8. SUBLIME MIRADA

2632 Palabras
                                                                                               *** Era la madrugada del día de acción de gracias. El frío intenso calaba desde los dedos, hasta mis huesos. Mi cuerpo se estremecía y la piel desnuda de mi espalda se erizaba desde abajo hacia arriba trazando un caminito por mi espina dorsal. Cerré los ojos. Una lágrima resbaló con lentitud y no me molesté en borrarla. Llevé mis dedos temblorosos por la piel desprendida que se marcaba en mi espalda baja y al sentir la deformidad de ella, las retiré de súbito. Jamás podría borrarlas. Era un recuerdo permanente y tortuoso. Recuperé la respiración que ni siquiera era consciente de haber perdido los últimos segundos y cada bocanada de aire que enviaba a mis pulmones, era más dolorosa que la anterior. Tal parecía que se había vuelto un mal hábito no encontrar la forma correcta de respirar. El dolor se intensificaba desde mi pecho hasta mis huesos, algo poco inusual. Subí la tela color rosa pálido que caía desde la parte más baja de mi espalda hasta mis hombros. Cubriendo los huesos que remarcaban sobre mi anémica piel. A pesar de que intentaba no mirar con regularidad mi cuerpo, no podía dejar de hacerlo, era masoquista, demasiado tal vez. Me aovillé nuevamente en el sofá lanoso que daba con la ventana e iluminaba la luna y me dediqué a ver por encima del horizonte, más allá de los edificios poco visibles. Tal vez de esa manera podría conciliar el sueño que había perdido la última noche. Poco a poco, desperté sabiendo donde me encontraba y en como mi cuerpo se las arregló para dormir cómodamente en aquel sofá de lana. Escuché mis huesos crujir cuando me estiré y coloqué mis pies en el suelo frío de madera. Me estremecí por instinto. Me enfundé en un caluroso abrigo y un pantalón de tela que no se ajustaba a mi delgada figura. Sin embargo; me las arreglé para que no se saliera de mi cuerpo y bajé las escaleras, encontrándome con una cosita hermosa que ya me esperaba al final de las escaleras. — ¡Hola, dulzura! —Lo tomé entre mis brazos y comencé a dar besitos sobre él. Escuché voces desde la cocina, era demasiado temprano e incluso para que Mary Jane o Richard estuviesen despiertos. Dejé a Washington en su lugar y sigilosamente me acerqué. No era que me gustara escuchar detrás de las puertas. —Entre ellos dos va algo más que solo simpatía ¿no lo crees? —La voz familiar de Richard, llegó hasta mis oídos. Me tensé detrás del umbral. Pensando a quienes se referían. —Deja de entremeterte y ayúdame a meter el pavo al horno. —Le reprendió Mary. Me vi entre la necesidad de irme de vuelta y la curiosidad de seguir escuchando a escondidas. —Pero deberías verlos cuando están uno frente al otro. Podrían comerse con la mirada si fuera posible. Ese extraño y repentino viaje del señor Gresham y la poca felicidad de la joven Abigail sin su presencia dejan mucho que pensar. —El señor y la niña Abigail son de mundos completamente diferentes. Él es un buen hombre que lo tiene todo y ella es muy inocente que nunca ha tenido nada en la vida para verse envuelta en la frialdad del mundo que rodea al Joven Mauricio. Él solo desea ayudarla. — ¿Realmente crees que es solo eso? Ni siquiera mira de esa forma a... — ¡Richard! Deja de meterte en la vida de tu jefe y de comportarte como un jovencito veinteañero. Me moví de súbito. Tropezando con mis pies y provocando ruido. Ambos rostros se giraron hacia mí y palidecieron. Uno se mostró avergonzado y la otra triste y preocupada por lo que había escuchado. Vi a Mary Jane tratar de llegar hasta mí, pero retrocedí con torpeza y corrí subiendo las escaleras. Cerré la puerta detrás de mí. Cerré los ojos y sentí como mi corazón comenzaba a desbordarse. No me moví. Ni siquiera fui capaz de respirar con frenesí o dejar de hacerlo. Solo permanecí recostada sobre la puerta por lo que fueron largos segundos. El resto de la mañana me mantuve inmersa en la biblioteca como todos los días. No baje a tomar el desayuno, no después de escuchar a Mary y Richard teniendo aquella conversación. Donde yo era tan poca cosa para Mauricio y donde nuestros mundos eran completamente diferentes para pensar en la idea de alinearlos. Y tal vez podría darles la razón. Yo no era más que la chiquilla lastimada y Mauricio era quien hacia caridad. Suspiré y dejé derramar una sola lágrima de agonía y melancolía. Deambulé por mi mente, dormida y despierta al mismo tiempo. Jugando con el tiempo que se escapaba de mis manos y en como el cielo oscurecía detrás de aquel ventanal de la biblioteca. De pronto la melodía de Plumb con cut, sonando plácidamente en los altavoces hizo disparar mi corazón. Me reincorpore de golpe, viendo a la nada. "Y cuando nuestros ojos se encuentran, se lo que ves. No quiero tener miedo. No quiero morir por dentro, solo para respirar. Estoy tan cansada de sentirme adormecida." Era él. Estaba en casa. Tragué saliva. Me vi entre la necesidad de correr, quedarme pasmada o esconderme. Me sentía como una chiquilla de quince sabiendo que él estaba aquí, en cualquier lugar de la casa y que después de una semana tendría que verle a los ojos y enfrentarlo. Corriendo el riesgo de derrumbarme y darle la razón al desenfrenado latir de mi corazón. No estaba decidida. No podía volver a traer a mi esa clase de sentimientos que enterré cuando ya él no estaba conmigo, no podía darle el derecho de tomar las piezas rotas de mi corazón y hacer con ellas lo que quisiera solo por una mirada, un roce o una palabra. Ya estaba demasiado cansada de la debilidad de mi misma, estaba destrozando poco a poco la dignidad que arrastraba mis tobillos. Cerré los ojos y pensé en él. En como el gris de sus ojos perforaba los míos, en como sus manos se unían a las mías como dos piezas diseñadas para estar unidas la una de la otra, en como su olor llegaba hasta mí y ponía a bailar mi corazón. Los abrí y pensé en él cuando se fue. En cómo me debatía con su ausencia y la presencia de los golpes de mi padrastro, en cómo había dejado mi alma vacía y vagando por la lejanía, pensé en él, dejándome y me desprendí. La puerta se abrió de golpe. No pude evitar tensarme sobre mi lugar y levanté la cabeza desorientada. Era Mary Jane, para mi alivio. La vi adentrarse con mucho cuidado y pena en su expresión, tal parecía que no encontraba la manera de dirigirse hasta mí. —Niña. El joven está en casa. Asentí sin mirarla a los ojos. Pero pude distinguir como intentaba marcharse, cuando se detuvo y volvió hasta mí. —Lo que escuchaste en la cocina no era lo que quise decir. —No hace falta escuchar explicaciones. —Le regale una sonrisa forzada—. Sé quién soy y de dónde vengo. —No lo veas de esa manera, yo... —Sé que solo soy parte de una caridad. Sé que dentro de poco saldré en un periódico, y quien sabe; en una revista tal vez como la pequeña chica sacada de los suburbios por el millonario Mauricio Gresham, lo que le dará una buena crítica. De eso se trata. Sé de qué clase de mundo vengo, se cuan poca cosa soy para que ese hombre, demasiado lejos del que yo conocí llegará a verme de otra manera diferente a una pobre chiquilla. Contuve el aliento y las ganas tan grandes que tenia de echarme a llorar. Sin embargo; la escuché a ella sollozar llevando una de sus manos a su boca. Salió casi corriendo por la puerta. — ¿Es eso lo que crees que eres para mí? —Su voz acaricio mi espina dorsal. Pude sentir toda la sangre acumularse en mis mejillas. Como mi corazón golpeaba con fuerza mi caja torácica y como estaba negándome a mí misma a verle a la cara. Todo mi cuerpo expulsaba sudor frio y como de costumbre, la dificultad para respirar llego casi de inmediato. Me aseguré de permanecer estable antes de levantar la mirada, y cuando lo hice... Vi a Mauricio justo en el umbral de la puerta. Me hundí, viendo cuan urgente era su mirada sobre mí. Lucia más apuesto que nunca, y probablemente yo más temeraria que siempre. Vestía perfectamente adecuado para un día frio y una fina capa de vello facial resaltaba en su mandíbula angulosa. —Mauricio... —Su nombre endulzó mis labios cuando abrí la boca. — ¿Piensas que eres solo caridad? Lo vi acercarse unos cuantos pasos hasta mí. La distancia entre nosotros ya no se podría llamar distancia. — ¿Qué de otra manera podría ser? —Mi voz, apenas era un hilo audible. En cualquier momento se desprendería. Lo sentí suspirar cerca de mí, demasiado cerca. Me rodeo como si fuese una presa. Su pecho casi rozaba mi espalda. —Podría ser de muchas maneras Aby. —Su tono, se convirtió en un débil susurro cerca de mi oído. — ¿Cómo podría creer en ti? — Mis ojos se cerraron con mucha fuerza ante lo opaco que se escuchaba mi voz —Solo tienes que hacerlo. Solo soy yo diciendo que creas en mí. No hay ninguna doble intención detrás de esto, podría jurártelo. —Sus labios casi rozaban el lóbulo de mi oreja. Me estremecí. Mis ojos se llenaron de lágrimas no derramadas y deje salir todo el aire atascado en mis pulmones. —Cuando te fuiste... —Fui un imbécil, lo sé. Tal vez fue la peor decisión de toda mi vida dejarte de aquella manera. Pero no lo sabía Aby, no sabía que vivías ese infierno. Nunca dijiste nada. — Nada hubiese cambiado. —Hubiese cambiado todo. Yo nunca te hubiera dejado si lo hubiese sabido. Aby, mírame. Me giré lentamente. Apenas y podía controlar los fuertes latidos de mi corazón hasta que vi sus ojos, se detuvo por un segundo antes de reanudar su marcha con violencia. Mauricio clavó sus ojos grises sobre los míos y la expresión destrozada en su rostro me provocó dolor de estómago. Algo completamente doloroso se adueñó de mis funciones vitales cuando lo tuve tan cerca. Su nariz puntiaguda estaba a nada de rozar con la mía. —Eres la mujer más maravillosa que he conocido en mi vida. Eres transparente, puedo ver tanta fragilidad y valentía al mismo tiempo dentro de tus ojos. Aby, eres grandiosa. No dejes que nadie vuelva a herir tu corazón, ni siquiera yo. La sensación dolorosa que crecía dentro de mí era tan intensa que no me veía capaz de soportarlo. Mi corazón sentía y todo y nada a la vez reproduciendo cada una de sus palabras. —Tengo tanto miedo. —Susurré, sintiendo las lágrimas bajar por mis mejillas lentamente—. Miedo de un día despertarme y darme cuenta de que esto es solo un sueño. —No es para nada un sueño, dulce Aby. Mírame, voy asegurarme de que la vida cambie para ti. —Mi vida está cambiando, y todo te lo debo a ti. —No, es gracias a ti mi Aby. Eres tan fuerte, y eres hermosa ¿Lo sabes? Bajé la mirada sintiendo mis mejillas arder. Él no espero demasiado cuando acarició mi mejilla y me obligó verlo a los ojos. Mi nariz rozó con la suya y pude sentirlo respirar sobre mi cara. Estábamos tan cerca el uno del otro que pude colapsar con tal proximidad. Pude verlo acercarse hasta mí. Casi pude ver sus labios llegando hasta los míos. Sin embargo; el beso no llegó. Fue solo un espejismo que se desvió hasta mi frente, dejando la humedad de sus labios sobre ella. —Regreso enseguida, traje algo para ti. —Se alejó de mí rápidamente y salió de la biblioteca. Me dejó sola con un sinfín de emociones merodeando por mi mente. La melodía que sonaba en los altavoces fue mi única compañía en ese momento. No podía decidir de qué manera su cercanía me afectaba. Me hacía sentir bien, plena. Podría encontrarme a mí misma después de estar perdida, podría dejarme consumir con su tacto. Lo tuve tan cerca de mí que ni siquiera fui capaz de pensar en cuan doloroso había sido su ausencia, tenía su presencia, aquí, ahora. Tal vez eso era suficiente. El teléfono sonó. Deje escapar varios cortos suspiros y lleve el inalámbrico a mi oreja. — ¿Hola? —Ese vestido es tan precioso. ¡Es perfecto para ti! —Escuché a alguien hablar al otro lado de la línea, pero estaba casi segura de que no se trataba de la misma persona que llamaba. —Comuníqueme con Mauricio. —Una voz femenina se escuchó hablando de aquel lado. Por un momento abrí la boca para decir algo, pero al instante la cerré de golpe. Había escuchado a todo el mundo referirse a Mauricio como su jefe, con respecto. Por el contrario, ella sonaba más autoritaria de lo que podría definir. — ¿Sigue alguien ahí? —Me sobresalte en mi lugar. Estuve a nada de contestarle cuando Mauricio entro por la puerta, me quede en silencio por un segundo antes de decirle que había alguien llamándolo desde el otro lado de la línea. Con una sonrisa cogió el teléfono y se alejó unos cuantos pasos. A pesar de la distancia pude escucharlo soltar frases que no entendía. —Morgan. Sabes que eso no hace falta. —Dijo, sonaba un poco de mal gusto—. De todos modos, me parece muy exagerado. ¿No puedes reducir la cantidad? Lo vi pasearse de un lado a otro. Parecía ajeno a mi presencia cuando tiraba de las hebras de su cabello con fastidio. Era como si no le gustara lo que escuchaba de aquel lado. —De acuerdo. Como quieras. —Entonces colgó. Su rostro lucia descompuesto cuando lo escuché soltar todo el aire de sus pulmones. Negó levemente con su cabeza y yo me limite a ver cada movimiento y cambio de sus facciones. — ¿Está todo bien? —Pregunte, consciente de que tal vez era una mala pregunta. El pareció regresar a la realidad cuando escuchó mi voz. —Sí. —Dijo, pero no parecía muy convencido de estarlo. Ni siquiera yo lo estaba. Esa mujer, Morgan. Su nombre se paseaba por mi mente con cizaña y no podía evitar sentirme ansiosa. Ansiosa por saber cuan cercana era a Mauricio, y a pesar de que tal vez no era mi problema o no me correspondía hacer aquel tipo de preguntas, no pude evitarlo, tal pareció que las palabras escaparon de mi boca por inercia. — ¿Quién es Morgan? —Mi voz se apagó de inmediato. De pronto, su rostro ya no era el mismo. Sus ojos se clavaron sobre los míos y su mandíbula se endureció más de lo que pude haber visto antes. Solo era una pregunta. ¿Por qué lucia así de nervioso e indispuesto a argumentar una sola palabra? Tal vez él tenía miedo de dar la respuesta y yo de escucharla. No hacía falta ser demasiado inteligente para saber cuánto le había afectado mi pregunta. Tal vez no contaba con ella. Lo vi tragar en seco, antes de abrir la boca con cuidado. —Mí prometida. —No vaciló un instante, y no despegó sus ojos de los míos. Mi corazón pareció desprenderse en pequeñas piezas por enésima vez en mi vida. Solo que esta vez, dolió más que antes. Trate de decir algo. Luche contra mí misma para articular una felicitación o gritar sobre él. Pero ¿Con que derecho? No pude moverme, no pude abrir la boca para decir alguna estúpida palabra. Mis ojos se llenaron de lágrimas no derramadas, pero me obligue a mí misma a no dejar que una se escapara. Sus palabras no podían afectarme de aquella manera. Pero ¿A quién engañaba? Lo hacía, dolía mucho ahí adentro. —Aby... —Felicidades... —Dije, mi voz se escuchaba más densa y tosca que antes. Salí de aquel lugar casi corriendo...casi llorando. La tristeza, el dolor y la rabia fueron convirtiéndose en algo más duro, más intenso. No podía reaccionar de esta manera, no podría afectarme de tal magnitud. Hace mucho tiempo el dejó de pertenecerme, y yo a él.
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