Capítulo 28-Malcolm

781 Palabras
"¡Malcolm! ¿Qué diablos estás haciendo? ¡Déjalo ir, maldita sea!" grita Joseph desesperado. Lo ignoro. ¿Cómo se atreve este tipo a insultar a la madre de mi hijo y pensar que no habrá consecuencias? "¡Detente! Si Ricardo se entera de que has masacrado a uno de sus guardaespaldas de esta manera, ¡no te lo pondrá fácil, mocoso! ¡Detente, maldita sea!" Sin embargo, su voz solo alimenta mi ira y determinación. Sonrío siniestramente mientras continúo golpeándolo sin piedad. Cada golpe está cargado de mi deseo de que sufra tanto como se merece, como la repugnante rata que es. "Ricardo, déjame ir", le advierto, forcejeando con los lacayos que luchan por mantenerme bajo control. "Tus alas han crecido demasiado, tch", responde Ricardo con desprecio, disfrutando del espectáculo. "Es solo un mocoso, déjame encargarme de él", intenta intervenir Joseph, con la esperanza de evitar que me molieran a golpes, y eso era lo más probable."Le enseñaré modales señor". "¿Por qué harías eso?", se burla Ricardo, riendo a carcajadas mientras mira a Joseph. Si no fuera por estos malditos tipos que me retienen, también habría desfigurado su repugnante rostro. "He trabajado para ti durante más de 15 años. Esta es mi primera petición oficial, señor", suplica el anciano, buscando desesperadamente su clemencia. El semblante de Ricardo cambia y la sonrisa desaparece. Considera la petición de Joseph. Acepto tu solicitud, pero primero le daré una pequeña lección", responde con frialdad y cierta malicia. "No es necesario. Puedo encargarme de eso, Ricardo". "¿Pensé que era 'señor'?" se burla de nuevo. Todo es por tu culpa. No puedo dejar esta ciudad maldita para encontrar a mi mujer e hijo. ¡Maldita sea! "Querido Malcolm, acepta mi regalo", susurra con su voz venenosa. En respuesta le escupo en la cara, entonces recibo un puñetazo en mi rostro. El dolor se desborda en mí. "Creo que necesitas una educación inmediata. Llévenlo al sótano", ordena con calma. "¡No!" grita el intentando detener lo que está por ocurrir. Ricardo sonríe satisfecho. "Puedes venir a recogerlo mañana", le dice con una amenaza implícita en sus palabras. "Señor, es solo un mocoso que no sabe nada. Por favor..." suplica Joseph, sin rendirse en su intento de protegerme. "¿Quieres unirte a él?", pregunta Ricardo, dejando claro que la desobediencia no será tolerada y que las consecuencias pueden ser aún más despiadadas. El anciano trata de contener su ira. "¿Vas a seguir jugando o me llevarás a donde quiero ir, pedazo de basura?" le digo, liberándome de los ineptos protectores de la despreciable rata mayor. Antes de que pueda reaccionar, ya me encuentro encima de él. El anciano corre hacia mí, empujándome. "Te mataré", advierte Ricardo, con el rostro cubierto de sangre. "No le temo a la muerte, especialmente a una rata como tú", le respondo con ferocidad. Siento a Joseph sujetándome con fuerza y puedo ver una clara advertencia en sus ojos. "Si continúas así, pondrás en peligro a ella y a tu hijo. Cálmate antes de causar un daño irreparable", murmura, y mi mente comienza a aclararse. Este maldito individuo no dudaría en lastimar a Cristina y al bebé. Si llegara a enterarse de su existencia, no estoy seguro de lo que sería capaz de hacerles. Solo de pensar en ello, lamento no haberle roto el cuello y haber desperdiciado mi oportunidad. "Habla más alto, Joseph. Sería interesante saber cómo calmar a este estúpido neurótico", se burla el cobarde desde detrás de sus inútiles hombres. "Entrégalo, o no me hagas responsable de la crueldad que sufrirán tu esposa e hijos". El agarre del anciano se debilita. Sonrío, dándome cuenta de que no tiene otra opción. "No..." intenta decir, pero lo interrumpo. Es solo un viejo tonto. "Por supuesto, los acompañaré. Será interesante ver la guarida de estas alimañas", respondo desafíante. "¡Captúrenlo!", ordena Ricardo, mirándome con crueldad. "Pronto desearás estar muerto". Sus ojos emanan maldad, pero no siento miedo. ¿Qué torturas no he soportado ya? Un padre alcohólico, ¿qué no me hizo? Mi madre siempre fue una cobarde, viviendo con miedo todo el tiempo. Tus golpes son como los de un niño en comparación con las palizas que recibía a diario. "No creo que puedan hacerlo. ¡Buena suerte!" me libero y lanzo otro golpe. "¡Malditos idiotas, agárrenlo!" grita Ricardo enfurecido. "Ven a recogerlo en 48 horas. Dependerá de él si sigue con vida". Siento cómo me arrastran, pero no me importa. El anciano me mira, su rostro palidece. Yo sonrío. Al menos esto me recordará que estoy vivo, porque la muerte sería una opción preferible si no fuera por ti.
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