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Los días comenzaron a avanzar con lentitud. Tal parecía que la ansiedad era más grande que la soledad. A pesar de que me encontraba con Mary Jane y Richard no se sentía igual. Sabía que faltaba algo; faltaba él aquí.
Las mañanas y los medio días comía con mis únicas dos compañías y por la tarde solo me encerraba en mi habitación y leía algunos libros de vinos que estaban en la biblioteca, hasta quedarme dormida. Oscar aparecía derrumbando la puerta y llevándome con él. En otras ocasiones se aparecía de repente en cualquier lugar de la casa y los golpes no se hacían esperar, no cesaban, sino hasta después que despertara y me diera cuenta que estaba viviendo una pesadilla. Ya no tenía espacio para tanta vergüenza, los gritos llegaban hasta la habitación de Mary o Richard. Alguno de los dos siempre venía a tranquilizar mis nervios y darme la seguridad de que aquí estaba a salvo.
No estaba segura si habían pasado cuatro días o una semana. Pero se sentía su ausencia. Sabía que Mauricio llamaba a diario y dejaba ordenes que se cumplían. Jamás pedía hablar conmigo. Sin embargo; sabía que preguntaba por mí cuando Mary Jane o Richard decían que yo me encontraba bien.
Traté un par de veces de preguntar acerca de su regreso, ninguno de los dos tenía una respuesta para mí, más que Mauricio pronto volvería, pero no sabían cuándo.
Me preguntaba todas las noches antes de dormir si seguiría molesto conmigo. Tal vez, no, tal vez si, y capaz esa era la razón de que no quisiera hablar conmigo. No podía evitar sentirme decepcionada cada vez que pensaba en él. Lo que ocurría la mayoría del tiempo.
Por otras veces no podía dejar de pensar en cuán grande estaría ahora mismo Matías, si estaría feliz, si viviría la misma pesadilla que yo. La nostalgia se convertía en lágrimas siempre que pensaba en él. En si un día volvería a verlo.
La tarde era fría y triste. No se escuchaba nada más que las gotas de lluvia que pinchaban contra la ventana de la biblioteca. Se había convertido en mi lugar favorito en toda la casa. Lleno de libros que mantenían mi mente ocupada y el recuerdo de Mauricio sentado desde aquel lado del escritorio siempre buscaba la manera de escurrirse por mi mente.
El frio se comenzó a desvanecer cuando el líquido caliente con sabor a chocolate y vainilla se deslizo por mi garganta.
— ¡Abigail! Niña Abigail, venga por favor. —Escuché la dulce voz de Mary desde afuera. Se escuchaba eufórica y lúcida.
Dejé la taza de chocolate tibio junto a la mesita y el libro sobre el apasionante mundo del vino y salí casi corriendo. Me detuve cuando me comenzó a faltar el oxígeno y Mary Jane apareció en mi campo de visión.
Había una bonita y tierna sonrisa en sus labios; la cual llegaba hasta las arruguitas que se formaban junto a sus ojos.
— ¡Ha llegado algo para ti! —Comentó entusiasta.
Antes de preguntar de que se trataba, no pude evitar preguntarme de quien era el remitente. No tenía a alguien que supiera que estaba aquí. Para decir verdad, no tenía a nadie.
Mis pies descalzos comenzaron a sentir la incomodidad de algo húmedo sobre ellos, que inhalaba y exhala casi al mismo tiempo. Di un traspié y bajé la cabeza de inmediato. Me sorprendí al ver una cosita rosácea y pequeña moviéndose alrededor de mí, apenas podía mantener el equilibrio y pensar de qué se trataba cuando pude distinguir su cara.
Era un cerdito. Dulce, pequeño y gordito.
Mis labios se formaron en una sonrisa y me puse de cuclillas para tomarlo entre mis brazos. Era suave y hosco al mismo tiempo. Sus pelos bien cortados y a pesar de que pensé que podría tener un mal olor no olía a nada en particular. No pude evitar darle un pequeño abrazo antes de llevar mi vista hasta Mary Jane.
— ¿Es para mí? —Ella asintió alegremente—. ¿Quién lo ha mandado?
—El joven Mauricio.
Mi corazón comenzó a latir rítmicamente como si de un tambor en fiestas se tratara y mis manos a sudar. La alegría se coló por mi pecho, una que ni siquiera recordaba que existía; que había espacio dentro de mí para este sentimiento.
— ¿Mauricio está aquí? —Mi voz sonaba más temblorosa de lo habitual.
Comencé a buscarlo con la mirada por cualquier lugar de la casa. A pesar de que no quería parecer desesperada, no pude evitarlo. Una parte de mí, deseaba verlo, la otra solo se limitaba a guardar silencio.
—Oh, mi niña, no. El joven Mauricio no llegó con el animal. Pero si dejó esto para ti.
Revisó entre sus bolsillos y saco una pequeña tarjeta blanca y me la entregó. Hice un rápido movimiento en dejar al cerdito sobre el suelo y coger la tarjeta.
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Pude sentir como mis mejillas de frías pasaron a un leve tono tibio sonrojándose. Llegaba esta noche y yo no podía evitar alegrarme mucho por ello.
— ¿Te gusta? —Mary Jane me sacó de mis cavilaciones y sacudí la cabeza.
—Es la cosa más tierna que he visto.
— ¿Cómo vas a llamarle? —Preguntó. Mientras veíamos al pequeño cerdito dar vuelvas por toda la casa.
—Washington. —Solté de pronto. Ambas reímos—. Va a llamarse Washington.
Apenas estaba comenzando anochecer y faltaban tres horas para la cena. Mary Jane preparó un consomé y lasaña para la llegada de Mauricio. Por otro lado, yo me sentía más ansiosa de lo normal. De un suéter manga larga, pase a usar una blusa estampada que se hicieron en las compras de hace dos días y una falda larga.
Me observé en el espejo admirando mi atuendo. Tragué en seco y bajé la mirada, jugando con el dobladillo de la tela.
Comencé por apreciar cuan bonito era su color y cuan suave era. Pero termine por desenmarañar los defectos de mi piel. Los huesos de mis caderas sobresalían en la falda. La forma larga de mis clavículas era demasiado evidente. La complejidad de parecer un cadáver me hizo aborrecerme y retirarme del espejo con brusquedad.
Me prometí hace dos noches dejar de llorar, y compadecerme de mi misma, a pesar de que cada día veía las cicatrices en la espalda de mi piel casi desprendida y una que otra lagrima se escapara.
Me regalé una sonrisa a mí misma y bajé las escaleras, encontrándome con Washington en el último escalón. Parecía alegre de su nuevo hogar, yo no pude evitar tomarlo otra vez entre mis brazos y darle pequeños besitos.
Jugué con él en la sala hasta que el cansancio me consumió.
Patricio llamó para saber cómo seguía. Pues el día anterior no me vio muy bien. La dificultad para respirar y la poca sangre que fluía por mi cuerpo le alertó. Sin embargo; dijo que no había motivo para preocuparse, ya que la recuperación de peso y energía era lenta.
No sé en qué momento sucedió, pero me quedé dormida sobre el sofá y cuando desperté, lo primero que hice fue ver el reloj en la pared.
Eran casi las diez de la noche. Me puse de pie casi de inmediato y caminé hasta la cocina. Todas las luces estaban apagadas, solo una vela encendida sobre la encimera; la apagué y salí hasta el pasillo.
No había más que silencio por todo el lugar. Y a pesar de que no quería pensar en eso, no pude evitarlo... No llegó.
Un nudo creció en mi garganta y lo envié dolorosamente hasta la boca de mi estómago. No sabía si sentirme decepcionada, triste, molesta o no sentir absolutamente nada. A pesar de una gran parte de mi lo esperaba con ansias, la otra me recordaba cuan ridícula era y que esta era su casa. El decidía cuando regresar o no.
Desperté ojerosa el día antes de acción de gracias. Apenas y pude dormir en toda la noche pensando en que había sucedido con él, pero la preocupación se fue directo a quien sabe qué lugar cuando escuché a Richard hablar con Mauricio al otro lado de la línea, no fui capaz de preguntar nada pero, él, al verme ansiosa detrás de las escaleras no pudo ocultarme que Mauricio estaría viajando nuevamente de imprevisto y no conocía su fecha de regreso. No preguntó por mí, ni siquiera para asegurarse si había comido o tomado mis pastillas como lo hacía a diario.
Me sentí desconcertada toda la tarde en compañía de Washington. ¿Por qué me retenía aquí si no iba a estar? A pesar del gesto tan bonito de regalarme a Washington no podía dejar de sentirme culpable por su ausencia. El resolvía todo desde aquellas cuatro paredes en la biblioteca. Lo escuchaba hablar y ladrar órdenes que no era capaz de entender, pero ¿Por qué ahora decidía marcharse? Me sentía una intrusa.
Que diferente se había convertido mi vida en las últimas semanas. ¿Qué habrá sido de Oscar? Preguntarme si me habrá buscado por toda la ciudad carcomía mi interior, de tal forma que se sentía doloroso. No podía evitar pensar que en cualquier momento se aparecería por esa puerta. El solo pensamiento me producía dolor de tripa. ¿Sería capaz de enfrentarlo? ¿Cuán doloroso seria? De alguna forma tendría que hacerlo. Tantos días de sufrimiento no podrían ser en vanos, necesitaba saber el paradero de mi Matías, tal vez no hoy ni mañana. Pero tendría que reunir fuerzas para enfrentarlo de cualquier manera. Le guste a Mauricio o no.
Me sobre salte en mi lugar cuando escuché el timbre sonar. Bajé las escaleras casi corriendo y me crucé con Richard, quien ya abría la puerta.
—Señor Patricio. —Saludó Richard al hombre elegante que entraba por la puerta.
Era la primera vez que lo veía vestido de tal forma. No lucia como un médico, más bien lucia como un hombre joven y fresco con pequeñas ondulaciones de cabello colgando por su frente.
—Hola Abigail. —Lo vi acercarse hasta mí, después de haber dejado el suéter junto a la puerta.
—Hola. —Susurré despacio—. Mauricio no está en casa.
—Lo sé. Vine a ver como seguías.
— ¿Él te mando? —Las palabras se arrastraron fuera de mi boca casi por inercia propia.
Quise hundirme en un hueco o salir corriendo en ese momento. Cualquier opción era válida.
—No, pero hace mucho frio allí afuera y no quería que fueras con ese clima al hospital.
—Oh... —Fue lo único que fui capaz de decir.
Anocheció casi de inmediato cuando Mary Jane nos sirvió la cena. Le insistí un par de veces para que cenara con nosotros, pero, aun así; le pareció imprudente.
Patricio habló acerca de su experiencia como médico y cuanto le costó estudiar la carrera de medicina. Pues no contaba más que con una beca que le había otorgado la universidad. Sus raíces eran humildes, su familia vivía en el oeste de Europa mientras que el decidió residir aquí. Lo escuche hablar con entusiasmo acerca de las vidas que había salvado y un poco triste con las otras que no pudo hacer mucho. Había conocido gran parte de los Estados Unidos de América y que en una cena de vinos había conocido a Mauricio. Desde entonces, se hicieron muy cercanos.
Le hablé de mi infancia, el no paró de reír, pero me invitaba a que siguiera hablando. Le conté acerca de cuan felices eran las navidades con mamá. A pesar de ser nosotras solas siempre llenábamos la casa de luces, alegría y mucha comida. Hasta que conoció a Oscar, fue la peor decisión de toda su vida.
— ¿Y te sientes bien viviendo aquí? —Preguntó. Tras ver cuán incomodo era para mí hablar de eso.
—Es mejor que estar en casa. —Hable tan bajito, que apenas él pudo escucharme.
Lo escuché suspirar, pero no lo vi. Solo me dediqué a mantener la mirada baja en algún lugar, perdida tal vez.
—Lamento que...
— ¡No! Por favor, no lo digas.
— ¿Sabes? No lo entiendo. No entiendo como alguien pudo hacer tanto daño a una persona como tú. —La laguna azul de sus ojos me vieron con mucha compasión.
Se me estrujó todo por dentro. No quería que nadie me viera de aquella manera nunca más. No quería parecer siempre la chiquilla desprotegida y maltratada. No quería dar lastima en las personas, estaba cansada de eso.
El familiar sonido del teléfono se escuchó cuando me puse de pie. Agradecí que así lo fuera.
— ¿Si? —Dije, cuando descolgué el inalámbrico.
Se hizo silencio desde el otro lado por un segundo. Pude escuchar como alguien suspiraba. Fruncí el ceño, tal parecía que le costaba hablar.
— ¿Hola? —Insistí.
—Aby...
De pronto, sin más, comencé a sentir el sudor frio recorrer mi espina dorsal y acumularse en mi frente. Era él. Era Mauricio. No podría confundir su voz.
— ¿Cómo estás? —Preguntó tras varios segundos, al darse cuenta que esta vez era yo quien no formaba alguna palabra.
Sentí la desagradable sensación de que todo daba vueltas a mí alrededor. Tuve que sentarme, consciente de como Patricio me veía parado junto al umbral.
—Bien... —Pronuncié tan bajito y ronco, que casi no reconocí mi voz.
—Me alegra saberlo. ¿Estas tomando tus pastillas?
—Tres veces al día. —Respondí, sentía como todo me sofocaba.
Como todo estaba perdiendo color y como mis piernas temblaban de solo escuchar su voz.
—Aby, yo quería decirte que...
—Señor. La joven Morgan esta en recepción. —Escuche una voz gruesa y masculina a lo lejos. Desde el otro lado de la línea también.
Era la segunda vez que escuchaba ese nombre, o tal vez tres. No tenía la fuerza suficiente para recordarlo. Pero sabía que se trataba de alguien cerca de Mauricio, tal vez muy cerca.
—Hágala pasar Henry, por favor. —Respondió, su tono se había convertido en uno más grueso y seguro de sí mismo—. Solo quería asegurarme de que todo estuviese marchando bien. Llamo otro día.
Abrí la boca para articular algo, un despido, un enojo tal vez. Pero ni siquiera tuve tiempo de eso cuando escuché aquel pitido que indicaba que la llamada había finalizado. Me sentía ajena a lo que ocurría a mí alrededor por un instante. La sangre hervía dentro de mí y me sorprendí de mi misma estando enojada. Unas gruesas lagrimas se formaron en mis ojos y se deslizaron antes de que tuviese tiempo de darme cuenta que estaba llorando. Las limpie de inmediato. Antes de volver mi vista hacia Patricio y obligarme a mí misma a esforzar una sonrisa.
Me puse de pie, aun con ellos temblando.
—Estas pálida. ¿Te encuentras bien?
Asentí, porque no estaba completamente segura de poder articular alguna frase, e incluso una palabra. Simplemente llamó para asegurarse de que todo se hiciera como él quería. Estaba dispuesta a demostrarle que conmigo, las cosas no eran como él quería.
—Mañana estaré bien.