Capitulo 1: La boda
Por fin llegó este día, después de tantos años soñando con esto. Mi vestido de novia es tan hermoso que no paran de decirme que soy la novia más bonita del mundo.
Pero para ser sincera, no puedo esperar a ver a Massimo, mi prometido. Hemos sido novios desde que yo tenía 15 y él 18; nunca llegamos a acostarnos juntos porque él quería que ambos llegáramos vírgenes al altar. Ahora tengo 20 años, y él 23.
El trabajó mucho, y se negó a que alguien lo ayudara con los gastos que implicaba, según sus palabras “ Es mí boda, no la suya". Sus padres estában que se morian de coraje cuando el hablaba en ese tonó rebelde.
Me miré en el espejo y me gustó lo que vi; mi maquillaje es perfecto. Antes de salir y tomar el auto que me llevaría a la iglesia, agarré la bolsa que adentro tenía lencería. No soy tan inocente, he soñado con este día durante los últimos cinco años. Se lo que pasa cuando dos personas que se aman tienen su primera noche.
Al llegar a la iglesia, caminé hacia el altar tomada del brazo de mi padre. Él lloraba como nunca en su vida, y yo caminaba apresurada para que nos declararan marido y mujer a Massimo y a mí.
Massimo me veía como si fuera la mujer más bella que había conocido, y yo definitivamente sabía que no amaría a otro hombre como a él; mi primer amor.
Era alto, guapo, sus ojos eran grises. Tenía un cuerpo fornido y siempre olía a loción.
Cuando la fiesta terminó, llegamos al hotel donde pasaríamos la noche antes de tomar el primer vuelo hacia donde tendríamos la luna de miel.
—Señora D'Montenegro —dijo Massimo desde el otro lado de la habitación.
—¿Señora? Tengo veinte años .. Mejor dime Violeta De Montenegro —dije acercándome a él de manera seductora, mientras enrollaba un mechón de mi cabello—. Ahora soy tu mujer.
Me acerqué a él y lo besé. Esta vez ya no era un beso inocente; era un beso que estaba cargado de deseo y quería cruzar todos los límites que habíamos cuidado por tantos años. En cuestión de varios minutos estábamos semidesnudos, nunca habíamos estado así. Acaricié su abdomen trabajado y después bajé más abajo. Él, por su parte, ya no tenía la mirada de ese chico inocente del que me había enamorado; ahora tenía la mirada de un hombre que sabía lo que estaba a punto de suceder.
—Valió la pena la espera, mi bonita esposa —susurró, apenas rozando mis labios.
Él tocó con delicadeza cada parte de mi cuerpo; sus manos recorrieron mi piel desnuda sin restricciones, me decía cosas bonitas al oído.
Mis piernas se abrieron cuando estaba sobre mí, y yo lo quería. Quería a Massimo más que a mi vida; antes de él no existió otro chico, y él siempre fue respetuoso y responsable. Mis padres lo querían como a un hijo, porque nunca me hizo llorar en esos cinco años.
—Violeta, me pones nervioso —dijo, escapando una sonrisa inocente y atrevida al mismo tiempo.
—Massimo, no me hagas esperar más —contesté, jalándolo hacia mí.
Él volvió a besarme, y sentí su m*****o entre mis muslos. No pude evitar sentir que haber llegado virgen al altar fue la mejor decisión. Siempre quisimos que lo nuestro fuera puro.
Él entró en mí de una estocada; ambos nos miramos en ese instante. Era algo nuevo para nosotros. Sentía calor entre mis piernas e intenté moverme en reacción. Quería más.
—Ah, Massi… por favor, muévete tú también —gemí.
Él lo intentó, sé que lo hizo. Yo estaba a punto de llegar al orgasmo, lo sabía porque mis amigas me habían ayudado a identificar ese momento.
—¡Puta madre! —gritó, saliendo de mí en ese instante.
Se levantó de la cama y se vistió.
—Massi, ¿hice algo mal? —le pregunté, cubriéndome con las sábanas.
—No, no lo hiciste, preciosa —respondió.
—Entonces vuelve a la cama, conmigo —le rogué, envolviéndome en la sábana y caminando hacia él—. Te necesito.
Él volvió a la cama, pero no se quitó la ropa. Yo, en cambio, seguía desnuda y lo observaba en silencio.
—Massi, ¿estás bien? —le pregunté, tomándolo de la mano—. No te preocupes, podemos volver a intentarlo, tenemos una vida por delante juntos.
—Lamento hacerte esperar tanto para llevarte esta decepción —susurró, con la voz casi rompiéndose—. Mañana lo intentaremos, voy a compensarte.
—Massi, ha sido una semana pesada y mañana tenemos que despertar temprano para tomar el vuelo —dije, tomando mi ropa interior y mi pijama para vestirme—. ¿Podrías traerme unas toallitas desmaquillantes? Están en mi bolso.
Cambie de tema, pensando que así se quitaría la tensión.
Él me las trajo e, inclusive, me ayudó a desmaquillarme. Era atento y cariñoso, pero yo quería eso para lo que me había guardado tanto tiempo. Ahora tendría que mentir por el resto de mi vida diciendo que fue la mejor noche de mi vida, cuando en realidad fue patética. Y lo peor es que no se que pasó.
Antes de salir temprano a tomar el vuelo, arrojé a la basura la lencería que había escogido para la que debía ser la noche en que experimentara el sexo por primera vez.
Era blanca, con detalles discretos, y a la vez tan hermosa. La miré en el cesto de basura y sentí repugnancia.
Era demasiado infantil; como esperaba que llegara al final si era una lencería poco provocativa.