"¿Por qué no te ves feliz? Mi ahijado puede nacer en cualquier momento". me pregunta Pamela, desconcertada.
"¿Sabes por qué?" gruño, molesta. "Llevo nueve meses embarazada y esta barriga enorme no me deja ver mis propios dedos de los pies. Ni siquiera puedo ponerme los zapatos. ¿Tienes idea de lo frustrante que es cuando algo se cae y no puedo ni siquiera recogerlo?"
"Bueno, ahora que lo mencionas, fue bastante divertido verte en el suelo luchando por levantarte", responde mi amiga con un tono burlón.
"¡Cállate, Pamela!" exclamo, sintiendo una mezcla de enojo y vergüenza. "Te reíste a carcajadas y no me ayudaste en absoluto. Fue tan humillante tener que llamar a Bruno para que me levantara".
Ella se encoge de hombros. "Al menos puse una almohada debajo de tu cabeza".
"¡Tú!" respondo, con los dientes apretados.
"No te estreses, Cris. No es bueno para Tobi", dice Pame tratando de remediar la situación.
"¡Eres tú quien me estresa!" exclamo, frustrada.
"¡Cálmate, mujer!"
He tenido suficiente; Voy a ignorarla.
"¡Tengo hambre!"
"¡Pamela, soy yo la que está embarazada, no tú!"
"Pero, Cris, yo no sé cocinar, y tú sí".
Enojada, camino a la cocina. Estoy tan harta de todo. Extraño tanto poder dormir tranquila. Los momentos de descanso son demasiado escasos. Estoy tan desesperada. ¿Por qué no has nacido ya?
"¿Qué vas a cocinar, Cris?" pregunta Pamela impacientemente, comportándose como una niña pequeña. Ella me rodea y me pongo tensa. Estoy controlando mi impulso de golpear a mi mejor amiga. "No necesitas llorar si no quieres cocinar".
"No es eso", respondo, sosteniendo mi gran barriga. "¡Viene Tobías!"
"¡¿Qué?!" pregunta ella, confundida.
"Tobias va a nacer pronto. Muévete y ayúdame. ¡Pamela, sal de mi camino, maldita sea!"
"¡Sí! ¿Qué debo hacer?"
"Toma la bolsa del armario blanco, a la derecha del escritorio en mi habitación... ¡Pamela, date prisa, duele como el infierno!"
Gotas de sudor caen de mi frente, una fina capa de humedad cubre mi rostro. Leí que esto sería doloroso, pero es aún peor de lo que imaginaba.
Con dificultad, me dirijo hacia la sala y Pamela me mira con preocupación.
"¡Voy al hospital!" grita mi amiga mientras sale corriendo por la puerta. ¿En serio?
"¡Pamela, te estás olvidando de mí!" gruño con todas mis fuerzas.
"¡Lo siento!" se disculpa sinceramente.
"Solo ayúdame", le pido, sintiendo cómo las contracciones se vuelven más intensas.
Nerviosa, Pamela duda en abrocharse el cinturón de seguridad mientras el motor del auto ruge. Mis palabras salen llenas de frustración y desesperación. "Si no enciendes el maldito auto, te echaré y conduciré hasta allí, ¡incluso si tengo que hacerlo sola!"
Mi amiga no responde. Finalmente, arranca el vehículo y conduce como una maníaca, zigzagueando entre los autos. Cierro los ojos, sintiendo una mezcla de miedo por el dolor y la preocupación por la conducción temeraria de Pamela.
Cuando llegamos al hospital, las contracciones me sacuden y me llevan en silla de ruedas hacia la sala para cambiarme. El dolor se intensifica y mis súplicas desesperadas a las enfermeras caen en sus oídos que parecen ser sordos. "No puedo soportarlo más. ¡Por favor, sáquenlo!", imploro con lágrimas en los ojos.
Cuando llegamos a la sala de partos, vi a Pamela parada en la puerta con ropa quirúrgica, caminando ansiosamente hacia mí.
"¡Cris, no puedo hacerlo!"
Agarro su cuello y la miro con ojos inyectados en sangre. "¡Si no entras, olvídate de ser la madrina de mi hijo y de nuestra amistad! Mi cuerpo se está desmoronando y tú dices que no puedes hacerlo. ¡Entra ahora!", le exijo con un tono amenazante.
Como un pollito asustado, ella asiente con la cabeza y me acompaña adentro. La tortura continúa.
"Han pasado más de 30 minutos y el bebé aún no ha nacido. ¿Por qué?", pregunta Pamela nerviosa al doctor, quien parece ignorarla. "¡Cristina, tienes que hacer un esfuerzo!", me regaña mi amiga mientras le aprieto la mano con enfado. "¡Ay, me vas a romper la mano, Cristina! ¡Me duele, suéltame!", se queja ella.
"Cállate, o te golpeo. ¿Crees que no estoy haciendo un esfuerzo? Siento que voy a morir en cualquier momento, ¿y me estás diciendo que no es suficiente?", respondo con furia, dejando en claro mi frustración.
El médico instruye: "¡Ahí viene! Empuje con todas sus fuerzas". Con lágrimas en los ojos, hago lo que me pide. El dolor cede y siento como si mi cuerpo se volviera más ligero, pero pronto me doy cuenta de que estaba equivocada. Mi estómago se vuelve aún más doloroso.
"Tienes que empujar de nuevo. Si lo haces una vez más, saldrá", dice el doctor.
Fijo mi mirada llena de odio en el médico que me grita. En ese momento, también desearía que simplemente saliera de mi cuerpo.
Reuniendo las últimas fuerzas que me quedan, hago lo que puedo. Un sabor ácido llena mi boca hasta que escucho el llanto del bebé.
"¡Felicitaciones, señorita! Ha dado a luz a un bebé muy saludable", anuncian con alegría.
Mi corazón, tenso hasta ese momento, se relaja finalmente, y mis ojos, cargados de cansancio, se cierran lentamente. La extenuación me consume por completo, dejándome sin fuerzas para mantenerlos abiertos.
De repente, una voz preocupada irrumpe en mi calma. "¡Cristina! ¿Qué te pasa? ¿Qué le sucede? ¡Se ve muy pálida!"
A pesar de los gritos histéricos de mi amiga, me siento inmovilizada, incapaz de responder o abrir los ojos. Todo lo que deseo en este momento es descansar, liberarme de la agotadora experiencia que acabo de vivir. El silencio envuelve mis sentidos, y poco a poco, todo se vuelve pacífico. Ya no escucho nada más que la calma que se ha apoderado de mí.