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No podía evitar sentirme nerviosa y asustada al mismo tiempo. Se sentía como si mi corazón refunfuñara con fuerza junto a mi oído, que no era capaz de escuchar otra cosa más que sus latidos prominentes.
Mauricio permanecía cruzado de brazos junto al umbral de la puerta mientras Patricio revisaba mi estado. Este no parecía muy convencido con mi progreso durante los últimos días, pero, sé que estaba luchando por fingir una sonrisa y una de esas miradas que daban los doctores acerca de estar bien.
—No tiene que mentirme acerca de mi salud, doctor. —Dije bajito, mientras jugaba con el dobladillo de las sábanas blancas.
— ¿Qué te hace pensar que voy a mentirte? —Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios y escribió algo en un papel que no fui capaz de ver.
—Su mirada. Luce como si quisiera ocultarme algo.
Negó levemente con la cabeza y le entrego el papel a Mauricio, quien se acercó cuidadosamente, como si ninguno de los quisiera provocar el mínimo ruido.
—Me gustaría que mañana me visitaras al hospital. Hay un par de estudios que quisiera practicarte.
— ¿Esta algo mal conmigo?
—Por favor, no faltes. —Fue lo único que se limitó a decir antes de hacerle una seña a Mauricio con la cabeza.
Ambos salieron por la puerta muy callados.
El ya familiar olor a frutas cítricas invadió mis fosas nasales cuando me adentre al cuarto de baño, y con cuidado deslice las prendas grandes de ropa por mis hombros. Era más fácil de esa manera. Había momentos en que me sentía tan cansada que apenas podía sostenerme de pie.
Cuando vivía bajo el mismo techo que mi padrastro, todo era exactamente igual, e incluso; peor. Pero trataba de pasar todo el tiempo acostada mientras él estuviese en casa. Nunca me imaginé que mis malestares generales o cansancio se debieran a una anemia.
Traté de pasar frente al espejo desapercibida pero fallé en el intento, cuando la familiar chica desaliñada apareció en el reflejo. A pesar de que ya los cardenales apenas eran notorios, no podía dejar de verla como la débil que era. Traté de evitarle la mirada, pero me obligaba a mantenerla y mordí con fuerza el interior de mi mejilla para no darte el gusto de verme llorar.
Sentía todo y nada a la vez. Por un momento me sentía estable, pero al siguiente; me sentía vacía. A veces pensaba que solo era cuestión de tiempo. Tiempo para sanar las heridas; tiempo para darle una oportunidad a la vida. Pero, entonces cuando cerraba los ojos y su rostro aparecía frente al mío; todo se venía abajo como si de un mural en construcción se tratara.
Tenía tanto miedo. Miedo de que la vida ahora estuviese siendo buena conmigo, y tal vez mañana se encargara de regresarme a la realidad, de una manera cruel y demoledora.
Dejé que el baño de frutas eliminara impurezas, dolor y recuerdos. Viendo con suma dedicación, como los restos de espumas se iban por el drenaje. Así hubiese deseado que todo se fuera.
Una lagrima de impotencia y rabio apareció cuando estaba envolviéndome en una toalla, pero me obligue a borrarla con brusquedad y volver a la habitación, enfundándome en una camisola y medias largas de Mary Jane.
La puerta fue tocada y abierta segundos después, revelando a Mauricio desde el otro lado. Esperé un instante cuando se adentró a la habitación en silencio y me senté sobre la cama.
—Hola. —Saludó con cautela, como si hablar duro implicara romperme.
Saludé con una media sonrisa, pero aun no era capaz de verle a los ojos. Hacerlo implicaba que una sensación extraña corroyera cada medula de mi cuerpo, como si fuegos artificiales explotaran dentro de mí ser. Extraño, confuso y agradable.
Hubiese deseado ser de titanio... Que dispararan, dispararan y dispararan... Que nada pudiese sentir.
—Me gustaría que cenaras esta noche conmigo. —Mi corazón pareció palpitar con mucha fuerza cuando lo escuché hablar.
Por primera vez desde que estaba en la habitación, me atreví a mirarlo a la cara.
—No tengo hambre. —Dije, y estaba siendo verdaderamente honesta.
El apetito casi nunca llegaba, podría pasar un día entero sin comer si no fuese por las ordenes que le dejó a Mary Jane. Debía comer seis veces al día en pequeñas cantidades para acostumbrar a mi estómago a recibir alimentos y tomar pastillas que me indicó Patricio.
—Pero necesitas comer, ven. —Estiró su mano hacia mí, invitándome a tomarla. Por un instante dudé en cogerla, pero terminé cediendo.
Sus dedos se entrelazaron con los míos de una forma sencilla y apretó mi mano. Tal parecía que fueron dos piezas diseñadas para estar la una tomada de la otra. Nunca, hace cuatro años, me había tomado de esta forma. Su tacto siempre fue más profundos, más densos; desde mi cuello hasta mi cintura.
Me pregunté si el recordaría cada momento como yo lo hago. Como si fuesen marcas que jamás podrían olvidarse.
Cuando entramos a la cocina había un bonito arreglo de flores que adornaba la estancia. Olía a esencia de uvas y una suave melodía sonaba en los altavoces, una bastante familiar.
"Di algo, estoy renunciando a ti...
Voy a ser el indicado si quieres que lo sea.
A cualquier parte te hubiera seguido.
Di algo, estoy renunciando a ti...
Y yo, me estoy sintiendo tan insignificante"
— ¿Qué te gustaría comer? —Preguntó, mientras revisaba el frigorífico—, Mary Jane ha tenido que viajar hoy por cuestiones familiares.
Recibí la información y me recosté sobre la repisa—: Pastel.
—Te he dicho que eso no es comida, pero podríamos dejarlo de postre.
Y así fue... Inconscientes del tiempo, la noche avanzo serena y lenta con nosotros dos ahí en la cocina, hablando una variedad de cosas. Desde el otoño hasta su canción favorita. Solo me limitaba a escucharlo hablar, su voz cálida; que contagiaba seguridad y firmeza.
Podía sentir la paz deambulando por mí ser, tan flotante y agradable. Pero estaba más concentrada en como sus ojos refulgían cuando sonreía.
Mauricio paró de hablar y rozo sus dedos con los míos poniéndose de pie.
—Entonces; ¿Quieres marcharte? —Preguntó. Mientras me servía un trozo de pastel de leche.
—Yo no quiero ser una carga para ti. —Murmuré casi sin aliento.
Ni siquiera era consciente de como su presencia me ponía en este estado.
Suspiró y me dedico una sonrisa, de esas sin doble intención. Una que yo jamás había visto en una persona.
—No lo eres. Deseo mucho que estés aquí.
—Y-yo...
—Aby, deja que la vida sea buena contigo.
Tomó mi mano entre la suya y dejo un beso corto en los nudillos, sin dejar de mirarme. Ese gesto hizo hormiguear mi piel, sobrecalentándola. Después de ello, sentí una de sus manos ahuecar mi barbilla y obligarme delicadamente a verlo. Rápidamente me perdí en esas dos grandes lunas grises que yacían bajo sus pestañas, finalmente viajó hasta mis labios. Tuve que humedecerlos; me avergonzaba que viera cuan pálidos y rotos eran.
—A cambio de nada. Esto lo hago desinteresadamente, Aby. Créeme. —A pesar de que le creía completamente, no fui capaz de admitirlo.
—Entonces me gustaría poder ayudar con lo que aceres de la casa. Podría cocinar, desempolvar, ordenar esos papeles tuyos que hay en la biblioteca, podría...
— ¡Hey! —Me interrumpió de tajo—, vamos con calma. Primero necesitas recuperarte. Me gustaría que estudiaras y después, ya veremos lo de ayudar en la casa.
— ¿Estudiar? —Las palabras salieron de mi boca casi por inercia propia.
—Sí, quiero que también tomes clases de danza, recuerdo que te gustaba mucho.
—Mauricio, esto es...
—Es lo que te mereces, no quiero que lo pongas en discusión, por favor.
—Es que, yo no podría, yo no puedo aceptar todo esto. ¿Cómo podría pagártelo?
—Sonriendo de esa manera que tú sabes hacerlo, Aby, de esa manera podrías pagármelo.
Su mirada irradiaba contra la mía y todo mi pecho se contraía abruptamente. Mi corazón comienzo a latir con ferocidad ante la cercanía de su rostro y el mío. El aire a mi alrededor era cada vez más denso y mis piernas temblaban terriblemente.
—Voy aceptar todo esto con una condición. —Dije, mientras me alejaba un par de pasos, y él ponía mucha dedicación a mis palabras—, Necesito ir a mi casa... Bueno, al lugar donde solía vivir.
— ¡No! De ninguna manera. —De pronto respondió, su tono era brusco y autoritario.
Mis labios se apretaron en una línea firme mientras lo veía fruncir el ceño, algo dentro de mí se alertaba, pero me obligue a mantenerme derecha y no perder la postura.
—No voy a permitir que vuelvas a pisar ese lugar.
—Mauricio...
—No trates de convencerme, Abigail. —Sonaba seguro y yo era consciente de que parecía un cachorro regañado.
—En algún momento voy a tener que enfrentarlo. —Chillé de pronto.
—No tienes que hacerlo. ¡Por el amor de Dios, Abigail! —Levantó las manos al aire con recelo—, me prometí no denunciarlo hasta que tu decidieras que hacer, pero si sigues con esto, no me dejaras otra opción.
— ¡No tienes derecho! —Me acerqué hasta él y lo encaré—, necesito que me diga dónde está mi hermano. ¿No puedes entenderlo?
—Lo que no puedo entender es que quieras hacerlo de esta manera tan peligrosa, exponiéndote. ¡Santo Dios! ¿Quieres morir en sus manos?
Abrí la boca para decir algo, pero la cerré de golpe. Sus palabras quemaban mis entrañas que apenas podía ser capaz de soportarlo. No tenía que recordármelo, sabia de donde venía, sabia de la basura que he salido y sabía que pude morir en sus manos, pero me arriesgaría mil veces si se tratara de volver a ver a mi hermano, mi Matías. ¿Es que no podía entenderlo?
El nudo en mi garganta era tan apretado que apenas, podía enviar aire a mis pulmones. Las lágrimas quemaban la parte posterior de mi garganta y luché por mantenerlas ahí, aunque quemaran. Estaba cansada de llorar, estaba cansada de lucir frágil e indefensa.
Estaba cansada de no poder tomas mis propias decisiones.
—Voy a marcharme, lo quieras o no. —Dije y me sorprendo de mi misma.
—Puedes hacerlo, pero en el momento que lo hagas, él va a estar tras las rejas. —Ni siquiera se inmutó cuando lo dijo
— ¿Estas chantajeándome?
—Estoy salvándote. —Y sin más, salió de la cocina hecho un hervidero.
Un tsunami brutal de emociones impactó contra mí, en el momento que lo vi desaparecerse por la puerta. El sabor salado de las lágrimas llegó hasta mis labios y sin pensarlo las elimine con el dorso de mis manos, tan rápido y fuerte que de pronto, mi rostro ardió.
Comencé a hipar y el temblor en todo mi cuerpo se aproximaba, desde mis piernas hasta mis hombros, casi no podía mantenerme de pie sin venirme abajo, todo parecía irse desmoronando segundo a segundo...
Al día siguiente podía sentir los pasos de Richard casi siguiéndome, a cualquier lugar de la casa mientras Mauricio no estaba. Mary Jane regresó muy temprano y pude desayunar y desahogarme con ella. Las lágrimas caían con facilidad como si no hubiese nada que las detuviera. Ella solo se encargó de consolarme y repetirme que todo lo hacía por mi bienestar y no lo ponía en duda, pero necesitaba de cualquier modo llegar hasta Oscar, necesitaba que me dijera donde tenía a mi Matías.
El resto de la mañana me sumergí en la habitación junto a la enorme ventana que daba con un hermoso parque que poco conocía, pues Oscar nunca me dejaba salir de casa, a menos que él lo ordenara.
A pesar de que aún seguía dolida y decepcionada por las palabras de Mauricio; ese hombre ahora elegante y varonil siempre encontraba la manera de escabullirse entre la bruma de mis pensamientos. Con su presencia podía sentirme plena y estable; sin embargo, sin ella podía caer por un abismo. Estaba dándole la bienvenida nuevamente a mi vida, y ni siquiera era consciente de ello, es que, ¿cómo podría? si sus lindos ojos grises provocaban un torbellino de emociones cada vez que se acercaba.
Para después del mediodía, me encontraba nuevamente en la cocina. Otra vez, Mauricio dejo dicho lo que debía comer y tomar, y sin quejas, lo hice. Ya no tenía la fuerza suficiente para oponerme.
Para las dos de la tarde aproximadamente, después de una jornada de limpieza con Mary Jane, que a pesar de que ella no me dejaba hacer casi nada, pude arreglármelas y conseguir sentirme útil en este lugar. Tomábamos el té que acompañaba con las tabletas de pastillas cuando el teléfono sonó, era el, Mauricio. Hablo un par de palabras con Mary y otras con Richard, pues aunque tenía la esperanza de que yo fuera la siguiente, no sucedió así.
Rápidamente, la decepción comenzó hacerse notar.
Podía ver como el otoño se desplazaba a través de la ciudad, las hojas cayendo y el frio prologándose a través de mis extremidades. Los pensamientos que deambulaban por mi mente en todo el día, fueron desmoronándose como un castillo de arena cuando el sueño se asomaba y sin más, me sumergí en un sueño profundo.
Patricio me esperaba cuando faltaba un cuarto para las cinco, Richard, sin dejar de seguirme los pasos, me espero en la puerta del consultorio cruzado de brazos. A pesar de que insistí que no era necesario que me trajera hasta aquí, el no cedió, sé que todo era obra de Mauricio.
—Abigail, ¡Qué bueno verte!, pasa, por favor.
La charla comenzó con el típico ¿Cómo te sientes? Un par de bromas y una sonrisa agradable mientras me practicaba unos cuantos exámenes. No era su obligación estar en el laboratorio, pues no era su trabajo, pero al notar cuan tensa me sentía en aquel poco encantador lugar, decidió hacerme compañía.
Conforme fueron pasando las horas en espera, podía ver como su cara desencajaba con la información que observaba en los papeles, pues la tensión comenzó a situarse sobre mis hombros y mi corazón latir con más fuerza de lo normal.
Un suspiro agotador escapo de su garganta cuando se puso de pie y salió por la puerta de su oficina. Un par de minutos más tarde, con los nervios comiéndome el cerebro, regresó. Su cara era de pocos amigos pero me regalo esa sonrisa que siempre me hacía sentir mejor, a pesar de que fuera falsa, lo conseguía.
—Estas pastillas son muy difíciles de conseguir, es por eso que te las estoy dando, no las vas a encontrar fácilmente en ninguna farmacia. Vas a tomarlas a diario después del almuerzo y vendrás a verme dos veces a la semana.
— ¿Por qué? —Mi voz suena ronca y pastosa cuando hablo—, ¿Algo está mal?
—Para dentro de unos pocos meses, vas a sentirte mejor y vas a sumar peso. —Dice, y no ha dejado de tener esa expresión en su rostro.
—Hay algo que no está diciéndome... —Me pongo de pie con lentitud, mientras él también lo hace.
Una sonrisa corta que no llega hasta sus ojos se asoma en su rostro, niega con la cabeza y me mira directamente a los ojos.
— ¿Siempre eres así de negativa?
—No, pero ya no hay nada que pueda sorprenderme. —Digo, y mis palabras parecen haberlo golpeado fuertemente en el estómago.