Capitulo 32-Malcolm

2110 Palabras
Envuelto en esta mierda otra vez, ¿por qué cuando parece que todo finalmente terminaría, en realidad me hundo más en el lodo? Miro a la persona que yace inconsciente a mis pies, sintiendo una mezcla de agotamiento y rabia. Le doy una patada en las costillas y el cabrón se mueve, recordándome que sigue con vida. "Niño, si sigues así, lo vas a matar", advierte el anciano que camina hacia mí. "¿Tienes el pago?", le espeto, sin desviar la mirada de la escena. El viejo levanta un fajo de billetes y gruño, caminando hacia el auto con él. Sigue mis pasos mientras doy un portazo y me siento al volante. "¿No conducirás?" bromea Joseph mientras entra en el automóvil. ¿Conducir? Si no fuera por Cristina y mi hijo, ya me hubiera tirado por el precipicio. Maldita sea, ¿cuándo terminará todo esto? Ya no puedo soportar esta carga. Parece que la felicidad es inalcanzable para mí, como si estuviera prohibida. ¿Cometí errores? Sí, y muchos de ellos, pero me forzaron a convertirme en el monstruo que soy hoy. El mundo me ha transformado en esto, y cada vez me siento más enfermo por dentro. Bajo la ventanilla del auto y mis ojos se cierran involuntariamente. Las imágenes de ese maldito día me persiguen sin descanso, torturándome una y otra vez. Mi maldita mente insiste en atormentarme, añadiendo más peso a mi ya abrumadora carga. Hace tan solo tres días, pensé que finalmente sería libre, pero todo se fue por el desagüe. La pregunta sigue resonando en mi mente, sin una respuesta clara ni consuelo a la vista... ¿Por qué?... 'Salgo del auto y me encuentro frente a la cabaña en ruinas, un lugar bastante repugnante. Joseph me sigue, desconcertado, tratando de entender qué está sucediendo. "¿Es este el lugar? ¿Estás seguro?", pregunta, tratando de ponerse al día. "No, pero ya estamos aquí", respondo, caminando hacia el baúl del auto para sacar la basura. "Hemos llegado a tu destino, Ricardo", murmuro con satisfacción. Ricardo, aún afectado por los efectos de la droga, se retuerce en el suelo. Me alegra ver que está recuperando la conciencia, pronto podrá disfrutar plenamente de lo que su querido amigo le ha preparado. Arrastro a Ricardo hasta la puerta y llamo. Un hombre harapiento sale de la cabaña, su cuerpo emite un fuerte olor a descomposición. Dudo si hemos llegado al lugar correcto y le pregunto: "¿Héctor?" El hombre harapiento sonríe, mostrando la falta de todos sus dientes frontales y solo unos pocos que quedan en su boca. Cuando siento su aliento en mi cara, siento náuseas. "¿Malcolm?", pregunta, reconociéndome. Asiento con la cabeza. "Te traje a tu querido Ricardo", le informo. Héctor se alegra al ver a Ricardo en el suelo, a pocos centímetros de él. Lo sujeta por el pelo y lo arrastra hacia el interior de la cabaña. "¡Espera!" exclama Joseph, el viejo. "¿Vas a matarlo?" "Claro, pero primero quiero jugar con él. Hay muchas deudas que saldar, ¿no crees, Ricardo?", responde Hector con una sonrisa retorcida en su rostro. Ricardo tiembla en el suelo, lágrimas frescas manchan su rostro. Tarde o temprano, la retribución siempre llega. Una media sonrisa se forma en mi rostro. Ricardo tiembla en el suelo, con lágrimas frescas manchando su rostro. Tarde o temprano, la retribución siempre llega. Mi satisfacción crece ante su miedo y desesperación. "Tienes 15 minutos para hacerlo, o me encargaré de terminarlo por ti", advierto a Héctor que esta disgustado, pero no tiene otra opción. "¿Sabes quién soy?", pregunta Héctor, parándose frente a mí, es ligeramente más alto. "No, y no me importa porque no estoy preguntando. Esto es una advertencia", respondo con rabia. ¿Cree que logrará infundirme miedo? "15 minutos, entonces. ¡Ja, ja, ja!" Héctor sostiene su protuberante barriga y su rostro se vuelve aún más grotesco de lo que ya es, con la piel cubierta de mugre. "Cuando se acabe el tiempo, llama a la puerta", añade antes de entrar de nuevo en la cabaña, arrastrando a Ricardo adentro y cerrando la puerta de golpe. "Niño, ¿quieres un cigarrillo?" Joseph extiende la cajetilla hacia mí. Me acerco y tomo uno. "El último paquete antes de mi libertad", murmura, dejando escapar un largo suspiro. "Mi esposa los odia, al igual que mis hijos. Detestan el olor a tabaco. Después de hoy, juro que no volveré a tocar un cigarrillo en mi vida. No quiero entristecerlos más". "¿El tabaco es malo para los bebés?", pregunto, intrigado. "Muy malo, niño. Tendrás que despedirte de esto también y esforzarte por recuperar a esa mujer que fue capaz de penetrar esa piedra que llamas corazón", responde Joseph con seriedad. "¡Jódete, viejo! ¿Desde cuándo te has vuelto filósofo?" respondo con alegría. Extrañaré estas conversaciones. ¿Así se siente tener un padre? Tendré que aprender; no quiero que mi hijo pase por tanta porquería como yo. Exhalo el humo de mis pulmones, miro el reloj y solo ha pasado un minuto. "Terminará pronto, chico, no seas impaciente". "Sí, casi ha terminado". Nos quedamos en silencio, esperando que el tiempo pase, sentados en el capó del auto, mientras escuchamos los interminables gritos de Ricardo Después de 14 minutos, finalmente llega la hora. Me pongo de pie y el anciano me sigue. Solo queremos que esto termine. Antes de llamar a la puerta, escuchamos un grito proveniente del interior. "¡Entren! ¡Adelante!" Abro la puerta y el panorama que se revela es inhumano. Ratas, basura y sustancias desconocidas cubren el suelo. "¡No dejes que nada te muerda, a menos que quieras terminar en el hospital!" grita Joseph, mirándome con preocupación. Le lanzo una mala mirada, hemos estado en lugares más asquerosos y peligrosos que este. Seguimos los gemidos y la vista que encontramos es espeluznante. Todos los dedos de Ricardo están en un frasco, junto con sus orejas. El anciano palidece al verlo cubierto de sangre. "Ya han pasado los 15 minutos", le advierto, recordándole el límite de tiempo. "Lo sé. Es hora del gran final" "Entonces acábalo de una vez", ordeno impaciente. Sabía que estaba lidiando con alguien trastornado, pero no esperaba que llegara tan lejos. Héctor toma el cuchillo y lo hunde en el cuello de Ricardo con una macabra sonrisa en su rostro. Lentamente, mueve la hoja, y Ricardo se retuerce como un animal herido hasta que su vida se apaga por completo. "¿Ya está? ¿Se ha terminado?" pregunta Joseph, con incredulidad en su voz. "Sí, viejo, es hora de irnos. Fue un placer visitarte, Héctor", respondo, tratando de ocultar el escalofrío que recorre mi espalda. "¿Puedo quedarme con su cuerpo?" pregunta Héctor, abrazando con entusiasmo el cuerpo sin vida de Ricardo. Joseph me agarra del brazo, temblando de miedo. "Claro, vamos a marcharnos", respondo, tratando de contener la repulsión que me produce la escena. "Ten un viaje seguro." "¡Gra-gracias!" contesta Joseph con nerviosismo. Lo guío fuera de ese lugar maldito. "Sube, nos vamos". Pero él no se mueve. Abro la puerta y lo empujo hacia el asiento. "¿Tomamos unas cervezas?", sugiere Joseph, buscando algo de normalidad en medio de la pesadilla que acabamos de presenciar. "Claro, viejo, disfrutemos de nuestra libertad", respondo, tratando de ignorar la extraña incomodidad que aún late en mi interior. "¡Sí, sí!", exclama Joseph, intentando encontrar consuelo en la idea de escapar de todo aquello. Sacudo la cabeza mientras estaciono el auto, mis ojos oscurecidos por la tensión. ¡Maldición, nos están siguiendo! "¡Niño, ten cuidado!", advierte Joseph, su voz cargada de preocupación. Mis ojos se abren de par en par cuando veo el camión acercándose. "¡Maldita sea!", exclamo, girando bruscamente hacia la ruta estatal 42, la autopista que se extiende desde el oeste en SR1 en Westchester hasta la I-5 en Norwalk. La carretera se despliega frente a nosotros, con una longitud de 30.3 km. Mierda, si seguimos así... No quiero ni pensarlo. Debe de haber una alternativa. Este auto torpe tiene una velocidad máxima de 180 km/h y una velocidad media de 120 km/h. "¡Se nos están acercando!", grito el viejo, siento el corazón latir desbocado en mi pecho. Piso el acelerador a fondo, y todo lo que escucho es un fuerte chirrido de neumáticos mientras dejamos atrás un rastro n***o en el asfalto. En un abrir y cerrar de ojos, nos aproximamos a una serie de curvas peligrosas. Agarro el volante con fuerza, mis nudillos palideciendo por la tensión. La preocupación gotea de mi frente, cubriéndola con un fino y denso sudor. Los ojos del anciano se encuentran con los míos, reflejando el terror compartido. "¡Estas curvas son mortales! Si no tenemos cuidado, pueden destruirnos", advierte Joseph, lo sé. Acelero una vez más, llevando el vehículo al límite, pero la persecución persiste implacablemente. "¡Malcolm, maldita sea, todavía nos están siguiendo!" grita Joseph desesperado, sudando profusamente. No importa cuánto lo intente, la distancia entre nosotros y nuestros perseguidores se mantiene constante. Choco mis muelas con frustración, luchando por mantener el control del automóvil en medio de la creciente angustia. Mientras nos aproximamos a la siguiente curva, mi instinto me hace disminuir la velocidad de manera abrupta. Logramos sortearla con éxito, pero la calma es efímera. Un impacto desde atrás provoca que pierda el control del coche y terminamos estrellándonos contra las barreras de seguridad. "Mierda..." El golpe es tan intenso que me siento desorientado. Finalmente, alzo la cabeza sin vomitar y me encuentro con el cañón de un arma apuntando directamente a mis ojos. El anciano yace inconsciente, siendo llevado por dos individuos desconocidos. "Viejo", murmuro con impotencia. Permanece inmóvil. No me queda más opción. Me rindo. "Eres la primera persona que anhela su muerte con tanta ansiedad. Es una lástima por tu rostro bonito", dice una mujer rubia, pálida como la muerte, de figura prominente y una sonrisa traviesa en su rostro. "Pero veamos el lado positivo. Ahora estás a salvo, cariño, y a partir de hoy podrás ser mi nuevo juguete hasta que me aburra". "Estás completamente loca. ¿Quién diablos eres?" Se acerca a mí y levanta mi barbilla. "A partir de hoy, soy tu dueña". "¡Eres una desquiciada de mierda!" "¿Loca? Soy mucho más que eso, y desde hoy soy tu jefa. Tomaré el lugar de Ricardo, y tú tomarás el lugar de mi perro personal..." Antes de que termine de hablar, escucho nuevos pasos acercándose. "Creo que mi nueva mascota necesita un poco de entrenamiento. Hoy nos divertiremos, cariño". Ella hace una señal y los secuaces comienzan a golpearme. Intento defenderme, respondiendo a sus ataques, pero una vez que logro liberarme, la paliza se vuelve unilateral debido a la cantidad de hombres que me rodean. El aire se escapa de mis pulmones, me falta la respiración y finalmente la oscuridad me envuelve por completo.' "Niño, hemos llegado. Despierta". Miro a Joseph, tratando de volver a cerrar los ojos, pero una mano descansa pesadamente sobre mi pecho. "Marian", gruño. "Querido, me complace que todo haya salido según lo planeado. Hoy recibirás tu recompensa", murmura seductoramente. Besa mi cuello y si pudiera, cortaría sus repulsivas manos de un solo golpe. "Si quieres recompensarme, déjanos salir de este maldito infierno", le digo con determinación. "Cariño, ¿sabes por qué sigues vivo?", me pregunta, pero no respondo. No tengo ningún interés en escuchar las palabras que saldrán de su boca retorcida. Ella agarra mi cuello, pero mi rostro permanece impasible. ¡Maldita enferma! No permitiré que disfrutes de esto. "Cariño, aún no has derramado una lágrima por mí. Eres tan cruel", dice pausadamente, luego abre la puerta y se sienta sobre mí. "Pero bueno, debo recompensarte por cuidar de Ricardo. Ese día, te me adelantaste. Tenía planeado torturarlo". Sus húmedos besos caen sobre mi cuello mientras ella desliza sus manos debajo de mi camisa, acariciando mi pecho. No me muevo, resisto su contacto repulsivo. "No estás siendo honesto, cariño, pero incluso si tratas de negarlo, tu cuerpo habla por sí solo", murmura. Luego, desabrocha mis pantalones y ordena: "Todos fuera, necesito un momento a solas con mi mascota, pero primero, entrégamelo". Uno de sus secuaces le entrega una jeringa. Ella la toma y la sumerge en mi brazo. El anciano intenta avanzar, pero es detenido. El líquido entra en mi cuerpo y pierdo toda fuerza de voluntad. "Ahora te comportarás". Ahora, seré su títere. Arrastran al anciano fuera de mi vista y pierdo el último rastro de dignidad que me quedaba.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR