La madrugada corría con tranquilidad, era un sábado más para todos, pero en la habitación dentro de la casa de los Jefes seguía creciendo la tensión.
- Solicité la presencia de Los Guardianes con urgencia, esto último una petición de Umay. – Explicó Seth.
- ¿Petición u orden sin derecho a réplica? – Cuestionó Lydie.
Seth se removió en su asiento, deseaba preguntarle a Lydie muchas cosas, sobre su pasado, los Rebeldes, su conversación con Adel, lo que había pasado el día anterior… Podía, de hecho, empezar a hacerlo. Los Guardianes aparecerían allí en la noche o el domingo a más tardar. ¿Un día para comprender a la misteriosa Lydie? Casi imposible, como la existencia misma de los demonios y allí estaban.
- ¿Puedo preguntarte de tu pasado, Lydie? – Solicitó, respirando profundo. Lydie asintió y Seth organizó sus ideas, midiendo muy bien sus palabras.
Tenerla allí delante de él, con el cuerpo de Adel en otro cuarto, le hacía temblar de rabia y preocupación. El jueves apenas estaban anunciando a sus postulados para Jefes del clan, y ahora tendrían a Los Guardianes en tierra de mundanos.
Los Guardianes eran demonios de al menos 4 metros y medio, casi rondando los cinco metros de altura. Cada r**a tenía su guardián y podían ser diferenciados por su aspecto a simple vista.
Los Guardianes del Alma, Seele, medían 4.80 metros de altura, parecían dioses de cuerpos fornidos y atléticos, el color de su tez era de tonos canela, cabellos rojos que llameaban por el fuego que destilaban, ojos totalmente negros y labios carnosos, rostros esculpidos con la delicadeza que se cincela el mármol; eran la inteligencia, la lógica y el razonamiento para todas las razas. Eran los líderes, se sentaban a la cabeza a la hora de un juicio pues su voto era lo suficientemente pesado para tomar las decisiones más difíciles. Sus voces eran profundas, graves y lograban silenciar a todos con un gesto ligero de sus grandes manos. Los Seele eran casi inmortales, tenían el poder absorber y devolver el alma a demonios y mundanos, trazaban estrategias y eran expertos en batallas, expertos en combate cuerpo a cuerpo y un amplio conocimiento en espadas, magia y rituales antiguos.
Los Guardianes de la Memoria, o Memoriae, medían 4.30 metros de altura, tenían un cuerpo andrógino; se les reconocía por ser particularmente hegemónicos y hermosos, pues decían que la memoria era algo que debía verse como algo precioso. Sus rostros tenían una forma delicada, sus ojos totalmente blancos, sus cabellos eran largos y lacios de un color perlado, se veían como ángeles caídos a los cuales no les arrebataron la delicadeza en sus rasgos. La pureza de sus cuerpos y el gris de sus ropas contrastaban con sus enormes alas negras. Tenían balanzas con ellos, y a veces largas espadas. Su poder se canalizaba en la magia, en hechizos poderosos. Eran la memoria de todas las razas, la justicia y el entendimiento para los demonios, también eran conocidos por ser los manipuladores, capaces de hipnotizar, eliminar y crear nuevos recuerdos.
Los Guardianes Caníbales, Kudya Munthu, sus 4.60 metros de altura los hacía la r**a más intimidante ya que sus cuerpos eran fornidos. Tenían cabezas de carnero, venados o toros, con torsos de caballos o toros; sus cuerpos quiméricos eran dignos de admirar. Sus pelajes naturalmente eran oscuros y brillantes, ojos rojos o amarillos con un brillo particular. Cargaban hachas, espadas, garrotes y látigos. En sus cuerpos y rostros había cicatrices, sus colmillos eran grandes, podían transformarse fácilmente de demonio a humano, algunos los llamaban “Los Perros de Batalla”, pues siempre eran llevados a formación a la hora de la guerra. Desde hacía siglos, eran la mano derecha de los Seele, por lo tanto se conocía de muchos clanes donde había Jefes Seele con manos derecha Kudya Munthu.
No era agradable pensar en esos seres subiendo del Infierno, con el olor particular del azufre inundando los bosques y la oscuridad de la noche envolviendo sus cuerpos, preparándose para escuchar los testimonios, dictaminar una sentencia e irse nuevamente con sus frentes muy en alto.
Si Adel hubiera muerto en el Infierno, el juicio sería llevado a cabo allí sin mayor problema, pero había sido atacado, logrando la muerte en ambos estados, su esencia demoniaca había sido corrompida y su cuerpo humano se estaba destruyendo.
- Lydie, ¿por qué te fuiste de tu clan? – Empezó Seth, era algo sencillo pero hasta eso desconocía de ella.
- No quería seguir siendo parte de ese caos mal organizado. – Respondió con desde al sentir una punzada que le abría la puerta de los recuerdos.
- ¿Por qué decidiste unirte a los Deamonium, y no a otro clan?
- Adel me dio la oportunidad, y no quise aventurarme con otros clanes.
- Tienes el conocimiento suficiente para entender que los Deamonium somos un clan grande, antiguo, respetable… ¿Esperabas ser aceptada entre nosotros? De no ser el caso, ¿qué ibas a hacer contigo de no entrar a ningún clan?
- Morir. – Respondió la última pregunta, apretando los dientes.
- Lydie, deja de esconder cosas. Eso no funciona conmigo, soy un Kudya Munthu.
- ¿Ascendiente directo o indirecto, de cuál pecado? – Retó Lydie, haciéndole un gesto con la cabeza.
- Vemos el miedo, Lydie. Y sé claramente que en este momento, no temes, pero sí tienes secretos y dudas. – Aseguró. – ¿Por qué te uniste al clan, qué buscaba una Rebelde?
- Ya empiezas a tratarme por mi pasado y no por mi presente, Seth. Empiezas a dudar de mí, cuando ya soy parte de este clan desde hace seis años. – Señaló, sin perder la calma esta vez. – Y lo entiendo, soy “la Rebelde esa”, y está bien. – Se encogió de hombros, pasó las manos por su cabello y sonrió sin ganas. – Pero en este instante, la piel de Adel empieza a hacerse gris en otro maldito cuarto y no sirve de nada saber quién soy, que hice y qué dejé de hacer, porque los verdaderos bastardos que asesinaron a nuestro líder aún rondan por allí, se ríen de ustedes y tienen algo mucho más difícil de manejar entre manos.
- ¿El qué, Lydie? – Se interesó Seth, entrecerrando sus ojos. - ¿Qué es lo que está sucediendo, según tú?
- Tengo la leve impresión de que ahora si te puede interesar abogar por mí. – Declaró Lydie, viendo que Seth ya empezaba a comprender mejor la situación.
La habitación que había empezado fría de tensión, ahora ardía por el deseo de una revelación. ¿Hablaría Lydie de su pasado, aún sabiendo que no podía confiar tan fácilmente, hasta con la posibilidad de que Seth fuese un perro espía de Umay? Aquello le aterraba, la pelinegra se andaba con cuidado. Mencionar su conocimiento en Criaturas Noctas la ponía contra la espada y la pared, y la única manera de encontrar estabilidad, era diciendo la verdad.
Y la verdad era una espada de doble filo. Pues no sólo era su verdad, era la develación de secretos de muchas décadas, meterse hasta lo más profundo del barro, halar del brazo a otros Rebeldes, en particular a ese que le miraba y le saludaba como un monstruo amenazante.
¿Le temía entonces a hundirse o a las consecuencias al abrir la boca? Lydie permaneció serena, sabía desde hacía mucho que ese momento podría llegar.
Pero no ese día.
Jugaría muy bien sus cartas.
Algo debía haber para ella que la mantuviera lo suficientemente erguida en la silla, evitando que cualquiera la pateara para caer y ser ahorcada.
- No creo poder hacer eso, Lyd. – Seth evitó su mirada.
- Te puedo contar muchas cosas, Seth, puedo ser tu Memoriae sí lo deseas. – Expuso Lydie. – Pero necesito confiar en que me ayudarás aquí, que tengo un aliado y puedo demostrar mi inocencia.
- Lyd, ¿temes morir? – Indagó.
- No, realmente temo lo que pueda pasar después de morir. Aún tengo cosas por hacer aquí, y entre mis planes no entra morir por algo que no hice. – Confesó con serenidad.
- Yo… Te apoyaré – Aceptó Seth. Recordó a Adel, había dicho que Lydie no era alguien más dentro del clan, ¿qué era, quién era? Aquello aún le causaba intriga, pero cedió más por el peso de la promesa a su amigo.
Alguien tocó la puerta, la conversación cesó y Kir le abría la puerta a Umay con una expresión bastante seria en su rostro.
La rubia sonrío al ver que estaban ambos allí.
- No podía esperar menos. – Aseveró Umay. Se quedó cerca de la puerta. – Ya son las 5 de la mañana, Seth, deberías ir a dormir un poco. Ha sido bastante ajetreada la noche, y Los Guardianes vendrán a las 9 de la noche, lo consideraron prudente. – Comentó serena. – Vamos, acompáñame. La Rebelde se quedará aquí vigilada por uno de los hombres de Kir.
Seth no consideraba lo más prudente tener a Los Guardianes en tierra mundana a esa hora, pero qué iba a decir contra esos seres que le tenían la vista puesta desde hacía unos años.
No había manera de que Umay se fuera sin Seth. Así que Lydie hizo ligero gesto para que se fuera, tal vez luego tendrían oportunidad de conversar y establecer un acuerdo, lo cual deseaba la pelinegra con intensidad. No iba a revelar nada, pero la intriga que surgía en Seth le era suficiente para mantenerlo de su lado.
Podía entenderse como manipulación, pero no había nada más qué hacer para la joven en esa situación.
Seth se levantó y salió de la habitación, Umay miró a Lydie una vez más, deseando su muerte en silencio para luego también retirarse.
Al escuchar la puerta cerrarse, bostezo del cansancio que había estado conteniendo. También debía dormir si no quería perder los nervios al ver a los Seele, detestan a los Rebeldes, hasta a los que deciden rehacer sus vidas.
El plan era simple hasta ese punto. Tener un aliado dentro de los Jefes, tener gente del clan que la apoyara y confiaba en que Farah se estaría encargando de ello, ver a Los Guardianes, defenderse, los Memoriae notarían que no estaba mintiendo y le darían la oportunidad de demostrar su inocencia.
Había una forma de arruinar su plan.
Una manera muy estúpida.
Pero sólo le quedaba dormir, y confiar.
“¿Cómo puedes confiar en demonios, Lyd? Demonios que te odian”. Fue lo último que pensó antes de quedarse dormida en una cama que estaba hacia una pared del cuarto.