Miro fijamente la botella, deseando desesperadamente que el torbellino de voces en mi cabeza se calle de una vez por todas. No puedo soportarlo más. Sintiendo un impulso avasallador, tomo un puñado de pastillas, aferrándome a la esperanza de que surtan efecto y me libren de esta angustia incesante.
"¿Crees que puedes silenciarme? Yo soy tú, y nunca te liberarás de mí", susurra una voz retorcida en mi mente, inundando mi consciencia con su presencia siniestra.
"¡No eres real, tienes que callarte!" grito histéricamente, luchando contra la intrusión implacable de mis propios demonios internos.
La voz se burla de mí, riendo con malicia. "Ja, ja, ja. Eres tan inútil, tan desesperadamente inútil que es imposible que eso suceda. Por cierto, ¿disfrutaste los dulces que acabas de comer?"
La horrorosa revelación golpea mi conciencia de lleno. Abro los ojos con espanto, dirigiendo mi mirada hacia la botella que sostengo en la mano. Lo que deberían ser pastillas se ha transformado en un bote de caramelos. Un escalofrío recorre mi cuerpo mientras la realidad se desdibuja ante mis ojos. Instintivamente, cierro los ojos, buscando escapar del engaño cruel que mi mente ha urdido. Pero al abrirlos nuevamente, sigue siendo un bote de caramelos lo que encuentro en mi mano temblorosa.
La ira y la frustración me inundan, y sin pensarlo dos veces, arrojo la botella contra la pared con furia. "¡Maldita sea, sal de mi mente! ¡Muere y déjame en paz!" exclamo con todas mis fuerzas, deseando desesperadamente deshacerme de las voces que me torturan sin descanso.
La voz persiste, implacable en su malicia. "Si quieres que muera, tienes que acabar con los dos. Tu arma está sobre el tocador; termina con todo de una vez. ¿Por qué sigues viviendo? ¿Es divertido ser el juguete s****l de Marian? ¿Cómo se siente saber que nunca conocerá a su hijo? Y Cristinita se lo debe estar pasando muy bien con tu primo ahora mismo".
La rabia se mezcla con el miedo, convirtiéndose en una tormenta incontrolable dentro de mí. Siento la necesidad abrumadora de enfrentar la realidad y rendirme ante la oscuridad que me consume. La idea de acabar con todo se hace cada vez más tentadora.
"¡Callate la boca!" Gruño sin poder hacer nada, corriendo hacia la pared y golpeando mi cabeza contra ella.
Intento apoyarme en ella, pero es inútil. Todo gira y nada se detiene. Se me revuelve el estómago, me sube un líquido asqueroso a la garganta y vomito todo lo que hay dentro de mí. Caigo de rodillas en mi propio vómito.
¡Muy patético! ¿Es así como quieres presentarte ante tu hijo? Me avergonzaría ser él. ¡Jajaja! ¿Qué pensaría Cristinita si te viera ahora? ¿Crees que ella te aceptará? Necesitas enfrentar la realidad y rendirte. Mátalos a todos, a Marian y a sus hombres. Finalmente, termina con tu repugnante y lamentable vida.
Las palabras retumban en mi mente, mezclándose con la autodestrucción que me consume. Mis ojos arden con lágrimas que se niegan a caer, mientras mi pecho se oprime con un peso insoportable. Observo mi propio vómito, el olor nauseabundo que emana de él, y me sumerjo aún más en la oscuridad de mis pensamientos. "¿Debería acabar con todo?... Cristina se fue y nunca volvió por mí. No quiere que conozca a nuestro hijo. Se escapó de la mierda que la rodeaba, y yo estaba incluido".
Con un esfuerzo sobrehumano, levanto mi cuerpo exhausto y lo arrastro hasta la sala. Mis ojos se posan en mi mochila, y con un gesto de desesperación, arrojo todo al suelo hasta encontrarla. La reviso y esta cargada, ¿Está es la última bala?
Siento su textura fría ¿Debería hacerlo?
"¡Mocoso! ¿Qué diablos te pasó?" exclama Joseph, interrumpiendo el caos desatado en mi mente.
Levanto la cara y mis ojos se encuentran con los suyos. Una mezcla de desesperación y determinación se refleja en mi mirada mientras sonrío siniestramente y coloco el cañón de la pistola contra mi cabeza.
"¡Viejo, terminaré con todo!" afirmo con una determinación desesperada.
Pero Joseph no se queda de brazos cruzados ante mi declaración. Su voz resuena con una urgencia sincera. "¡Deja de decir estupideces y baja la maldita arma!... ¡Mocoso!"
Un par de ojos destrozados me observan fijamente, desafiándome a tomar una decisión que podría cambiarlo todo.
"Escúchame, hay una salida a todo esto. Te lo juro, la encontraré. Pero debes bajar el arma, Malcolm, ¡bájala ahora!" implora Joseph.
Después de escuchar sus palabras, vacilo durante unos interminables tres segundos. Finalmente, tomo mi decisión y aprieto el gatillo. Pero en lugar de la liberación esperada, solo encuentro la fría realidad de una bala que se ha salido del cargador.
Antes de que pueda reaccionar, el anciano me arrebata el arma de las manos. Sus manos arrugadas y fuertes muestran una determinación que me sorprende. Él me arrastra hasta el sofá de dos cuerpos, no muy lejos, y se sienta junto a mí, abre las cortinas permitiendo que el abrasador sol inunde la habitación a través del ventanal.
Joseph extiende su mano y la posa en mi espalda. Unas cuantas palmadas suaves son suficientes para quebrar lo que ya estaba roto desde hace mucho tiempo. Las lágrimas comienzan a caer, pero me encuentro en una extraña quietud emocional. Viendo que no tengo ninguna reacción, Joseph me abraza con fuerza, ofreciéndome su apoyo incondicional.
"Si necesitas llorar, llora. Si necesitas desahogarte, te ayudaré. Y si quieres enfrentarte a esos bastardos, lo haremos juntos. Mocoso, eres más fuerte de lo que crees. Simplemente has estado rodeado de inmundicia y parece que tienes una extraña habilidad para atraer a los perturbados a tu vida. Pero aún hay una salida: ser más fuerte que ellos, lo suficientemente fuerte como para aplastarlos y proteger todo lo que amas. Huir no nos llevará a ningún lado, ya lo hemos comprobado.
Debemos ser mejores y más fuertes que ellos, porque los fuertes gobiernan y los débiles obedecen..."
"Joseph, soy el prostituto de Marian. ¿Dónde crees que puedo ser más fuerte que ella? ¿Por qué no me dejaste terminar con esta mierda?" mis palabras salen cargadas de desesperación.
"Eres mucho más que esa mierda, Malcolm. No te rebajes. Lucha. Ahora no estás solo, tienes a tu mujer y a tu hijo a tu lado", responde Joseph con convicción.
"Ella se escapó. Nunca volvió por mí. ¿Dónde la ves?" mi voz se quiebra en un tono de amargura y dolor.
"Malcolm, ¿no crees que eres digno de ella? ¿De su amor y apoyo?"
"No lo soy, déjame terminar con todo", respondo con desesperanza, sintiendo cómo la presión y la oscuridad amenazan con consumirme por completo.
Mi respiración se vuelve errática. No puedo soportarlo más. Caigo al suelo y fijo mi mirada en el anciano.
"¿Has recuperado la cordura?", Inquiere el viejo con voz entrecortada.
"Me golpeaste, maldita sea. ¿A quién estás ayudando al hacer esto?", pregunto con frustración, sin entender sus intenciones.
"Te estoy ayudando, mocoso. Pero necesitas volverte merecedor de lo que deseas. Si tienes poder, puedes tomar el control de lo que quieras", responde Joseph, mirándome directamente a los ojos.
"¿Es eso cierto?", murmuro, sintiendo una pequeña chispa de esperanza en mi interior.
"Estoy seguro de ello, Malcolm. Tengo un plan, posiblemente nuestra última oportunidad. No será sencillo, pero podría ser nuestra salvación para ser libres y dejar de ser marionetas en manos de ellos", dice, refiriéndose a Marian y sus secuaces. "El único inconveniente es que tendrás que soportar la presencia de Marian un poco más. Necesitaremos tiempo para prepararnos y ejecutar nuestro último plan", explica.
"¿Último plan?"
"Sí, mocoso. Si no logramos tener éxito, te prometo que ambos pondremos fin a esta mierda. Dos balas serán suficientes para liberarnos de todo esto", responde Joseph con una seriedad sombría
El peso de sus palabras se cierne sobre nosotros. Dos balas. Dos vidas en la balanza. Pero en medio de la oscuridad, se abre una pequeña ventana de esperanza.
"Estoy escuchando", digo finalmente, aceptando el desafío y la posibilidad de tomar el control de mi vida y proteger a quienes amo.