Los días transcurrieron de forma rutinaria y tranquila. Mi madre me ignoró tanto como le fue posible. Pero como la conozco tan bien, no me relajé demasiado. Ella es rencorosa por naturaleza, no me va a perdonar tan fácil lo que le dije a sus amigas. Una tarde de aburrimiento decidí visitar a alguien que podría convertirse en mi nueva amiga: Selene. Cuando me vio entrar en la tienda de ropa, me sonrió como si no me hubiera visto en un años. ―¡Hola, Marcela! ¿Cómo andás? ―Me saludó―. Esperá un momentito y ya estoy con vos, termino de cobrarle a ella… Había otra chica, como de mi edad, que ni siquiera me miró. Cuando le dieron la bolsa con su compra, se marchó sin saludar a nadie. ―Simpática la pendeja ―dije, con sarcasmo. ―Se quedó un poco enojada, por los precios. Yo no tengo la culpa

