Te recuerdo.

1753 Palabras
Había situaciones que lograban escaparse de sus manos y sentía que sólo le quedaba meditar en silencio su siguiente movida, pero había pocas opciones, pocas palabras y pocas oportunidades, así que debía moverse cuidadosamente si deseaba lograr justicia para ella. Conocía a su gente, y el ver el cuerpo de Adel le daría la posibilidad de reconocer a los atacantes. Tal vez Rebeldes o tal vez no, había responsables de ese acto y no podía salir impune. Era Adel, su amigo, su líder, el hombre que le había dado su apoyo, y más que nada: una oportunidad. Dar una oportunidad a un Rebelde era algo que distaba de la realidad, menos aún esperaba por ello viendo hacia atrás y reconociendo las cosas que había hecho. Consideró empujar la puerta para investigar, pero la puerta estaba sellada con magia Memoriae, sencilla pero fuerte y probablemente vigilada por hombres de Kir. Lydie había dormido unas cuantas horas, vio su teléfono y ya eran las 2 de la tarde. Ese sábado le parecía insoportable, largo, desagradable. No tenía señal, por la misma magia controlada por sus vigilantes. No podía comunicarse o hacer algo, más que pensar. Pero estaba cansada de pensar y no poder actuar. Algo en su interior vibraba, ¿rabia? ¿Desesperación? Se quedó acostada en la cama mirando el techo, ¿qué haría? ¿Decir la verdad u ocultar algunos detalles, mezclaros con un poco de verdad y mover las piezas a su conveniencia? Lydie no se consideraba tan hipócrita para hacer eso. "Hay muchas cosas que puede hacer un demonio, Lydie. Una de ellas, es mentir sin ser descubiertos. Admito que soy una de las mejores, y me he saludo con la mía muchas veces". Recordó a Larisa. Mentirosa, cruel, despiadada, Memoriae. Así era ella, su amiga, o ex amiga. Algunos decían que tal vez Larisa, la chica de cabello azul y corto, podía ser más que eso, llegaban a confiar que era una armadura y no realmente existía alguien tan cruel y desinteresado por los demás. Cuando Lydie empezó a conocer mejor a los Rebeldes, veía en ellos mucha ingenuidad. Larisa era como era, no había una armadura, esa crueldad era su única y verdadera piel. Un Memoriae de los despiadados, descontrolados e insoportables. Y claramente, en el instante que Lydie fue presentada ante Larisa en su nueva piel, la mujer de pelo azul no dudó ni un segundo en volverla su confidente al ver su fortaleza. No por realmente sentir confianza en Lydie, no. Era para poder usarla a su favor y saber cómo, dónde y cuándo podía mover esa ficha. Porque para Larisa, todos los que tenía bajo su mando, eran peones. Recordaba lo bien que mentía Larisa, sin siquiera usar magia, no temblaba, su pulso no se aceleraba, su rostro se mantenía sereno. Era una experta mentirosa, y muchos confiaban en ella, por temor, porque le debían algo, porque ella sabía muchas cosas o simplemente porque la veían como una líder. Los Rebeldes no tenían líderes como los clanes, pero había un acuerdo tácito entre ellos que dejaba claro quién mandaba y a quien nunca le prestarían atención ni porque rogara por ella. Para Larisa fue fácil hacerse sentir en el clan. Tenía una piel dura de penetrar para siquiera entenderla, pero ciertamente era astuta, cuidadosa, estratégica y algo muy importante: tenía contactos. Soplones, deudores, amigos, amantes. Había mucha gente a sus pies y entre sus manos. Lydie aprendió y vio muchas cosas. Había un sólo recuerdo que estrujaba su corazón, y desde ese día: buscó la manera de irse. Pretendía irse en silencio. No iba a convivir con ello y Larisa estaba muy equivocada si esperaba que Lydie siguiera bajo su mando. — ¿Te vas? — Susurró Larisa acercándose al oído de Lydie, quién estaba sentada viendo por la ventana mientras dibujaba. — No te escuché entrar. — Lydie no se sobresaltó, estaba esperando por ese momento. — Pero yo sí escuché muchas cosas. — Caminó hasta la ventana, se apoyó en ella mirando a Lydie y tapando la vista. — ¿Te vas? — Repitió un poco más molesta, mostrando su descontento. — Ya lo sabes, no sé por qué te sorprende. — Confesó Lydie cerrando la libreta, colocándola sobre su regazo. Larisa se acercó, tomo la libreta y regresó a su lugar en la ventana. Hojeo la libreta detallando los dibujos. — Estás enamorada de ese estúpido Seele. — Gruñó al ver el trazo delicado de Lydie, el rostro del Guardián se veía angelical, dulce, pero sensual. — Larisa, lo que pasó ayer... — Empezó Lydie. — ¿Qué pasó ayer, Lyd? Detállamelo, linda. — Ordenó Larisa, interrumpiéndola. Lydie aprendió que seguirle la corriente a Larisa era lo lógico. Pero no quería ser lógica. — Yo no voy a ser parte de... Eso. — Bramó Lydie, sintiendo la voz estrangulada. — ¿Qué sucedió ayer, Lydie Lacroix? Habla ya. — Exigió Larisa con más fuerza. Lydie bajó la cabeza, respiró profundo y la miró. Larisa era alta, esbelta, hermosa. Pechos grandes, cintura pequeña, caderas anchas. Su cabello azul oscuro era llamativo, sus labios eran gruesos, sus ojos tenían forma almendrados, sus pómulos eran altos y su nariz complementaba delicadamente sus facciones. Sus 23 años humanos le lucían con lujuria. — Me voy, te guste o no. — Dijo con firmeza Lydie. — Yo no voy a quedarme sabiendo que tú... — las palabras se atoraban en su garganta. Lydie a sus 19 años humanos ya tenía un carácter formado, pero aquello le superaba en creces. Sabía que todo lo que había visto a través de otros ojos, no estaba bien y le molestaba mucho como sólo podía ver pero no actuar en ese momento. — Te gusta un estúpido Guardián ¿sabes qué hago? Lo acepto. Cambias totalmente, ¿sabes qué hago? Lo acepto. Vas a verlo, vas a pasar las noches en el inframundo con él, vas a enamorarte de él, a dibujarlo, a conversar, a probablemente besarlo y adorarlo, ¿y adivina qué hago yo? — Rugía las palabras por la rabia. — Lo acepto. — Larisa estaba roja, respiraba con dificultad. Tomó la libreta y volvió a ver el dibujo del Seele. — No tienes idea de cuánto te odio. — Espetó mirando el rostro del Guardián en el papel. Lydie se sorprendió, realmente eso la descolocaba. ¿Era rabia o celos? No lo comprendía. Larisa estaba muy enojada en ese instante y el rubor cubría sus mejillas, mientras Lydie apretaba los labios. — Vete, Lydie. — Masculló, seguía sin mirarla— Pero algo sí debo decirte. — Hablemos de esto, somos amigas Larisa. — Lydie quiso levantarse, pero la peliazul levantó la mano y la detuvo. — Quiero entenderte, — confesó—, ¡pero eso está mal! Lo de ayer estuvo muy mal y tú lo sabes. Es asqueroso y... ¡agh! Larisa por favor, ¿por qué? De todas las cosas tú tuviste que elegir ir a... — Hay placer en lo prohibido, Lydie. — Admitió en un susurro, con una sonrisa ladina. — Está mal, está muy mal. Oliev no tenía por qué influir así en ti. Larisa nunca lo iba a admitir, pero se notaba que la sonrisa ocultaba el mismo repudio que ella se sentía por una adicción así. — Recuerda mis palabras, Lydie. —Se inclinó a su altura, bastante cerca de su rostro. — A los Rebeldes se nos conoce por traicionar, Lyd. No somos gente fiel, mucho menos leal. Por algo matamos como matamos, vivimos en medio del caos y enloquecemos como unos pobres animales… Tú sabes mucho, Lydie, y si tú me traicionaras, te dejaría vivir. Créeme. Pero nunca te dejaría vivir en paz. Eso no era una advertencia. Era una promesa. Y Lydie temió por ella. Pero se iría, no tenía nada más que hacer allí. Agradeció en silencio lo bueno que pudieron darle, pero las cosas malas rebasan el vaso, ya no seguiría siendo cómplice de algo que le revolvía el estómago. Larisa volvió a su lugar cerca de la ventana y miraba a Lydie con soberbia, sus manos estaban apoyadas en el marco de la ventana y sus uñas tamborileaban. Lydie se levantó de la silla y miró fijamente a Larisa, quién seguía sonriendo despreocupada. Se dio la vuelta suspiró. Antes de dar un paso, Larisa colocó su mano sobre el hombro de Lydie y la hizo voltearse hacia ella. — ¿Por qué él, Lyd? — Lamentó Larisa. — ¿Por qué te enamoraste de él? Yo te lo he dado todo, ¿por qué él y no yo? — Sus ojos estaban cristalizados. Lydie se enojó mucho con esa última frase, quería golpearla hasta matarla. — Porque nunca imaginé que tú placer lo encontrarías en secuestrar, matar y violar niños. — Aseveró en una voz bastante fúnebre. Una lágrima rodó por la perfecta mejilla de Larisa, el cuello de Lydie se tensó. — Porque él no mata demonios recién llevados a el mundo humano para hacer Criaturas Noctas — Siguió Lydie. — ¿Eso es lo que querías escuchar? Pues ahí lo tienes, Larisa. Tortúrame el resto de mi existencia si así lo deseas, pero yo no seré parte de esa porquería. — Alegó, dando unos pasos hacia atrás para observar mejor a Larisa. — Lyd...— Sollozó. Quiso acercase a ella pero la pelinegra negó con autoridad. — Todo tu papel de "soy inalcanzable" se lo tragan los nuevos, ya yo he convivido contigo lo suficiente para saber que tú visión del mundo es errada. No eres la reina del tablero, por más que creas que puedes moverte a todos lados como te plazca. Hay límites, hay límites hasta para nosotros. — Sentenció. — Tu papel de Memoriae, con otros... — Recriminó señalándola. — Pero yo te conozco lo suficiente para saber que en este momento estás a la altura de una Bestia, no eres un demonio respetable. Las lágrimas seguían brotando de los ojos de Larisa, pero se mantuvo seria. Su rostro seguía siendo hermoso aún con las gotas que bajaban por sus pómulos. Tragó saliva, asintió. — Puedes irte, está bien. Pero no esperes que suceda nada bueno para ti al ya no estar aquí. — Sentenció. Una digna reina de la tortura y la manipulación, así se le grabó el recuerdo de Larisa en la mente de Lydie, la cual sabía que sus promesas no eran vacías. Algo "bueno" debía tener, y eso era que realmente ella era fiel a su palabra.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR