UN DÍA CUALQUIERA

1146 Palabras
Domingo. Casa de la Nonna. Olor a salsa hirviendo y pan recién horneado. Adele estaba sentada en el borde del patio, con el papel doblado dentro del bolsillo del vestido. Lo había leído tantas veces que casi podía recitarlo. No tenía firma. Pero Mark la había mirado distinto esa semana. Y cuando ella mencionó el poema, él no negó nada. Solo sonrió. Eso fue suficiente. Daniel la observaba sentado desde la galería, recordando que hace 8 días dejó un poema en la mochila de Adele cuando ella estaba en Gimnasia. Seguía esperando. Esperando que ella dijera algo. Que preguntara. Que confirmara. Nunca lo hizo. Cuando el día anterior vio a Mark llegar y besarla en la mejilla, algo en su estómago se cerró. Durante la comida nadie notó la tensión. La Nonna reía. Los adultos hablaban de negocios. Armando y Gennaro discutían algo en voz baja. Pero cuando Adele salió al patio para tomar aire, Daniel la siguió. — Así que… ¿te gustó? — preguntó él, apoyado contra la pared. — ¿Qué cosa? — respondió ella, sin mirarlo. — El poema. Ella lo miró con una sonrisa pequeña. — Mucho. Esperó que él agregara algo. No lo hizo. Silencio. — Mark escribe lindo — agregó ella, casi en un susurro. Y ahí fue cuando Daniel sintió que algo se quebraba. — Claro… Mark. El tono le cambió. — ¿Qué pasa? — Adele frunció el ceño. — Nada. Solo me parece curioso. — ¿Curioso qué? — Que te impresione tanto alguien que no puede ni firmar lo que escribe. Ella se tensó. — No estaba firmado. No sé por qué lo dices así. — Porque hay cosas que se sobreentienden. — ¿Ah sí? Como que tú estás saliendo con Laila, ¿por ejemplo? Daniel se quedó quieto. — ¿Qué? — Todos dicen que están juntos. Te vi con ella el viernes. — Estábamos estudiando. — Claro. Se sobreentiende. El sarcasmo de ella fue el golpe final. — Al menos yo no me quedo con alguien por conveniencia — dijo él, sin medir. — ¿Conveniencia? ¿Qué estás insinuando? — Nada. Que hagas lo que quieras. — Siempre haces lo mismo, Daniel. Hablas como si supieras algo que yo no sé. — Y tú siempre decides sin preguntar. Se miraron. Orgullo contra orgullo. — No todo gira alrededor tuyo — dijo ella. — Tampoco alrededor tuyo. En ese momento, la Nonna los llamó desde adentro. Pero ya estaba hecho. Daniel dio un paso atrás. — Mi padre dice que hay cosas que no son asunto nuestro. Que son cosas de adultos. — ¿Y qué tiene que ver eso con nosotros? — Que quizá nunca fuimos nada. Fue cruel. Y lo supo al instante. Los ojos de Adele brillaron. — Entonces está bien. No seamos nada. Ninguno pidió explicación. Ninguno preguntó por el poema. Ninguno aclaró el rumor. Ese fue el último domingo completo. Dos semanas después, la Nonna murió. El velorio fue silencioso. No hubo patio. No hubo conversación privada. Y después… simplemente dejaron de coincidir. Y ninguno llamó. --- Daniel, 30 años Daniel sostenía el folio con el poema entre sus manos. Arrugado en las esquinas. Dobladuras viejas. Lo había guardado. Trece años. Se acercó a la puerta del dormitorio. Sabía que Adele estaba dentro, dormía profundamente, con el cabello desordenado sobre la almohada. “Mark escribe lindo.” La frase le atravesó el pecho otra vez. Pero si lo conservó… ¿Por qué lo conservó? Apoyó la frente contra la madera de la puerta. Podía entrar. Despertarla. Preguntar. O podía dejarlo así. Como siempre. ¿Cometería el mismo error? Los minutos transcurrían. Daniel permaneció varios segundos frente a la puerta cerrada. Podía irse. Podía fingir que no había visto nada. Podía volver a ser el adolescente orgulloso que fue. Pero el papel seguía en su mano. Trece años. Abrió la puerta con cuidado. La habitación estaba apenas iluminada por la luz de la luna que entraba por la ventana. Adele dormía de lado, respirando profundo, ajena a la tormenta que él llevaba encima. Se acercó despacio. — Adel… — murmuró, apoyando el papel sobre la mesa de luz. Ella se movió apenas. — Mmm… — Necesito preguntarte algo. Ella frunció el ceño, todavía con los ojos cerrados. — ¿Daniel…? Su nombre dicho así, medio dormido, le hizo perder por un segundo la firmeza. — Sí. Se sentó en el borde de la cama — ¿Por qué lo guardaste? Ella tardó en procesar — ¿Qué cosa…? Él tomó el papel y lo abrió frente a ella — Esto. Adele abrió apenas los ojos, intentando enfocar. — ¿Dónde… lo encontraste…? — No importa. ¿Por qué lo guardaste? Silencio. Ella lo miraba, pero su mirada no estaba del todo ahí. — Era… lindo… — ¿Lindo? — su voz salió más áspera de lo que pretendía — Creí que era de Mark. Ella frunció el ceño. — Era de Mark… — No. La palabra salió firme. Contenida. Esperada por años. Ella parpadeó. — ¿Qué? Daniel tragó saliva. — No era de Mark - El corazón le latía fuerte, como cuando tenía diecisiete — Yo lo escribí. El silencio que siguió fue pesado. Adele lo miraba, pero su expresión era confusa, lenta. — No… — murmuró — Tú nunca… — No lo firmé. — Mark… no dijo que era suyo… — su voz era apenas un hilo. — Porque no lo era. Ella cerró los ojos un momento, como si intentara ordenar piezas que no encajaban. — Tú estabas con Laila… — Nunca estuve con Laila hasta después de la recepción. La respiración de ella cambió, pero seguía nublada. — Entonces… ¿por qué…? — Porque cuando dijiste que era de él… no pregunté. Y cuando te vi con él… tampoco pregunté. Se hizo un largo silencio. Ella intentó incorporarse, pero volvió a caer sobre la almohada. — Esto… es un sueño… — murmuró. Daniel pasó una mano por su rostro. Ahí entendió. No era el momento. Merecían algo más que una conversación entre sueños y alcohol. La miró unos segundos más. — No — dijo en voz baja — esto no puede ser así. Ella abrió los ojos otra vez — ¿Daniel…? Él se puso de pie. — Mañana hablaremos. — ¿De qué…? Él sostuvo el papel unos segundos, dudando. Podía dejarlo allí. Podía llevárselo. Lo dejó sobre la mesa de luz. — De algo que deberíamos haber hablado hace mucho tiempo. Ella intentó decir algo más, pero el sueño volvió a vencerla. Daniel caminó hasta la puerta. Antes de salir, la miró una última vez. — No era de Mark — repitió en voz baja, aunque ella ya no lo escuchaba. Cerró la puerta. Y por primera vez en trece años, el silencio entre ellos ya no era ignorancia. Era de espera.
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