Martes en la noche y Lois seguía creyendo que Lydie era el ser más aberrante e imbécil sobre la faz de la Tierra y todo lo que abarcaba el Infierno. Mirarla fijamente sólo le incitaba a golpearla hasta su muerte, pero sabía que debía ser precavido. Se lo repetía constantemente, él era más inteligente que esa sucia Seele. Lo único que le alegraba es que cada día que pasaba, más personas le sentían casi el mismo asco que él. Lydie Lacroix era la paria de los Deamonium, y no faltaba mucho para acabar con ella. Ese martes era crucial para que cada vez estuviera más cerca de su muerte, y Lois lo anhelaba con cierta emoción.
¿Cómo no sentirse feliz si la gloria ya iba a estar entre sus manos? Su plan le hinchaba el pecho de un gran orgullo, que le era usualmente difícil de ocultar. Sus amigos sólo veían como su líder había demostrado ser merecedor de su puesto, y ni una basura Rebelde podría hacerle mella a alguien y grande como él. Era Lois Failde, un verdadero Seele, quien merecía ser nombrado Jefe del Clan Deamonium; pero era obvio que había mucho más detrás de ese título. Había algo que Lois codiciaba, y la mujer de cabello azul lo entendía mejor que nadie.
Hastiado de verla, hizo una ligera seña con su mano girando la muñeca con el dedo índice levantado.
La brisa fría marcaba la diferencia de cambio de mes, agosto finalizaba, y septiembre traía consigo nuevos aires que obligaban a andar con chaquetas gruesas por las noches si no querías morir congelado.
Los hombres caminaron devuelta a la camioneta, Prisco manejaba, Farid era el copiloto y Lois iba atrás hablando por teléfono, aseguraba cosas que hacían apretar los labios a Farid y hundía ligeramente el pecho de Prisco. Lois sonreía en la oscuridad de la camioneta, esa noche harían algo que cambiaría el curso de la historia. Y Lydie sería la primera en saberlo.