Me miro al espejo, y no me encuentro. Trato de reconocer al hombre que me devuelve su llorosa expresión, y no le conozco. Intento, intento escuchar las palabras de aliento de quienes me rodean, pero me saben a nada. —Soy una pesadilla. La pesadilla de cualquier peluquera — digo tratando de contener el dolor punzante de mi corazón ante esta situación trágica. —¡Yo te veo guapo! — me dice entusiasta Lucas. —No luces tan mal Gabriel, sinceramente — me dice forzada Jazmín. Sus palabras siguen sin hacerme efecto, menos en este salón de belleza improvisado que montó Jazmín en su oficina. Al ver mi gran gracia tratando de ser empático y un buen psicólogo, casi lloro. Pero que Jaz me guiase a una silla, me sentase frente a un espejo y comenzase a peinarme con crema para tratar de ocultar co

