El día siguiente amaneció tranquilo, casi engañosamente tranquilo. Valeria estaba sentada a la mesa de la cocina, removiendo distraída el café mientras su madre preparaba unas tostadas. Apenas había probado bocado. Su mente seguía atrapada en la propuesta de su padre, dando vueltas sin descanso. —No has dicho una palabra desde que te sentaste —comentó Elena con ternura—. ¿Sigues pensando en lo de anoche? Valeria asintió lentamente. —Es mucho, mamá… —respondió—. Volver a la empresa como socia. No sé si estoy lista. Elena dejó el plato frente a ella y le acarició la mano. —No tienes que decidir hoy —le dijo—. Solo recuerda quién eres y todo lo que has logrado sin ayuda de nadie. En ese momento, el timbre sonó. —Yo abro —dijo Valeria. Al abrir la puerta, se encontró con Camila, que n

