Matías; mi pequeño hermano.
Imaginarlo; débil, indefenso, en manos de quien sabe quién a tan corta edad, provocaba que mi corazón se desintegrara en piezas diminutas, de una manera cruel y demoledora. ¿Por qué? Era solo un angelito indefenso cuando Oscar lo arrancó de mí. Mi pedacito de esperanza.
Pensar en su nombre, traía toda una avalancha de recuerdos tortuosos dentro de mí. Pensaba que en cualquier momento iba a entrar por esa puerta e iba a llevarme con él, otra vez. Iba a recordarme cuan miserable era, iba a dejarme en claro que no valía lo suficiente para que algo bueno me pasara. Tal vez tenga tenía razón; no valía lo suficiente para quedarme aquí.
El sabor amargo y metálico que se instaló en mi lengua me sacó de mis cavilaciones y un dolorcito soportable arraigó en mis labios.
Sangre, podía persuadirlo. Había mordido mis labios inconscientemente y no era la primera vez que sucedía. Las marcas permanecían ahí durante días, a veces semanas.
El sonido de la puerta siendo tocada débilmente me hizo ponerme de pie con brusquedad y dar un traspié, casi perdiendo el equilibrio. Mi corazón comenzó a latir con mucha fuerza ante el pensamiento de hace unos pocos minutos. Ni siquiera me acostumbrara a que en estas enormes paredes blancas me encontrara a salvo.
— ¿Si? —Aclaré mi garganta, una vez ves que la escuché tosca y débil.
—Señorita Abigail, soy Richard. El señor Gresham la espera en la biblioteca.
Sentí como mi pulso se comenzó alarmar y palpitar como si de un helicóptero despegando se tratara, y, de pronto podía percibir esos latidos acumulándose en mi rostro enrojecido.
—Voy enseguida. —Avisé, aun detrás de la puerta.
Aun sofocada...
Jugué con el dobladillo de la blusa floreada que Mary Jane me había prestado. No escuché algún otro sonido más que pasos alejándose, y pude soltar todo el aire contenido.
Mary Jane; era la mujer que se encargaba de poner en orden este lugar. La conocí esta mañana. Es dulce y encantadora; e incluso con ese mechón blanco en el medio de un cabeza, lucia joven y fresca. Conocía a Mauricio desde hace un par de años, en el lugar donde antes solía vivir. No entendí mucho a lo que se refería con las oficinas centrales ni mucho menos viñedo, pero Mauricio estaba haciendo negocios cerca de la ciudad y pretendía quedarse por una larga temporada.
Bajé las ya familiares escaleras con cautela y todo parecía marchar en silencio. No había rastros de Richard, mucho menos de Mary Jane. Solo podía escuchar la suave balada que sonaba en algún lugar de las altas paredes.
—No hay necesidad de que regreses, Morgan. —Escuché la voz de Mauricio en un susurro apenas audible detrás de la puerta de metal. Me quedé pasmada—. Si, preferiría que te quedaras a cargo de las oficinas y tal vez podrías regresar después de acción de gracias.
Acción de gracias estaba a un par de días. Tal vez a dos semanas o una.
—Yo también. —Finalizó. Después de ello, vino el silencio.
Uní mis labios en una línea dura y recta antes de tocar la puerta. Un nudo atado a mi garganta me impedía enviar aire a mis pulmones con normalidad, por lo que me encontraba inhalando un poco más fuerte.
—Por favor, pasa. — Su figura se asomó por la puerta un instante después.
Mis piernas parecían fallar por un nanosegundo, pero conseguí mantenerme de pies antes de verlo intervenir.
—Estoy b-bien —Musité bajito, demasiado para no convencer a nadie.
— ¿Estas segura de eso? Luces pálida, Aby. —Pude distinguir como la preocupación surcó en sus facciones.
—Sí, gracias. Creo que son las pastillas que me tienen siendo tan torpe.
Una risita nasal llenó la habitación. Pertenecía a él.
—Siéntate, por favor.
Avancé con sigilo hasta el enorme sillón de cuero, pude darle una ojeada al lugar en el transcurso. Todo parecía moderno y liviano al mismo tiempo La fachada de madera le daba un toque hogareño al lugar y un enorme estante de libros yacían junto a la ventana que le daba un poco de claridad a la estancia cálida.
— ¿Querías hablar conmigo? —Me atreví a preguntar, al darme cuenta de cuan incomodo se había vuelto el silencio entre nosotros.
—Sí. —Dijo, y deshizo el jersey que colgaba sobre sus hombros y lo dejó caer sobro los míos. Ni siquiera era consciente de como frotaba mis brazos. —Me gustaría escuchar de ti.
Estaba casi segura de lo que se refería. Pues una enorme punzada de miedo golpeó dolorosamente mi espina dorsal.
No estaba lista para que algo saliera de mi boca. No me sentía preparada para contarle a alguien cuan miserable era mi vida en manos de mi padrastro. Cualquiera se hubiese preguntado qué clase de masoquista permitía eso. Pero tampoco nadie se hubiese preguntado cual era el motivo detrás de ello. Nadie tenía la potestad de competir contra el amor más puro y limpio de una hermana desesperada. Quien podría caminar sobre clavos de fuego para volver a ver a su pequeño hermano.
—Abigail...
—No quiero hacer esto. —Dije, tan pronto como me puse de pie.
Estaba decidida a marcharme. Si esa era la cuota que debía pagar no estaba dispuesta. No podía obligarme a decir algo que no quería.
—Me gustaría tanto que confiaras en mí. —Lo escuché decir detrás de mí, no pude evitar detenerme de golpe.
Una vez me dijiste que confiara en ti y lo hice. Me dijiste que confiara en tus palabras y ni siquiera tenías que pedirlo, lo hice. Confié en ti, en tu amor. En que jamás podrías dejarme y lo hiciste, me dejaste; sola. En manos de la nada.
—Solo deseo ayudarte. Déjame hacerlo. Ese animal tiene que pagar por lo que te ha hecho. —Por un instante se detuvo y suspiró. Como si estuviese a punto de decir algo verdaderamente desagradable—. ¿Estas enamorada de él?
— ¿Qué?
De pronto la repulsión y el asco fueron una manera desagradable de apuñalar dentro de mí.
—Que si estas enamo...
— ¡Te escuché! —Ni siquiera pude dejarlo terminar, no podía—, Y ¡No! No estoy enamorada de él.
—No puedo entenderte.
—Él... es mi padrastro. —Era consciente de la inestabilidad de mi voz.
Apreté los puños con fuerza a ambos lados de mi cuerpo y me limite a mirarlo.
Sus facciones endurecidas y el color grisáceo de sus iris eran una tormenta de pensamientos. La expresión en su rostro cambió casi de inmediato. No podía saber lo que estaba pensando. Lucia como si un balde de agua helada hubiese caído sobre él. No hubo más que desconcierto y pena en su mirada. Lo cual me hacía sentir más humillada. Sin embargo; trató de enviar cualquier clase de pensamientos a cualquier lado lejos de él, cuando se movió alrededor de la estancia y jalo de las hebras de su cabello.
— ¿Por qué permitiste que hiciera esto? —Preguntó de pronto. Se escuchaba cauteloso y cuidador de sus palabras.
Abrí la boca, pero la cerré de golpe. El hilo de mis pensamientos corrieron a esconderse en algún lugar dentro de mi cabeza y lo único que pude hacer fue darle la espalda.
—Por favor, no quiero tener que hacer esto.
—Aby... —De pronto fue interrumpido por el sonido de la puerta siendo golpeada y segundos después; se abrió.
—Señor, el detective Ferrara está aquí.
Un hombre alto y joven pisando los treinta y tantos años, apareció por la puerta y con un saludo Cortez se presentó ante Mauricio.
Los escuché hablar en silencio y susurros por unos pocos segundos, y, el pitido de mi corazón se escuchó junto a mis oídos. No pude evitar morder el interior de mi mejilla.
—Aby. Me gustaría que conocieras al detective Ferrara.
El hombre a su lado estiró su mano hacia mí.
Sabía que lucía nerviosa con su presencia. Pero finalmente cedi, y apreté su mano débilmente.
—Estoy aquí para ayudarte. Puedes confiar en que la justicia va a hacerse cargo.
Entonces; comencé a entenderlo.
¡No!
—No sé de qué está hablándome. —El pánico se confundió con dolor de estómago cuando me encorvé por un segundo.
—Él está aquí para ayudarnos, Aby. Puedes confiar en él.
— ¡Deja de hablar de confianza! —Solté de pronto. Me escuché herida y suplicante al mismo tiempo—, Tú eres el menos indicado para hablar de confianza.
Mauricio desvió la mirada por un corto segundo y asintió temeroso.
—Está bien si no quieres confiar en mí. Pero puedes hacerlo con él. Su única intención es ayudarte.
— ¡No!, por favor, quiero que se vaya.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas no derramadas y no pude hacer nada para evitarlo. Mis piernas comenzaron a fallar y ni siquiera supe en que momento me puse de pie cuando Mauricio me sostuvo en sus brazos. Tal parecía que no estaba dispuesto a dejarme caer.
—Quiero que se vaya. Por favor, por favor. —Supliqué. Apenas podía reconocer mi voz.
—Aby...
—Si no se va el, lo hare yo. —Mis palabras parecían afectarle con ferocidad que termino asintiendo con desgana.
—Ferrara...
—Lo entiendo, estamos en contacto.
Segundos después; el hombre desapareció por la puerta.
El lugar fue un completo silencio cuando estuvimos solos; excepto por los sollozos que se me escapaban y las arcadas que mi cuerpo producía me hacían sentir un poco más patética.
¿Cómo pudo? No tenía ningún derecho. No podía decidir por mí, porque él no lo sabía. No sabía acerca de lo que quería o lo que necesitaba. No tenía ningún derecho a pensar que podía ayudarme.
—Lo lamento... —Su tono era débil y avergonzado.
—No tenías ningún derecho. —Apenas pude decir algo sin que me doliera muy adentro.
—Solo deseo ayudarte. ¿No lo puedes ver? Ese miserable merece pagar por lo que te ha hecho.
—No puedes decidir lo que crees que es correcto para mí. Soy yo quien lo decide, tu no.
—Pero si cuento con el deber moral para denunciarlo. —De pronto sonó duro y herido.
— ¡No! —El chillido fue arrancado de mi pecho de una manera tosca.
—Ya no debes detener miedo de él, Abigail, estas a salvo aquí.
Como si fuera tan fácil...
—Hace mucho tiempo deje de tenerle miedo.
Me miró y lo miré. Ambos permanecimos en silencio por unos segundos y no era consciente de como las lágrimas seguían resbalando por mis mejillas y como mi cuerpo temblaba sin contar con la opción de detenerse. Odiaba no poder detenerlas, odiaba sentirme tan débil y estúpida.
—No sabes cuánto lamento que no te dejes ayudar. —Sonaba tranquilo, pero al mismo tiempo; culpable y molesto.
—No creas que esto es fácil para mí. —Mascullé en voz baja.
— ¿Crees que para mí lo está siendo? Abigail, ¡por el amor de Dios! Pase todos estos años culpándome, reprochándome cuan cobarde fui, cuan imbécil me convertí por dejarte de esa manera. Y ahora que quiero recompensar una pequeña parte de tu dolor ¡No me dejas! ¿Estas creyendo que es fácil para mí? ¡Por Dios! Estoy intentándolo, por favor.
El dolor con el que pude escuchar sus palabras, tiró de mi corazón con mucha violencia. Enviando una parte de el a encogerse en pequeñas piezas.
No podía articular ninguna palabra. No podía formar alguna oración coherente más que garabatos en mi mente. No podía dejar de llorar y temblar. ¡Era tan patética!
No lo estaba mirando, pero podía sentir como sus ojos estaban clavados en mí.
—Eres tan buena, que no merecías tanta maldad.
—Por favor...
—No sé cuál sea el motivo de que te hayas sumergido en tal crueldad pero...
—No puedo denunciarlo, ¿sabes? —Solté de pronto, no podía sostenerlo más atado a mi garganta—, No puedo hacerlo, porque si lo hago jamás podré ver a mi hermano. Si lo hago, Mauricio si lo refundo en la cárcel, él nunca va a decirme donde en el mundo puede estar mi hermanito.
Cuando las palabras salieron de mi boca, me hundí en mi propia angustia y temor. En mi propia rabia y aflicción. Me hundí en un mar de humillaciones y vergüenza.
Cuando finalmente me atreví a mirarlos a los ojos, y estábamos frente a frente. Pude ver como como lucia descompuesto y confundido al mismo tiempo. El temor dentro de mi pecho era tan insoportable, que tuve que llevar las manos hasta mi boca, para reprimir cada sollozo.
—Aby. —Trató de llegar hasta mí, pero retrocedí un par de pasos.
—No...por favor, no. No intentes decirme que estaré bien. No trates de compadecerte de la chiquilla maltratada. No soy tu responsabilidad. La vida no ha sido buena conmigo para que de pronto tú intentes dármelo. No lo merezco. A presar de que te agradezco todo, no me debes nada Mauricio. Y porque no debes nada, yo no puedo seguir aquí.
—No tienes porque irte, Aby. —Había una delgada línea suplicante en su voz. Pero no estaba demasiado segura de ello.
—No puedo seguir aquí, no me debes absolutamente nada.
—Vas a irte si es lo que deseas, pero no dejare que vuelvas a ese lugar Abigail. Es una promesa que te estoy haciendo.