¡Basta! Aby, por favor. ¡Basta! —Escuché a Mauricio susurrar cerca de mi oído de una forma tan tranquilizante. Entonces; dejé de forcejear. ¡Eres una estúpida! ¡No sirves! La vocecilla que murmuraba gritos en mi cabeza, apenas me dejaba mantenerme en la realidad. —No te hagas esto por favor. ¡Por favor! Ni siquiera fui capaz de encararlo, pero aun así; me derrumbé en su pecho y lloré todo lo que tenía que llorar. Suplicando que ya fuera suficiente, rogando que fuese la última vez que tuviera que sentirme tan despreciable. —Vas a estar bien. —Sus labios acariciaron mi frente mientras acariciaba mi espalda. —Duele. —Yo solo era un montón de lágrimas en ese momento. —Tranquila, estás conmigo. Sus manos tomaron mi rostro con delicadeza y me obligó a mirarle, yo me resistí, no quería que me viera en este estado tan desecho, pero a él no parecía importarle demasiado cuando insistió. Sus ojos se veían borrosos por las lágrimas que nublaban mi vista y tuve que cerrar los míos por un instante para dejar caer las lágrimas, a estas alturas ya no había nada que ocultarle. Él había visto ya lo peor de mí. —Lo siento. —susurré, pero no sabía por lo que estaba disculpándome. —No hay nada por lo que debas disculparte Abigail. Me llevó nuevamente a sus brazos.                                                                                                *** Una suave balada invadió plácidamente mi audición cuando me removí sobre la comodidad de las suaves sábanas grises. Me sentí con un poco más de energía y menos cansada cuando abrí los ojos. Llevé una de mis manos hasta mi cara en un intento de estrujar los ojos, pero me encontré con algo inusual en ellas. Están vendadas. Mis manos, están vendadas. El recuerdo de mi misma; abalanzándome contra el espejo, producía que mi pecho se estrujara con mucha violencia y me sintiera avergonzada de mi misma por un instante. Tragué el nudo que se formó inconscientemente en mi garganta hacia mi estómago mientras me ponía de pie. El suelo era frio y casi podía verme reflejada en él. No era algo que quería en ese momento. Eran las ocho con diez minutos cuando observe el reloj en forma de búho que colgaba sobre la pared. La ventana a su derecha estaba cerrada pero la tela transparente me daba la visibilidad de una hermosa luna; brillante, digna y elegante. Me arrastré fuera de la habitación siendo guiada por la melodía tan particular que sonada desde afuera. Se sentía como si pudiese abrazarme con cada nota que sonaba; triste y melancólica. La casa era enorme. También podría ser el piso de algún edificio; no estaba demasiado segura, pero era de ensueño. Una ilusión arquitectónica. En medio de la estancia había una mesa enorme con un bonito arreglo de flores blancas. Mi corazón por inercia comenzó a palpitar con mucha fuerza dentro de mi pecho. No me pude resistir y me acerqué, tomando una rosa entre mis dedos e inhalando su olor. Olía a algún tipo de esencia natural. La pared del fondo era de cristal cuando le di una nueva ojeada. Fácilmente permitía la vista en la lejanía. Era... Impresionante. —Buenas noches, señorita. Giré sobre mis talones torpemente y me encontré con la presencia de un hombre. Elegantemente vestido y con una sonrisa impecable que se ajustada a su postura. —Hola. —Conseguí decir. Estaba nerviosa. Evidentemente nerviosa. —Mi nombre es Richard, trabajo para el señor Gresham y también estoy a su disposición. Mauricio Gresham. Aún recordaba la forma tan particular en cómo se presentó ante mí aquella tarde de primavera. Iba junto a su amigo, quien conducida una moto desastrosa y eran un peligro para la ciudad. Reí para mí misma. ¿Cómo podría olvidarlo? No me dejó llegar al colegio hasta saber mi nombre. A pesar de que me resistí, amenazo con esperarme a la salida de clase y seguirme a casa hasta decirle como me llamaba. No tuve opción. Ahí comenzó todo... —Mauricio. —Dije. ¿Él está en casa? —Sí, señorita... —Abigail. —Le interrumpí—. Puede decirme Abigail. Asomó una nueva sonrisa y asintió. —El señor está en la biblioteca. Puede dirigirse hasta ese pasillo y la puerta de metal estará en frente. Antes de que pudiera preguntar algo más; se retiró por la puerta principal. No pude evitar sentirme ridículamente pequeña en medio de estas enormes cuatro paredes. La puerta de metal apareció en mi campo de visión cuando llegué al final del pasillo. Encogí los dedos de mis pies y jugué dudosamente con los de mis manos. No estaba demasiado segura de lo que tenía que hacer, decir o incluso pensar cuando lo tuviese en frente. Mientras más cerca estaba de tocar; mi corazón latía con más velocidad, como si quisiera salir corriendo de mi pecho. Llevándose consigo mi respiración descontrolada. Entonces; decidí que no estaba lista para verlo, no ahora. Estaba dispuesta a marcharme cuando la puerta se abrió y me encontré con él. Lucia molesto por un segundo, pero cuando sus ojos llegaron hasta los míos una expresión indescriptible se dibujó en sus facciones. — ¡Aby! Qué bueno verte despierta. —Sonaba dudoso, pero cerró la puerta detrás de sí y se acercó—. Luces mucho mejor. —Gracias... —Podía sentir como la sangre se acumulaba en mis mejillas—. ¿Podemos hablar? —Por supuesto que sí, ven. —Sus dedos largos y fríos se envolvieron alrededor de mi brazo. Sin reproches me dejé guiar por él hasta la cocina. Otro enorme y elegante lugar apareció cuando entre y me detuve sobre el umbral. Ni siquiera podía recordar que mencionara a cerca de cuánto dinero tenia. Nuestras conversación eran ligeras y nuestros besos largos. No había tiempo ni espacio para pláticas. Pero siempre pensé que éramos del mismo nivel. Por la forma poco elegante de comportarse, de vestirse y sus amistades. — ¿Qué te gusta comer? —Su voz me sacó de cavilaciones cuando giró. Sus ojos grises eran como unas lagunas a media noche que podían llevar al colapso a cualquiera. Yo lo estuve, hace un par de años. En colapso, por él. —Me gusta el pastel de leche. — Murmuré. Sentándome junto a la encimera de madera oscura. Lo escuché reírse y clavé mis ojos en él. Pude ver unos hoyuelos en sus mejillas. No los recordaba así de profundos. —Eso no es comida, Aby. —Abrió el frigorífico y saco una bandeja plateada. La coloco sobre la encimera—. Pensé que podría gustarte el consomé. También hay un racimo de plátano justo ahí, puedes comer los que quieras. Patricio dijo que ayudaría con tu metabolismo. No me gustaba el consomé. Estaba lleno de verduras y yo odiaba las verduras. Comencé por dos o tres plátanos. Estaban frescos sabían muy bien. Mauricio, mientras tanto; permanecía cruzado de manos desde el otro lado. Observándome con mucho cuidado, como si estuviese estudiando la expresión de mi cara. Cada tanto, escondía mi rostro bajo los mechones sueltos. —Yo quería agradecerte por lo que hiciste por mí. —Solté de pronto, mientras jugaba con las puntas de mis dedos. —No hay nada que debas agradecerme. —Sus pasos hasta eran como una bomba de tiempo que iban a estallar en el momento que se detuviera. No pude permanecer sentada un segundo más y me puse de pie. Si lo tenía así de cerca no podía pensar con claridad. No cuando lucía así de imponente; no cuando olía así de bien. —Yo...Bueno, quería decirte que... Me refiero, tal vez... El temblor en mis palabras, provocaba que las palabras se rompieran en mi boca antes de salir. Lo que me hizo sentir tan pequeña. —Ve al punto, Aby. —Lo escuché animarme con una sonrisa. —Tal vez si podrías darme hasta mañana para yo irme, te prometo que antes del sol yo estaré marchándome. Su rostro palideció de inmediato y la expresión alegre en su rostro, paso a ser una casi sin vida. Tanto, que lucía como si hubiese sido fuertemente golpeado en el estómago. —No tengo problema con el tiempo que decidas pasar. ¿Hay algún lugar donde desees que te lleve? La pregunta se volvía un poco ridícula para mí. Ni siquiera tenía donde quedarme, excepto ese lugar. Con él. ¿Cuán miserable me hacía eso? y ahora mismo tenia tanto miedo de pensar en su nombre que no se si fuese capaz de verlo algún día a la cara. E incluso cuando tenga suficiente valor para exigirle el paradero de mi hermano. De cualquier forma, estaba atada a él. —No tienes a donde ir. —Su tono era firme. —Yo... —Abigail. No tienes que volver a ese lugar, no puedes. No tienes que seguir haciéndote eso. ¿Acaso no lo entiendes? Pudiste haber muerto en manos de ese tipo. Mis ojos se humedecieron ante lo cruel que sonaban sus palabras. Pude haber muerto —Tú no lo entiendes. —Por supuesto que no lo entiendo. ¿Quién en su sano juicio aceptaría vivir esa vida? ¿Por qué? Aby... ¿Por qué te hiciste eso a ti misma? —No te atrevas a juzgarme. —Espeté de pronto. Sentía como todo el dolor era arrancado de mi garganta — ¡Solo deseo ayudarte! —El tono claro de sus ojos grises de convirtieron en unos más oscuros; más intenso. —Ya hiciste demasiado por mí. —Déjame... —No tienes que sentirte en deuda conmigo, Mauricio. No me debes nada. —Confía en mí. —Tal vez ese sea el problema; que ya no confío en nadie. Tragué ese fuerte nudo en mi garganta y baje la mirada. Tratando con mucha fuerza de esconder las lágrimas que bailaban en mis ojos. Tratando de esconder la vergüenza y la humillación que sentía de mi misma. —Por favor, mírame. —Musitó bajito. Demasiado para que alguien más pudiese escucharlo. Busqué sus ojos con los míos y antes de ser capaz de evitarlo, me reflejé en ellos. —Se cuan lastimada estas. Puedo verlo, conozco tanto esa tenue opacidad de tus ojos que solo deseo traer luz a ellos. Si no quieres quedarte, lo entiendo, podemos solucionarlo. Pero por favor, déjame hacer algo bueno por ti. — ¿Para sentirte bien contigo mismo? ¿Por qué piensas que me lo debes? —Sé que ahora mismo no soy la persona más confiable para ti, pero déjame demostrarte que puedes tener esperanza. Deja de verme como un desconocido, Aby, mírame. Detrás de estos veintiséis años soy el mismo chico que conociste. Una sensación de bienestar y seguridad recorrió mi espina dorsal cuando me aferré al semblante de su mirada, lucia tan sincero. Mis manos sudorosas se aferraron al material de su pecho y traté con todas mis fuerzas de mantenerlas allí. Tal vez por un rato; tal vez para siempre
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