Golpe bajo.

1931 Palabras
Lois y Prisco se miraron con un gesto de cierta victoria. ¿Ganarían, así de fácil? Ser jefes del clan Deamonium sonaba atractivo, casi como una meta lejana pero ahora estaba allí puesta en bandeja de plata frente a sus ojos. Pero no esperaban escuchar a Lydie retando a Umay, les erizaba la piel imaginar a esa vieja demonio luchando contra una Jefa con años de experiencia. Les interesaba, claro, pero no estaban allí para eso y les sorprendió el control que tenía Umay de la situación. Parecía que realmente iba a matar  a alguien, pero conocían las intenciones de la rubia. O eso podían asegurar ambos.   Reconocieron el gesto de Umay para tomar a Lydie y llevarla dentro de la casa.   - Puedo caminar sola, si vine hasta aquí por mi voluntad, puedo esperar un juicio justo con tranquilidad. – Espetó Lydie.   - Deja que cumplamos con los protocolos. – Murmuró Prisco cerca de su oído. La sonrisa se sentía sin siquiera voltear a verle. – Además, así siempre espere que te vieran en el clan. Ya no hay razón para confiar en ti.   Los pocos que estaban allí cambiaron sus gestos al ver a Lydie siendo llevada al interior de la casa como una traidora, una asesina de demonios. La mujer que había matado a un Jefe Deamonium.   Había algo en ese momento que le causaba cierto temor a todos los presentes, pero no había manera de negar que en ese instante el juego hubiera cambiado. Umay la miraba con recelo. Seth estaba cabizbajo, esperando el momento para hablar con ella. Kir estaba abriendo la puerta para llevarla a un cuarto y mantenerla bajo vigilancia.   - Que esto quede como una advertencia. – Anunció Umay antes de entrar a la casa. – El clan Deamonium no deja impune a los que vienen a jugar con nuestra confianza… Hay cosas que nunca cambian, y un Rebelde no es la excepción.   Farah apretaba los puños, aunque en los otros demonios había temor y desconfianza, algunos aún sentían que Lydie no era capaz de algo así. La relación que guardaban Adel y la Rebelde era difícil de entender, había una hermandad entre ellos que a muchos les causaba intriga. Eran amigos que compartían ideales, ¿por qué matarlo ahora?   Lydie fue guiada hasta una habitación en el fondo de la casa. Las habitaciones de los Jefes estaban en la parte superior y no era una agradable idea para los que estaban allí el tenerla cerca.   - Yo me encargo de ella, dile a uno de los muchachos de la Memoria que venga. No importa lo que diga Umay, necesito ayuda para cerrar la puerta con magia demoniaca si tanto desea que Lydie siga aquí para el juicio de Los Guardianes. – Kir siguió caminando tomando del brazo a Lydie, colocándola detrás de él para que Prisco y Lois no tuvieran oportunidad de protestar.   Los vio alejarse, y espero escuchar la puerta cerrarse. Se cercioró que no había nadie y volteo a ver a Lydie.   - Sé que tú tampoco confías en Um…   Un golpe directo a su estomago la hizo doblarse, más no sacarle el aire.   - No confío en ti. – Kir tomó a Lydie de los hombros para erguirla. – Apenas le creo a Umay, y Seth está congelado por ahora por los nervios de ver a Los Guardianes.   - Ese fue un golpe muy bajo, Kir, en más de un sentido, pero no podía espera menos de ti. – Lydie tragó saliva y miró divertida al Caníbal.   - El golpe es sólo por si fuiste tú la responsable y Los Guardianes deciden llevarte de una buena vez con ellos. – Se encogió de hombros.   Aquello no era una advertencia, era duda y desespero.   - Kir, mírame. – Flaqueó, confiar no era sencillo en ese momento, pero necesitaba aliados allí. – Mírame y dime siquiera que no confías en Umay, porque sabes que hay algo realmente extraño allí, algo que va a desatar un poco más que la muerte de un Jefe. Eres un Caníbal, tú sabes de instinto. – Lydie buscó en los ojos de Kir una respuesta, éste suspiró y esquivó el brillo intenso en la mirada de la pelinegra.   Hacer una acusación contra un jefe le aseguraba una tortura y la pérdida de la lengua, pero allí no había rangos al ver a un amigo muerto.   - Tienes que dejarme ver a Adel. – Lydie se aventuró en esa frase a algo que le podía traer muchos problemas, muchos más.   - Que habladora te volviste, Lyd. – Reconoció Kir, levantando una ceja. – Es como si ahora estuvieras con la cuerda al cuello, parada de puntitas en la silla esperando que alguien la empujara para verte caer.   Había odio en esa sentencia. Kir sentía rabia, sabía que podía hablar con Lydie y ella respondería sin mentir a sus preguntas, pero no quería conversar con ella en ese instante. Quería y deseaba golpearla, también quería golpear a Umay por ser una perra frívola y egoísta. Él sí había notado la manera en la que Umay miraba a Adel cuando estaba con Lydie, intuía que había un secreto entre esos dos y a Umay no le agradaba para nada. No quería y nunca quiso meter sus manos en una pelea de gatas en celo; pero comprendía claramente que la muerte de Adel no era una escena de celos y posesión de un demonio viejo. Era una declaración de guerra entre bandos. ¿Deamonium contra el anterior clan Rebelde en la que creció Lydie? Sonaba hasta absurdo, pero un demonio podía ocultar muchos secretos. ¿Valía el riesgo?, pensó Kir.   Kir escuchó la puerta abrirse y actuó con rapidez, tomo a Lydie del brazo derecho, abrió la puerta de la habitación y entró con ella ejerciendo fuerza casi de manera innecesaria pues Lydie no se oponía a aquel trato ni porque en su rostro había una clara muestra de disgusto. Pero como ella misma había dicho, Kir como buen Caníbal confiaba en su instinto y leía sus gestos sin tener que observarla con mucho detalle.   Lydie seguía planeando en silencio, trazando una estrategia.   Seth entró a la habitación y miró a Lydie sentada cabizbaja en una esquina con los brazos cruzados sobre su pecho. Kir estaba parado cerca de la puerta con las manos detrás de su espalda, bastante serio y distante. Seth sintió que podía la tensión dentro del cuarto podía cortarse como un hilo, Kir asintió en su dirección, volteó a ver a Lydie y salió dándole un apretón en el hombro a Seth, una pequeña advertencia.   - Pasaré a ser juzgada por cada uno de ustedes antes de que siquiera Los Guardianes muevan el culo hasta la entrada de esta casa, ¿no? – Escupió Lydie dejando caer sus brazos a cada lado, se enderezó en la silla y el brillo en sus ojos le hizo tragar saliva a Seth.   Cerró la puerta tras de sí, vigilando a Lydie y buscando por dónde comenzar la conversación.   - No sé quién lo hizo, pero si me dejan ver el cuerpo de Adel y encuentro justo lo que sé que habrá en él, te aseguro que yo misma iré a acabar con los responsables.   - Entonces, ¿sabes quiénes fueron? – Titubeó Seth.   Lydie se levantó hecha una furia. - ¿Crees que yo mandé a hacerle eso a Adel? – Discutió con una llama creciendo en su interior. No quería perder los estribos, pero empezaba a sentirse cada vez más asqueada de la situación.   Seth se sintió como un joven demonio, muy idiota, sin un poco de sentido lógico en su sistema, y sintió vergüenza. ¿Cómo iba a lidiar en ese momento con esa situación si no sabía ni qué decir?   - Habla, Seth. – Insistió Lydie volviendo a su asiento en una esquina.   - El jueves en la noche, cuando Adel volvió aquí, le pregunté algo que pudo tener respuesta, pero nunca apareció… - Seth ya no se sentía como un tonto, empezó a tomarse ese momento muy en serio. - ¿Qué es Adel para ti? ¿Cuál era la relación entre ustedes? – Preguntó sin pensarlo tanto.   Lydie no bajó la mirada, pero si se sintió un poco acorralada. No comprendía la obsesión por saber qué pasaba entre Adel y ella, pues sólo eran amigos.   - No sé qué quieres escuchar, Seth. – Lydie bajó los hombros con un ligero suspiro. – Entre Adel y yo no había nada más que amistad. Puedo jurarlo.   - Y yo también puedo jurar que había una manera en la que te miraba que no le dedicaba a nadie más. – Aseguró Seth acercándose a Lydie, tomó una silla y se sentó delante de ella. – Te cuidaba y se aseguraba de que todo estuviera resuelto para ti, a la hora de batallar te protegía como…   - Una amiga, Seth. – Interrumpió Lydie bajando la mirada por primera vez. – Sólo como su amiga. – Murmuró. - ¿Y qué importa ahora eso? Está muerto. Y puedo asegurar que yo no lo hice.   - ¿Qué dirás? – Seth no quería quedarse con la respuesta de una amistad, pero lo cortó hasta allí.   Lydie tragó saliva.   - ¿Cuál es tu coartada, Lydie? – Insistió Seth. Se encerraba algo dentro de la habitación, y no se podía diferenciar si los miedos de Lydie, la rabia latente de Kir detrás de la puerta, o el mar de dudas en el que nadaba Seth.   - Trabajo humano. – Murmuró. – Sé que es una porquería de coartada, ¿sí? Los humanos no son la mejor excusa para nosotros, ¿sí? Soy consciente de ello. Tengo muy en cuenta que los humanos no entran en asuntos demoniacos, no son coartada, ni escudo ni comodín. – Lamentó con tristeza, sabía que Olivia podría asegurar que pasó la tarde en la oficina, pero eso no pasaría sin primero sufrir un colapso nervioso al ver a un Guardián.   Involucrar a un humano en los asuntos de los demonios era una completa estupidez que ni al más pobre tonto se le ocurriría. No los usaban de testigos, pues se sabía lo fácil que era manipularlos para que defendieran a un acusado, además de que no los dejarían vivir después de ver a un Guardián o a los mismos demonios en su verdadera piel.   - ¿Tienes idea de lo jodida que estás? – Soltó con sarcasmo Seth.   - Créeme que lo tengo bien claro. – Musitó Lydie, hastiada.   - ¿Desde cuándo contestas así? – Carcajeó al verla encorvada en su asiento, experimentando más de una emoción. Se había acostumbrado a la joven pelinegra que asentía y aceptaba órdenes sin chistar.   - A todos les sorprende cuando los más callados abrimos la boca. – Aseguró Lydie. – Pues al estar siempre tranquilos, casi invisibles, percibimos con más atención lo que nos rodea y sabemos muy bien cómo actuar en los momentos que menos se esperan los que no nos tomaban en cuenta.   “Y por eso cuando me alejé de los Rebeldes, muchos lo tomaron como un chiste, otros como un antojo que se me pasaría, y Larisa entendió eso como una invitación a pelear. No era callada en esa época, pero sí sabía muy bien cuales palabras usar, donde y con quien estar. Ambas teníamos nuestras mejores cartas para el final, aunque nunca quedó claro cuándo fue el final de lo nuestro”. Pensó Lydie, volteando hacía la ventana sin ganas de que todo eso continuara. Quería que acabara o nunca hubiera sucedido.
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